Aunque me dé miedo Capítulo 85
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Capítulo 85

Lía

Cuando unas horas más tarde cerré la puerta de casa al llegar de las prácticas del entrenamiento, el angustioso nudo que se había instaurado en mi pecho durante el camino se hizo mucho más pesado.

Casi no me dejaba respirar.

—¡Lía! —me sorprendió Abril—. ¿Tú te has comido uno de mis yogures?

—¿Eh? —La miré con el ceño fruncido y luego sentí una punzada en el corazón al recodarlo—. Ah, sí. Perdona, es que no tenía cuerpo para desayunar otra cosa y…

—Tranquila, tú puedes coger todos los que quieras —respondió, cambiando su endemoniada expresión por una cariñosa sonrisa.

—¡Ah! O sea, a ella sí la dejas, pero llevas toda la tarde amenazándome porque pensabas que había sido yo —protestó Asier, levantándose del sofá con el mando de la play en la mano.

Nico estaba a su lado, esperando a que dejaran de discutir para reanudar la partida.

Claudia estaba acurrucada en el otro sofá, viendo cómo jugaban.

—Ella es mi amiga.

—¿Y yo que soy? —inquirió Asier entrecerrando la mirada, con una sugerente voz que desplazó todo ápice de indignación.

Abril se mordió el interior de la mejilla y lo miró con un brillo travieso en los ojos.

Preferí no quedarme a ver cómo continuaba la escena.

—¿Y Bastian? —le pregunté a Nico casi en un susurro cuando pasé por detrás del respaldo del sofá.

—Arriba —contestó, con la mirada fija en la pantalla. Había decidido dejar de esperar a Asier y volver a la partida por su cuenta.

Asentí en silencio y, sintiendo cómo el estómago se me retorcía, me dirigí hacia la terraza.

—Hoy no habéis vuelto juntos —añadió a mi espalda.

Frené en seco mis pasos al escucharlo. Dejé escapar un suspiro sofocado, pero no contesté. Unos segundos después, me salí a la terraza.

Crucé la barra de seguridad que separaba las escaleras de incendios y miré hacia arriba antes de subir.

El nudo se hizo mucho más prieto.

No estaba convencida de lo que iba a hacer.

Porque no quería.

Pero tenía que hacerlo.

Cogí todo el aire que me hacía falta, y aun temiendo flaquear en mi intento de entereza, subí hasta el descansillo.

Bastian estaba sentado en el metálico suelo mallado, apoyado contra la pared. Tenía los ojos cerrados mientras escuchaba música en sus cascos de diadema.

Tragué saliva y, despacio, me senté frente a él. Abrió los ojos al sentirme y se los bajó al cuello.

—¿Qué escuchas? —pregunté, tratando de esbozar una simpática sonrisa.

No respondió. Solo me tendió los cascos y clavó la mirada hacia el cielo cada vez más oscuro de esa noche de Lincoln.

Me los coloqué casi sin titubear, quizá porque era una forma de alargar ese momento.

La voz de Siloé cantando « Si me necesitas, llámame » acalló por unos instantes mi alrededor, pero no mi mente.

Su vulnerable mensaje me perforó hasta llegarme al alma, y una impotente rabia creció dentro de mí, ahogándome.

Antes de que me desbordara, me quité los cascos de inmediato y se los devolví.

—¿Por qué has tardado tanto en hacerlo tú? —le recriminé con una voz quebrada—. ¿Por qué te has tenido que tragar tú solo tus monstruos durante tanto tiempo? ¿Por qué has esperado tanto para contármelo?

Me miró con una especie de triste perplejidad.

—Lía, ¿qué pasa? —inquirió con detenimiento.

Me abracé a mis rodillas y desvié hacia ellas mi mirada.

—Desde que saliste esta mañana de mi habitación…

No sé, te noto rara. Te he estado buscando toda la tarde con la mirada, y no te he encontrado.

Has estado como ausente. Ni siquiera has querido que te esperara al terminar el entrenamiento.

Me has dicho que tenías que hablar con Oliver, pero… me lo he cruzado a la salida.

Arrugué el gesto con dolor, notando su penetrante y anticipatoria mirada quemándome la piel.

—¿Qué pasa? —repitió, con una voz apagada.

Se me escapó un tembloroso suspiro al mirarlo de nuevo y encontrarme con el brillo lánguido de sus ojos. Tragué saliva e hice varios intentos antes de ser capaz de hablar.

—Esto… lo nuestro no… no es buena idea —dije al fin, dejándome un rastro de amargor en los labios.

—¿Por qué? —preguntó con una pequeña vibración que me machacó el corazón.

Me humedecí los labios mientras reordenaba mi cabeza, porque no sabía ni cómo decirlo. Intenté respirar calmada para que mi pulso se tranquilizara.

—Nos queda muy poco para terminar el curso y tú tienes que llegar a la final del campeonato y yo tengo que aprobar los finales y nos estamos descentrando. Y cuando acabe mayo yo seguiré siendo una alumna de la LUHS pero tú…

—Dime la verdad —interrumpió mi acelerado discurso.

Me hundí en mis hombros mientras Bastian me escrutaba con su mandíbula apretada. Quizá estaba tratando de contener la misma emoción que tanto me estaba abrumando a mí.

—Me dijiste que, aunque tuvieras miedo de que el amor te pudiera hacer daño, por mí lo mandarías a la mierda, pero… pero es a mí a quien puedes destruir —confesé, haciendo esfuerzos por reprimir las lágrimas.

Bastian negó con la cabeza de forma apresurada y arqueó a las cejas.

—Yo no voy a hacerte daño, Lía.

—Eso no lo sabes —solté de pronto, casi ahogada—. ¿Y si tus miedos vuelven o no puedes con ellos?, ¿y si huyes? Si te vuelves a alejar me vas a destrozar y… y necesito protegerme antes de que eso pase, porque no…

—Entonces el problema no son mis miedos —me cortó con una dura asertividad.

Nos miramos durante unos eternos y dolorosos segundos en silencio. Boqueé sin saber que decir. Porque no tenía nada que decir.

—Vamos a dejarlo, ¿no? ¿Es eso lo que quieres?

Agaché la mirada a mis manos en mi regazo y me mordí el labio con fuerza. No contesté, no fui capaz. Porque no quería. Claro que no quería. Pero tampoco quería volver a sufrir, ni vivir otra vez con una ansiedad constante, anticipándome al momento en el que pudiera abandonarme.

Cuando nuestros ojos volvieron a cruzarse, Bastian tragó saliva y, asumiendo mi silencio como respuesta, asintió despacio. Después, con lentitud, se colocó de nuevo los cascos.

Tragándose su dolor.

Aislándose del mundo.

Aislándose de mí.

Me limpié con rapidez las lágrimas que ya no pude contener y me levanté. No podía seguir ahí. Bajé las escaleras sin mirar atrás, porque si lo hacía, claudicaría. Pero cuando llegué hasta la puerta de la terraza, giré sobre mi hombro, por si acaso me seguía.

Porque una parte de mí deseaba que lo hiciera.

Que me frenara.

Que no me dejara ir.

Pero mi espalda estaba vacía.

Evadí las preguntas de mis amigos y me metí en la cama aun sin cenar, suplicando que ese día se apagara y tratando de convencerme a mí misma de que lo que acababa de hacer era lo mejor para los dos, hasta que me dormí, agotada por el llanto, y sabiendo que yo misma me acababa de romper el corazón.