Capítulo 86
Lía
Nunca imaginé que podría sentir tanto frío.
Ni tanto vacío.
Lo descubrí a la mañana siguiente, en el partido.
Con Bastian sentado a mi lado, todavía incapacitado para jugar según su informe médico, de brazos cruzados, con un tembleque incesante en su pierna y la mirada fija en la pista.
La mía, en unos apuntes que cada vez se me estaban haciendo más bola.
En ningún momento coincidimos buscándonos.
Imaginé que esa silenciosa barrera lo asfixiaba tanto como a mí, cuando hacía menos de veinticuatro horas que nos habíamos tenido en brazos.
Pero era mejor así.
Al menos, los Silver Jaguars ganaron aquel partido, clasificándose para la Final Four. Si todo iba bien, el 30 de mayo, en solo tres semanas, se jugarían la final de la competición de la NCAA.
A la cena de celebración de esa noche estuve invitada, pero no fui.
Seguí notando ese frío cuando me pasaba las horas correspondientes al acondicionamiento físico sola en mi consulta, releyendo los apuntes de Enfermería Obstétrico-Ginecológica, y experimentando un agrio escozor en el estómago al toparme con la palabra que Bastian un día me escribió en el margen de una de las páginas.
« Niñata ».
También, cuando a la salida de las prácticas, nadie me esperaba en el vestuario. O cuando me volvía sola a casa. O cuando esperaba en la parada a que llegara mi autobús para enfrentar doce horas de guardia en el hospital.
Lo sentía más fuerte todavía cuando coincidíamos en casa y procurábamos no rozarnos al pasar por nuestro lado. O cuando lo veía salirse a la terraza con el teléfono al oído, conocedora de quién estaba al otro lado, y tenía que reprimir el impulso de preguntarle si todo estaba bien.
Algo parecido me pasó la mañana del jueves de aquella semana.
Justo cuando salía del despacho de la señora Taylor, decepcionada conmigo misma por mi baja calificación en el trabajo de Gestión, él lo hacía de la sala de exposiciones del ala de enfrente.
Llevaba una sonrisa que se desvaneció en cuanto nuestras miradas se cruzaron.
Me moría de ganas de correr hacia él y preguntarle qué tal le había ido la defensa de su Proyecto Fin de Carrera.
Pero él destruyó esa efímera posibilidad al agachar la cabeza y perderse por el final del pasillo.
Y quizá era lo mejor.
Por lo menos, parecía que su día había empezado mejor que el mío.
Cuando ese mismo día llegué a casa después de las prácticas con el equipo, me dije que no podía seguir perdiendo el tiempo lamentándome por una decisión que yo misma había tomado y tratando de convencerme de que era la correcta.
En menos de dos semanas se acababa el curso, y nunca había llevado tan mal unos exámenes finales.
Toda mi atención tendría que estar puesta única y exclusivamente en estudiar.
Pero cada vez sentía más frío pese al calor de Lincoln.
Y así pasé el tiempo que estaba en casa, encerrada en mi habitación. Con mis cascos de cancelación de sonido para que nada me desconcentrara. Evadiendo las miradas preocupadas de Claudia y Abril mientras estudiábamos, que ni se imaginarían lo que por mi cabeza pasaba.
El siguiente partido fue el de la semifinal, y Bastian por fin pudo jugar.
Me había prohibido a mí misma levantar la cabeza de mis hojas de Enfermería Pediátrica, pero no podía evitar dar un respingo y mirar hacia la pista cada vez que escuchaba un resbalón.
Todavía no me había olvidado del miedo que pasé cuando cayó contra el suelo; y lo desesperada que estaba porque despertara; y lo culpable que me sentía por echarlo de mi habitación…
como había vuelto a hacer, solo que de mi vida.
Cuando lo hacía, me lo encontraba concentrado en su posición, con su pecho moviéndose desacompasado, igual que cuando me tenía bajo el calor de su cuerpo, y reajustándose la cinta del pelo.
Él no sabía que le faltaba una y que estaba guardada en el cajón de mi mesilla.
El pitido final por fin sonó. Ese partido, también lo ganaron.
Los Silver Jaguars estaban en la final.
—¡Que lo hemos conseguido, rubita! —exclamó Raúl, eufórico, mientras me abrazaba y me alzaba al vuelo.
Le devolví el cariño riéndome y pasando por alto lo sudado que estaba. Aún con mis pies sin rozar el suelo, Bastian pasó cerca de nosotros con la mirada clavada en sus pasos y la cara enrojecida por el esfuerzo. Mi corazón se sacudió con dolor al verlo.
Ojalá hubiera sido él quien corriera a mis brazos a celebrarlo. Habría sido así de no ser por mí.
Los días siguieron pasaron y yo cada vez tenía más y más frío. El sabor de sus besos ya se me había borrado de los labios. A veces me sorprendía tocándolos, como si así pudiera recuperarlo.
Qué tontería.
El escozor que sentía cuando me encontraba de nuevo garabateada en mis apuntes la palabra que más veces me había dedicado cada vez era más intenso.
« Niñata ».
Antes la detestaba, y ahora me dolía. Tanto, que se me cayó una lágrima la última vez que me permití leerla. Lo mejor sería borrarla, pero no me veía capaz. En su lugar, decidí que ese apartado sobre la fisiología del ciclo ovárico ya me lo sabía demasiado bien y que no lo volvería a repasar.
El siguiente sábado llegó y, con él, nuestra sesión de yoga.
Intenté escaquearme para estudiar; había hecho ya dos de los exámenes finales y aún me quedaban otros dos, pero Abril y Claudia no me lo permitieron.
Que nos vendría bien a las tres, decían.
Sin más remedio, me planté con el conjunto burdeos que me regalaron por mi cumpleaños y comenzamos nuestra clase en la terraza mientras los chicos jugaban a la play en el salón.
Sacudí la cabeza al revivir un déjà vu. Intenté concentrarme en los delicados movimientos, pero me sentía demasiado torpe.
La coleta me molestaba demasiado, estaba mal hecha.
Me la quité y, sin querer, lo miré. Sonreía viendo a Nico y Asier jugar, pero aquella no era su sonrisa de siempre, la que a mí me gustaba; sino una triste y cansada.
Él ya debería estar relajado; su curso ya había terminado.
El siguiente jueves por fin se graduaría.
De golpe, un calor muy frío me subió por el pecho.
—¿Lía? —Abril se agachó a mi lado—. ¿Estás bien?
Giré la cabeza para mirarla y asentí, porque no me salían las palabras. No me había dado cuenta de que me había quedado sentada en la esterilla mientras ellas seguían con la rutina.
—Tienes mala cara —añadió Claudia, estudiándome con unos ojos preocupados.
—¿Paramos?
Asentí de nuevo, retirándome el pelo por detrás de los hombros.
—Venga, vamos a la habitación.
Claudia me sostuvo del codo y nos encerramos en mi cuarto.
Y, por primera vez desde la noche en la que todo se acabó, me derrumbé.
Les conté a mis amigas, las tres tumbadas en mi cama, toda mi historia con Bastian.
Sus rostros pasaron desde la mayor estupefacción al inicio de mi relato hasta una culposa lástima al saber cómo había terminado.
—Quizá… nos precipitamos demasiado al creer que solo te veía como una más y que te haría daño —admitió Abril con la mirada clavada en el techo.
—Por eso lleva un tiempo tan cambiado… —acertó Claudia, mientras me hacía cosquillas en el pelo y yo se las devolvía por inercia en el brazo.
—Después de haberse declarado y enfrentado a ese miedo que él decía que tenía… ¿de verdad piensas que podría volver a huir? —preguntó la primera.
Solté un profundo y tembloroso suspiro.
—No lo sé —contesté con un hilo de voz.
Esa tarde les lloré a mis amigas; pero no porque no me sintiera suficiente para él, sino porque de verdad quería estar con él, aunque no supiera cómo hacerlo sin que me dieran miedo sus miedos.
El jueves de esa última semana de mayo fue el día que más temía. Primero, porque estaba saliente de mi última guardia en el hospital. Segundo, porque culminaba mi tercer año de Enfermería con el examen final de Gestión. Y, tercero, porque Bastian se graduaba por la tarde.
—¿No vas a venir? —Nico apareció por mi habitación, terminando de abrocharse los últimos botones de su camisa azul cielo.
—Lo mejor es que me quede aquí —respondí, volviendo la mirada a la novela romántica que tenía en mi regazo, mientras jugueteaba con el marcapáginas magnético que Bastian me regaló entre mis dedos.
—¿Para él o para ti? —inquirió con crudeza.
No respondí. Apreté la mandíbula y continué leyendo palabras inconexas. Nico siguió plantado en mi puerta, esperando una respuesta.
—Aunque no te lo creas, le estás haciendo daño.
Levanté la vista, movida por una lacerante punzada, y sus ojos me atravesaron con una frialdad a la que no estaba acostumbrada. Después, salió por la puerta, dejándome a mí partida en dos.
Bastian
Me reajusté el cuello de la camisa; hacía calor y el campus de la LUHS estaba a rebosar. Le envié un mensaje a mi padre, y busqué por detrás de mi hombro. No veía a ninguno. Me prometieron que vendrían.
Pero ella…
—Bastian Suárez Lassard.
El corazón me dio un pequeño vuelco. Subí a ese escenario improvisado cuando el decano de la universidad me nombró.
Le estreché la mano mientras me tendía el diploma, y me giré frente al público para la reglamentaria foto.
Oteé con rapidez y los vi, en el centro de las gradas.
Nico, Claudia, Abril y Asier. Sonriéndome y saludándome. Ella no estaba.
Parpadeé. Tragué saliva, me erguí, y me obligué a sonreír para la foto, aunque no estuvieran aquí las dos personas que más ilusión me hacía que me vieran graduarme.
Lía
Nico subió una foto. Quise ignorarla, pero no pude resistirme a abrirla.
Pulsé sobre ella y el corazón se me encogió.
Bastian sostenía su diploma con su bonita sonrisa.
Con su felina mirada de un verde más intenso en contraste con la toga negra que vestía.
Y con la borla dorada en el lado izquierdo ondeando con el viento.
En letras negras sobre un fondo soleado, Nico escribió: « Nuestro veterano graduado ».
Fin. Se acabó.
El frío volvió y me congeló.
Pero el tiempo no lo hizo. El viernes, tras terminar la memoria de las prácticas y despedirme de los trabajadores de limpieza de las instalaciones deportivas, volví a casa.
Al ser mi último día con el equipo, no me importó tanto llegar más tarde.
Bueno, en realidad lo era el día siguiente; hasta que no acabara el partido final, seguiría siendo enfermera en prácticas del equipo de los Silver Jaguars.
Me los encontré a todos sentados en el suelo, alrededor de nuestra mesa de café, con tres cajas de pizza todavía sin tocar. Todos, menos Bastian.
—Vaaaamos, enfermera —me apremió Asier, meneando la cabeza—. Que te estamos esperando.
—Dadme cinco minutos.
Mientras Asier refunfuñaba algo que no escuché, crucé una rápida mirada con Nico.
Después, me encaminé a la terraza. Me agarré a la templada barra de metálica de las escaleras de incendios y, despacio, subí.
Me paré a unos pocos escalones de llegar al descansillo y me asomé con cuidado.
Al verlo, una rara emoción me sacudió por dentro.
Bastian estaba sentado sobre su malla metálica, como siempre, apoyado contra la pared y la cabeza echada hacia atrás.
Tenía los ojos cerrados y los cascos puestos.
Agitaba el pie de forma constante, cruzado sobre su tobillo, y jugaba a enrollar los cordones de sus pantalones en sus dedos.
Cogí aire y lo solté despacio por la boca.
Quise preguntarle cómo estaba. Desearle suerte para el partido.
Decirle que confiaba en que ganarían. Que sabía que lo harían.
Pero no fui capaz de abrir la boca sin que mis labios temblaran, así que me tragué mis palabras y bajé antes de que me viera.
Después de tres semanas sin hablarnos, quizá no era buena idea volver a hacerlo justo antes del partido más importante de su carrera.
Esa misma noche, di mil vueltas en la cama.
Dejé de hacerlo cuando escuché los muelles de la suya a través de la pared.
Me giré de cara a ella y comencé a trazar dibujos imaginarios sobre su lisa superficie.
Mi mente traicionera me llevó al recuerdo de todas las veces que la golpeó a propósito haciendo disfrutar a otras chicas, solo para que yo lo odiara; solo para sacarme de su cabeza.
Lo mismo que temía que hiciera cuando lo nuestro se acabó.
Que anestesiara su desazón acostándose con otras mujeres.
Que recurriera al sexo para olvidarse de mí. Para hacerme daño.
Pero…
No lo hizo.
Tampoco desapareció de casa, como tantas veces hizo en el pasado.
Ni se metió en problemas con el equipo.
Ni recurrió a las fiestas como excusa para beber.
Respetó mi decisión.
Se centró en terminar su carrera y ganar la competición.
Siguió con su vida.
No huyó.
Dejé de trazar círculos en la pared.
Igual… la que lo estaba haciendo era yo.
Recordé su frase.
« Entonces el problema no son mis miedos ».
Comencé a tiritar de frío ante la idea de que, tal vez, había apartado de mi vida a un chico que de verdad me quería y al que yo quería por la única culpa de mis miedos y mis monstruos.
No de los suyos.