Aunque me dé miedo Epílogo #2
100%

Epílogo #2

Lo abracé más fuerte para prometérselo, aunque él no se imaginaba cuántas vidas me harían falta para olvidarlo.

Un día decidí arriesgarme pese a mis miedos, y elegí quedarme y quererlo.

Yfue la mejor decisión que tomé jamás.

31 de mayo de 2027

(nueve meses después)

Bastian

Me dejé caer sentado en el suelo del Accor Arena de París, derrotado, cuando el árbitro pitó el final del partido. La copa de la Liga de Campeones Europea se nos escapaba de las manos frente a la selección alemana por solo dos puntos.

En cuanto recibí mi medalla de plata y aplaudí a los ganadores alzando su trofeo, me encaminé directo al vestuario. Papá me estaría esperando fuera, pero primero necesitaba llamar a Lía. Sabía que escuchar su voz serviría para animarme, aunque solo fuera un poco.

—¡Bastian!

Me detuve en seco antes de abandonar la cancha cuando me pareció escuchar mi nombre.

El corazón se me congeló cuando me pareció reconocer esa dulce voz.

Giré sobre mis talones, y mis ojos se movieron como locos buscando entre el público.

Y cuando la vi, dejé de respirar.

Era ella .

De pronto, el pabellón entero se apagó, y ella fue el único punto de luz.

Desde las gradas, me saludaba dando saltitos entusiasmados para que la viera. ¿Cómo no la iba a ver, con lo bonita que era?

Volvió a gritar mi nombre, pero no era capaz de moverme. Pero ¿qué hacía aquí? Si me dijo que hasta la semana que viene no volvería a Madrid… ¿¿Qué hacía en París??

Se señaló, emocionada, el tres que llevaba en el pecho de aquella camiseta de la selección española, y después se giró para enseñarme mi nombre en su espalda.

Y entonces conseguí reaccionar.

Con el corazón latiéndome a toda prisa, corrí hacia las gradas y salté la barra de seguridad, derribándola sin querer.

Ella se abalanzó sobre mis brazos casi a la vez que yo los abría para cogerla.

La alcé en el aire, tambaleándonos. La apreté todo lo fuerte que pude contra mí y ella me rodeó con sus piernas.

En cuanto la bajé, no perdí ni un solo segundo.

La besé, olvidándome por fin de la tortura que había sido echar de menos sus labios durante tantos meses separados.

Acaricié su pelo, impregnando mis dedos con su suavidad; se lo había cortado para la graduación a la altura de los hombros.

Mi sonrisa se hizo más grande al ver que llevaba puesta mi cinta azul, la que utilizaba cuando jugaba con los Silver Jaguars.

No me creía que la tuviera delante.

—¿Qué haces aquí? —pregunté con una risa incrédula—. ¡Si solo hace dos días que te estabas graduando!

Abril me mandó una foto del vestido que llevó para la graduación y quise morirme de lo guapa que estaba.

Desde ese día, tenía como fondo de pantalla su foto con la toga.

Lo sentía por Balto, pero no cualquiera podía presumir de tener una novia graduada en Enfermería con mención honorífica en unas de las mejores universidades de Estados Unidos.

—¡Sorpresa! —exclamó ella, soltando una risita que me llenó de vida—. No pensaba perderme este partido por nada del mundo.

Enterró sus dedos en mi pelo y me dio otro corto beso.

—Para que lo que he hecho… —respondí con un poco de amargura.

—¿Qué te piensas? ¿Que solo quiero verte jugar si ganas? Además, el resultado es lo de menos. ¡Mira hasta donde has llegado en solo unos meses!

Apoyé mi frente contra la suya, reconfortado con sus palabras.

—Joder, Lía… no sabes cuánto te he echado de menos.

—Eso se ha acabado. —Me separé, estudiándola curioso, y su sonrisa se hizo tan grande que empequeñeció sus grandes ojos—. Vuelvo a Madrid, Bastian.

El corazón me dio un vuelco ilusionado.

—¿¿Qué??

—Que vuelvo a casa. Que quiero ser matrona en España. Que ya no vamos a tener que echarnos de menos.

En ese momento, sentí como todo mi cuerpo se rendía al alivio de tantos meses de incertidumbre.

Nunca quise presionarla ni condicionarla, porque quería que eligiera su camino igual que yo lo había hecho con el mío, pero esas eran las palabras que necesitaba escuchar desde que nos vimos por última vez en Navidad.

Mientras ella seguía hablando, volví a alzarla en brazos. La besé y le repetí lo bonita que era y cuánto la quería. La abracé mucho más fuerte; quería empaparme de su olor. De ella. De todo lo que me había perdido en ese tiempo separados.

Ahora podría disfrutar de su sonrisa y de su voz, besarla, quererla y amarla sin sentir que se nos acababa el tiempo.

Ahora podríamos querernos sin prisa.

En la pista, Alemania celebraba su victoria, pero yo me sentía mucho más afortunado porque tenía mi mayor trofeo entre mis brazos.

Cuando por fin la solté, ella seguía sonriendo.

—Corre, cámbiate. Que los demás nos están esperando.

Dirigí la mirada hacia donde ella me indicó con la cabeza.

Abrí mucho los ojos, casi pasmado. No me lo podía creer; habían venido todos a verme.

Agité la mano sonriendo al ver a Nico, Claudia, Asier y Abril saludándome desde la parte alta de las gradas.

¡Si incluso estaba Raúl! Qué cabrón, cómo se lo había callado.

Y yo que creía que seguía concentrado en Denver.

Volví de nuevo a Lía. Cogí sus manos entré las mías y respiré hondo.

—Antes… quiero que conozcas a mi padre.

Hacía tiempo que el miedo y la culpa habían dejado de condicionarme la vida, y quería que mi padre por fin conociera a quien me ayudó a conseguirlo.

Lía se mordió el labio y, sonriendo, asintió.

Solté el aire con una larga exhalación mientras volvía a abrazarla, y sentí como algo dentro de mi pecho crecía de manera incontrolable.

Era mi amor por Lía, que ya no tenía cadenas.