Capítulo 84
Bastian
La tendí en mi cama con cuidado y me quedé durante unos segundos, o minutos, no sé, mirándola maravillado.
—¿Qué pasa? —preguntó con esa risita nerviosa que tan loco me volvía.
Sacudí la cabeza, volviendo en mí, y me incliné sobre ella con cuidado de no aplastarla con el peso de mi cuerpo.
—Si lo prefieres, podemos acurrucarnos y así descansas. No hace falt…
No me dejó terminar la frase. Abrió su toalla mientras tiraba de la mía y sus piernas me envolvieron.
Y así ya me tenía perdido.
Sus labios me atraparon con una urgencia inusual.
Me había besado con muchas chicas con el único objetivo de acallar el ruido de mi cabeza; incluso, con el propósito de hacerla desaparecer a ella.
Sin embargo, besando a Lía, no me hacía falta silenciar nada, porque ella entera ocupaba mi mente y no era capaz de pensar en nada más que en ella.
Ni siquiera, en todos los miedos que me habían impedido acercarme a ella.
Y cuánto me arrepentía de no haberlo hecho antes.
Cuánto tiempo habíamos perdido.
Nuestros cuerpos se encontraron con una facilidad típica de quien llevaba toda la vida conociéndose, aunque hiciera apenas unos días que nos hubiéramos descubierto.
Mi corazón se desaforó en cuanto sus tímidos gemidos, ahogados en mi boca, me llenaron los oídos.
Cada movimiento de mi cuerpo tenía como anhelo hacerla disfrutar, y con cada uno de ellos, disipaba la rabia que sentía hacía la vida por obligarme a ver el amor como dolor.
Por hacerme creer que querer es temer, que siempre es perder.
Y, aun así, a Lía la quería querer.
Quería quedarme a vivir en su boca, en su piel. Incluso me conformaría con morirme en sus labios. Y no sería raro, la dulzura con la que siempre me acariciaban sus manos sería capaz de matarme.
Aunque esta vez… había algo diferente.
Había algo distinto en la manera casi desesperada con la que buscaba mi cuerpo.
En cómo sus piernas rodeaban con fuerza mis caderas.
En cómo sus gemidos se volvían casi descontrolados.
En cómo sus uñas se clavaban en mi espalda.
Como si no quisiera que me apartara. Como si temiera que me fuera a escapar.
Y yo no imaginaba ningún otro lugar mejor en el que estar.
Pero en ese momento no quise preguntarme por qué.
Solo quise entregarme a ella, y así lo hice hasta que se apagó por última vez mi nombre en sus labios y yo me rendí a ella, con su cuerpo todavía temblando bajo el mío, preso de un adictivo estallido emocional al que todavía no estaba acostumbrado.
Me dejé caer sobre su pecho, dejando pequeños besos en su centro, mientras ella acariciaba mi cuello y nos recuperábamos de ese momento.
—Debería levantarme ya —dijo al cabo de un rato, con una voz cansada.
Levanté la cabeza para mirarla.
—¿Por qué no te quedas a dormir un rato aquí conmigo?
—Tengo que estudiar y ponerme al día con el temario que han dado hoy en clase. Y tú también deberías hacerlo —me reprendió, alzando las cejas.
—Pero necesitas descansar antes del entrenamiento. Mientras duermes, yo puedo seguir repasando. Mira. —Señalé con la cabeza mi escritorio, donde tenía mis apuntes—. Es lo que estaba haciendo cuando has llegado.
Me miró durante unos segundos, sopesando mi propuesta, mientras jugaba a repeinar con sus dedos mi pelo todavía húmedo.
—Vale, pero solo un rato —me concedió con una pequeña sonrisa.
Dibujé una mucho más grande y me apoyé sobre las manos para darle un beso antes de levantarme.
—¿Dónde vas? —preguntó mientras sacaba unos calzoncillos y unos pantalones cortos del armario.
—A traerte algo para desayunar.
—No, Bastian —dijo con un gracioso tono lastimero, haciendo una mueca de desagrado. Se había girado de lado para mirarme—. No tengo hambre.
—Me da igual. —Hice un mohín con los labios—. Estoy seguro de que no has probado bocado en toda la noche.
Por la forma en la que se hundió en sus hombros, supe que estaba en lo cierto.
Antes de que pudiera replicarme, salí de la habitación.
Busqué en su balda del frigorífico yogures de melocotón, pero no le quedaban.
Nosotros dos apenas pasábamos tiempo en casa entre diario, así que casi nunca podíamos encargarnos de nuestra compra; se les debió de olvidar a los demás comprárselos.
Vi que en la balda de Abril sí que había, así que cogí uno, consciente del peligro que corría mi integridad física si se enteraba.
Cuando volví a mi cuarto, me encontré a Lía tumbada en mi cama, cubierta solo con mi camiseta del entrenamiento, con su melena rubia húmeda y alborotada y con la cara tan bonita que tenía algo más agotada. Pensé que, si esa imagen no se repetía, su recuerdo en mi memoria me torturaría de por vida.
—¿Te importa que la haya cogido? —inquirió, supuse que porque volví a quedarme embobado mirándola—. La he visto en la silla y como no tenía nada a mano…
—No, no —me apresuré a contestar—. Creo que me acabas de desbloquear una fantasía que no sabía que tenía.
Se me escapó una carcajada viendo cómo sus grandes ojos se abrían de par en par y sus mejillas se encendían. Boqueó para hablar, pero no le salió nada.
—Anda, toma —le tendí el yogur, todavía entre risas.
—Uy, pero si esto es de Abril —adivinó, mirando la A enorme escrita sobre la tapa.
Me llevé el dedo a los labios para que me guardara el secreto y ella dibujó una sonrisa traviesa mientras empezaba a comérselo. Me acerqué hasta el escritorio para coger mis apuntes de Intervención y tratamiento psicológico, y cuando me volví a ella, prácticamente ya se lo había terminado.
Menos mal que no tenía hambre.
Me tumbé a su lado, y de forma casi instantánea, Lía se acurrucó en mi pecho, bajo mi brazo.
—¿Cómo lo llevas?
—Bien, yo creo que la apruebo de sobra —contesté, acariciándole el pelo con la mano que me quedaba libre—.
Y mi tutor del proyecto confía en que sacaré buena nota en la presentación de la semana que viene.
Solo me quedaba repasar la bibliografía y ya me ha dado el visto bueno.
Contra todo pronóstico, voy a terminar la carrera.
Me reí de mi broma, pero ella no lo hizo. Se quedó callada, dibujando circulitos en mi pecho; imaginé que por lo agotada que estaba.
—Como vengan los demás de clase y nos pillen así… —intervino al cabo de unos instantes.
—No te preocupes, que te despierto antes. De todas formas, tarde o temprano… se lo tendremos que contar, ¿no? —Bajé mi mirada hacia ella, pero seguía concentrada en los circulitos que dibujaba—. Pensé que se lo habrías dicho a Claudia y Abril —añadí al ver que no contestaba.
Se encogió levemente de hombros.
—No, todavía no —susurró.
Me resultó extraño que no lo hubiera hecho.
Nico lo sabía, pero porque el miércoles me pilló por banda para interrogarme y no me quedó más remedio que contárselo.
Después de advertirme sobre las mil formas que utilizaría para torturarme si le hacía daño, me dijo lo mucho que se alegraba por nosotros.
Y, pese a todo, lo entendía. Yo mismo me había ganado esa desconfianza actuando como un cabrón por culpa de mis monstruos.
—Bueno, tú duerme tranquila —respondí con una voz calmada. Preferí dejar aparcado ese tema.
Se reacomodó sobre mi cuerpo y entrelazó su pierna con las mías.
Seguí masajeándole el cabello mientras intentaba concentrarme en los apuntes que sostenía con la otra mano, pero estaba más pendiente de cómo su cuerpo se volvía cada vez más pesado sobre el mío y cómo su respiración movía su espalda con un vaivén calmado.
Supe que se quedó dormida cuando su mano cayó apoyada sobre mi pecho.
Aparté la vista de mis apuntes y la miré. Por primera vez, me pregunté si lo que sintió mi padre por mi madre se asemejaba en algo a lo que yo sentía por Lía.
Y si era así, me merecía la pena enfrentarme al temor de mi condena.