Capítulo 87
Lía
Antes de salir de casa me hubiera gustado desearle suerte, pero esa vez, tampoco lo hice.
El pabellón no estaba tan lleno como esa final de la que me habló Raúl.
Aunque los últimos años la modalidad masculina hubiera ganado mucho auge, la femenina seguía estando por encima.
Y, aun así, daba vértigo la cantidad de gente que había.
Sabía que nuestros amigos también estarían perdidos entre el público, Bastian les había conseguido entradas. Pero… a saber dónde estaban.
La exhibición de aquel desconocido grupo de animadoras terminó y sonreí al darme cuenta de que no recordaba en qué momento del curso dejé de compararme con ellas.
Me agarré al borde de mi silla, esperando a que el partido comenzara.
Me sentía un poco incómoda, fuera de lugar.
Ya estaba acostumbrada a nuestras instalaciones. Ya… las sentía como una segunda casa.
Giré la cabeza cuando Oliver se sentó a mi lado. Los jugadores suplentes también habían llegado. Se cruzó de brazos y soltó un resoplido que le hinchó las fosas nasales.
—¿Estás nervioso? —le pregunté con una serena sonrisa.
—Como un flan, Lía. Llevo desde que nos clasificamos desquiciado. Una semana más, y mi mujer me echa de casa.
Me reí viendo la cara tan graciosa que ponía. La verdad era que yo también estaba hecha un manojo de nervios.
Yo, que odiaba el voleibol desde que me obligaron a jugarlo en el instituto.
Quién me viera.
—Vais a ganar, estoy segura.
—Si los Raging Storm nos vuelven a quitar el campeonato de las manos como el año pasado… —apretó los labios y negó— nos hunden.
—Eso no va a pasar.
No tenía ni idea de por qué, pero lo sabía.
—Dios te oiga. Por cierto, Lía. Vamos.
—¿Eh? —Fruncí el ceño.
—Que no hables del equipo como si tú no estuvieras incluida. Formas parte de nosotros.
Asentí sonriendo, sintiendo una agradable oleada de calor en el corazón.
De pronto, las luces de aquel recinto bajaron y solo quedó la pista iluminada por la tenue luz de los focos.
La gran pantalla central se encendió, y el speaker comenzó la presentación de los equipos.
Los primeros en salir fueron los seis jugadores titulares de los Raging Storm , seguidos de aplausos.
Se colocaron en fila en la línea lateral, frente a la grada principal.
Luke, aquel chico que tuvo un ataque de asma en un partido en octavos, me captó y me hizo el gesto de echarse el inhalador.
Le levanté el pulgar como respuesta mientras se me escapaba una risita.
—Es el turno de nuestros chicos —susurró Oliver, levantándose.
La emoción me retumbó en el pecho cuando comenzaron a nombrar a los seis jugadores de los Silver Jaguars .
Raúl.
Liam.
Robert.
Davis.
James.
Y por último…
—Con el número tres… ¡Bastian Lassard!
…el capitán.
El pabellón estalló en aplausos en cuanto Bastian apareció.
Yo solo pude tragar saliva. Él les devolvió el aplauso mientras se colocaba en el extremo de esa fila.
Y en cuanto tomó posición, entrelazando las manos detrás de su espalda, nuestras miradas se cruzaron revolucionándome el corazón.
Apretó los labios, un gesto que no supe cómo identificar, y después miró hacia la bandera de Estados Unidos que se alzaba sobre la pista.
Lo mismo hicieron el resto de los jugadores, llevándose la mano al pecho cuando el himno del país, The Star-Spangled Banner , comenzó a sonar.
Me abracé cuando me estremecí.
Los dos equipos se saludaron y Bastian y el capitán rival, frente al árbitro, sortearon el saque.
Cada equipo se colocó en una mitad de la red.
Se hizo un silencio solemne.
El silbato del árbitro pitó.
Y la final comenzó.
Los Raging Storm pusieron la pelota en juego y los dos equipos empezaron con su particular coreografía.
Ya no tenía apuntes en los que esconderme como excusa para no ver el partido, así que me crucé de brazos y, con un suspiro tembloroso, centré mi mirada en la pista.
Al principio, alterné mi atención entre todos los jugadores, pero en cuanto cayó en él…
ya no la pude apartar. Y no sé cuánto tiempo me pasé así.
Saltaba de una manera sobrehumana; se desplazaba con una velocidad y agilidad que alguien normal jamás podría alcanzar; remataba con la potencia perfecta.
Bastian era un animal. Daba indicaciones y dominaba a su equipo casi mejor que el entrenador, quien hacía aspavientos en la banda; y cada vez que anotaba un tanto, mientras que el pabellón se caía en ovaciones y aplausos, él se recolocaba su cinta negra del pelo y sonreía.
Y yo… también lo hacía.
En una de esas veces, nuestras miradas coincidieron y compartimos una sonrisa efímera en el tiempo.
Y aunque fuera de casualidad, por un momento, me pareció que me miraba como solo él lo hacía.
Como hacía tres semanas que no hacía. Volvió a su juego, y yo metí la mano en mi bolsillo y saqué su cinta del pelo, la de color azul.
Quise dársela antes de empezar el partido; era la que más veces le había visto llevar y quizá era su favorita, pero tampoco lo hice.
La apreté en mi mano y respiré hondo. Apenas dormí esta noche, y no por los nervios del partido, sino porque no me quitaba de la cabeza la idea de haberlo echado de mi vida aun habiéndose enfrentado a sus temores por mí.
Bueno, no era una idea. Era una certeza.
Aun amenazado por el triste recuerdo de lo que la pérdida del amor hizo con su padre, puso en mis manos su vulnerable corazón.
Confió en mí.
Y yo hui por miedo a que él lo hiciera primero.
No fui capaz de darme cuenta a tiempo de que, tal vez, ese fuera el mayor acto de valentía que tomaba en su vida.
Siempre quise pensar que Bastian no era un chico que me pudiera gustar, pero la realidad era que Bastian era el chico al que quería querer.
Aunque quizá ya era tarde.
Otra explosión de vítores me sacó de mi cabeza y me volvió a la realidad del partido. A mi lado, los jugadores suplentes pegaban brincos dándose golpes en el pecho los unos a los otros. Puse los ojos en blanco y miré el marcador. Primer set ganado.
Los equipos hicieron una breve pausa y, cuando la pelota se puso de nuevo en juego, una incipiente adrenalina se prendió en mis venas. Conseguí mantenerla a raya, mordiéndome el labio, riéndome cuando los jugadores celebraban como locos cada punto, y sonriendo cuando era Bastian el que anotaba.
Segundo set, para casa.
Me froté las manos en los pantalones, igual que Oliver lo hacía con su cabeza. Si todo salía igual de bien en el siguiente set…
Pero no.
Los Raging Storm acortaron distancias en el marcador.
El ánimo en el área técnica decayó. Oliver hundió la cabeza en sus manos. Los jugadores quedaron cabizbajos. Bastian, el que más.
Y yo no sabía ni qué hacer.
Cuarto set. Los Silver Jaguars lo intentaron con sudor, esfuerzo y dolor, pero no consiguieron retomar el dominio del juego.
Un breve pitido. Otro set perdido.
La final se decidiría en el quinto.
No me podía creer que yo también estuviera sufriendo por un partido de voleibol.
Los jugadores de acercaron en los tres minutos de descanso al área técnica para hablar con el entrenador, apenas a un metro de distancia de mí.
Los miré desde mi silla. Tenían el gesto derrotado.
Estaban agotados. La final se les escapaba de las manos y a mí se me caía el alma a los pies al verlos así.
Mientras daban sorbos a sus botellas de agua entre respiraciones erráticas, Oliver les explicó nuevas jugadas.
Antes de reanudar el juego, Bastian intentó levantar el ánimo de sus chicos con palmadas y motivadoras palabras.
—Nosotros nunca nos rendimos. Aunque estemos enterrados bajo tierra, escarbamos y luchamos. Hasta el último minuto. ¿Me habéis oído?
Mi corazón se agitó al escucharlo. Lo busqué con la mirada para servirle yo de aliento, pero, esa vez, no conseguí que me encontrara.
El último y quinto set del partido comenzó, y la expectación era tal en ese gran pabellón, que asfixiaba.
El chirrido de las zapatillas contra el suelo de la pista era una constante melodía.
Los gritos de los aficionados, los coros.
La adrenalina volvió, ya me había olvidado de ella.
Recorrió mi cuerpo y subió hasta mi garganta.
Cada punto ganado la aumentaba; cada punto perdido, era un golpe directo al pecho.
10-10.
Apreté mis puños. Me clavé las uñas en las palmas.
13-13.
Me levanté de la silla para celebrar ese tanto con todos los demás. El corazón se me iba a salir del pecho.
13-14.
Bastian saltó y realizó un contundente remate.
Me llevé las manos a la boca.
Dejé de respirar.
El balón tocó el suelo rival.
13-15.
El clamor del público derrumbó el pabellón.
Los Silver Jaguars eran los ganadores de la competición de voleibol de la NCAA.
Los jugadores saltaron eufóricos mientras un último pitido daba por terminado el partido.
Bastian y Raúl se abrazaron. Liam se dejó caer al suelo.
El entrenador y los suplentes corrieron a la pista para celebrarlo con ellos.
Todos juntos se acercaron a las gradas y comenzaron a jalear con el público.
Y yo miré desde mi sitio, orgullosa, cómo se empujaban entre ellos, colmados de alegría y entusiasmo.
Seguían siendo unos animales; unos orangutanes.
Pero eran mis orangutanes.
Igual de orgullosa presencié cómo les entregaban sus medallas de oro.
Algo muy fuerte creció y creció en mi pecho cuando Bastian recibió la suya.
Creo que nunca lo había visto tan feliz.
Tan emocionado. Era su sueño y por fin lo tenía en su mano.
Y se hizo mucho más grande cuando alzó el trofeo rodeado de todo el equipo.
Después de la foto para la LUHS, los jugadores siguieron su eufórica celebración en la pista.
Pero yo solo tenía ojos para ese chico con el tres a la espalda, sentado en el suelo y con el teléfono en la mano, apartado de los demás, que hablaba con quien más quería, con lo único que tenía, contándole su mayor logro.
El chico con el que yo quería estar y no iba a dejar que mis miedos me impidieran hacerlo.
Me levanté de la silla, y con un pequeño temblor en las piernas, me acerqué a él. Me senté en el suelo y me quedé a unos centímetros de distancia. Él todavía seguía hablándole al hombre que le sonreía a través de la pantalla. Yo también lo hice cuando le enseñó la medalla.
—Estoy muy orgulloso de ti. Y mamá, desde donde esté… también.
—¿Tú crees? —Se me encogió el corazón al escuchar su voz quebrada.
—No me cabe duda.
Se sorbió la nariz.
—Te quiero mucho, papá.
—Y yo a ti, hijo mío. Ve a disfrutar lo que has ganado.
Bastian se quedó mirando la pantalla ya apagada.
Me deslicé gateando por el suelo, acortando la poca distancia que nos separaba.
Dio un pequeño brinco cuando puse la mano en su brazo.
Giró la cabeza y, por fin, nos volvimos a encontrar.
Tenía los ojos enrojecidos, y su brillo alteró una vez más mi ritmo cardíaco.
Pero ni eso me frenó. Cogí su cara entre mis manos, que se mojaron con sus lágrimas, y lo besé.
Y, así, mi pecho se llenó otra vez de su calor.
Me separé despacio, solo unos centímetros, notando su respiración acariciándome la piel.
—Aunque me dé miedo… quiero estar contigo —le susurré.
Bastian me miró en silencio y con los labios todavía entreabiertos.
Pasó un segundo y no dijo nada. Se me hizo un nudo en la garganta.
Aparté un poco mis manos y tragué saliva.
Quizá… había llegado demasiado tarde. Pero solo otro segundo después, sus labios se curvaron en una sonrisa.
Se quitó la medalla y la colgó de mi cuello.
Y antes de que pudiera decir algo, me envolvió con sus brazos y me besó con pausa y con dulzura.
El mundo enmudeció. Me desinflé y me rendí a él.
Eso era lo que quería. Lo quería a él. Quería estar con él.
Aunque saliera mal, me daba igual. Nunca más me lo iba a negar.
No lo quería soltar. No lo volvería a hacer.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que nos separamos, pero cuando lo hicimos, tenía mis manos enredadas en su pelo. Él sonreía tanto que sus bonitos ojos verdes se habían rasgado. Y creo que podría ser capaz de derretirme por la forma en la que me miraba.
Por fin.
Apoyó su frente en la mía.
—Te juro que tengo el pecho a punto de estallar.
Sonreí, porque yo también lo sentía. Acaricié su perfilada mandíbula, llevándome algunos rastros de lágrimas que quedaban.
—Siempre supe que lo conseguirías.
Soltó una risa ronca. Cogió mi mano y la puso sobre su pecho.
—Es por ti, Lía.
Y mientras notaba ese palpitar desbocado que tanto había echado de menos, lo que había dentro del mío siguió creciendo sin parar. Por él.
Nuestros labios se rozaron de nuevo, pero antes de poder besarnos, un carraspeo nos hizo separarnos.
—Chicos, la prensa quiere hacernos algunas fotos antes de las entrevistas.
Oliver nos miró con una especie de entrañable ternura antes de darse media vuelta y dirigirse con el resto del equipo.
Bastian se levantó y cogió mi mano para ayudarme. Me llevó con el resto del grupo, aunque intenté negarme. Se colocaron todos frente a la cámara, rodeando su gran trofeo. Entonces me di cuenta de que yo estaba casi en el centro y quise recular para apartarme.
—Ni se te ocurra —me susurró Bastian al oído.
Me rodeó para atraerme de nuevo hacia él.
Cerré un segundo los ojos, disfrutando de la agradable sensación que me provocaba su mano al abarcar mi cintura.
Cuando los abrí, él me seguía mirando con esa mirada embelesada; lo que no sabía, era que la que lo admiraba a él era yo.
Me reí cuando, detrás de mí, Raúl me pegó un pequeño tironcito en la coleta.
—Sonreíd —nos pidió el fotógrafo.
Entonces sí, me giré hacia la cámara. Con Bastian a mi lado y su medalla colgando de mi cuello. Antes de que el flash nos cegara, lo último que vieron mis ojos fueron a mis amigos desde las gradas, mirándonos emocionados.
La cámara se disparó y yo sonreí.
Este sí era mi lugar.