Capítulo 83
Lía
Cuando llegué casi arrastrándome a casa el viernes por la mañana tras la guardia, me recibió su tranquila soledad.
Era la segunda de la semana y me había dejado destrozada.
Había sido caótica, y las enfermeras se vieron tan desbordadas, que decidieron que esa noche no sería alumna en prácticas, sino otra enfermera más.
Ni siquiera me dio tiempo a cenar. Por si fuera poco, un paciente con migrañas me vomitó encima como regalo.
Al menos, me llevé los halagos de la supervisora cuando las enfermeras le contaron en el parte de cuánto había sido mi ayuda.
Y eso era lo único bueno que podía sacar de esa noche.
Solté la mochila en mi habitación y me fui directa al baño. Necesitaba quitarme la sensación de llevar el vómito encima.
Abrí el grifo de la ducha y me senté en la taza del váter, perdiendo mi mirada en algún punto del suelo a la espera de que el agua se calentara. Aunque en ese ventoso día de mayo hiciera calor, no soportaba ducharme con agua fría.
Me llevé la mano al pecho, sobresaltada, cuando la puerta del baño se abrió.
—No te he oído llegar.
Bastian, apoyado en el marco de la puerta, me miró con una de sus bonitas sonrisas, y yo le devolví otra algo más cansada.
—¿Qué haces aquí? Pensé que estarías en las prácticas.
—Las terminé ayer. —Con un pequeño impulso, se apartó del marco y entró al baño—. ¿No te acuerdas?
—Ah, sí. Perdona. —Me pasé la mano por la coleta deshecha mientras suspiraba—. Tengo mil cosas en la cabeza y…
Dio unos pasos más y se acuclilló frente a mí, apoyando sus antebrazos en mis muslos.
—¿Estás bien? —inquirió—. ¿Es por el trabajo de Gestión?, ¿te han dado ya la nota?
Otra cosa más que añadir al huracán con el que lidiaba mi mente.
—No, qué va. —Me encogí de hombros—. Estoy cansada, solo eso.
Bastian frunció los labios poco convencido, pero lo dejó estar.
Me acarició con ternura la mejilla y se apoyó en mis piernas para inclinarse sobre mí y besarme.
Sus labios me llenaron de una vertiginosa sensación de calma, pero en cuanto reparé en sus ojos y nariz enrojecidos, un nudo me apretó la garganta.
—¿Has llorado?
—¿Yo? —Esbozó una mueca de extrañeza y se miró al espejo—. Bah. Es la puta alergia, que me tiene muerto. Justo iba a tomarme la pastilla cuando te he visto entrar al baño.
—Ah. —Se me escapó una risita del alivio, pero el nudo no desapareció del todo.
—¿Por qué iba llorar? —preguntó con una voz divertida.
En ese momento, se me pasó un motivo concreto que tan angustiada me tenía, pero preferí no contárselo.
—No me hagas mucho caso. —Sacudí la cabeza—. No sé ni lo que digo.
Me miró durante unos segundos en los que parecía intentar descifrar algo en mis ojos. Desvié la mirada al agua que seguía corriendo por si acaso lo conseguía.
—¿Te ibas a duchar? —Inclinó la cabeza hacia la ducha.
—Sí. —Me levanté y cerré el grifo para no malgastar más agua—. Me ha vomitado un paciente y necesito quitarme este olor de encima —dije, mientras me estremecía con un desagradable escalofrío.
Bastian meneó la cabeza en tanto que soltaba una carcajada. Después, se acercó a mí, aprisionándome entre su cuerpo y la mampara de la ducha.
—Puedo ducharme contigo… —Puso su mano en mi cintura para atraerme más hacia él—. Si quieres, claro.
Mi pulso se desbocó con su cercanía, con su olor, y con su calor.
Todavía lo seguía haciendo como la primera vez; como si no llevara ya una semana haciéndome vibrar con el simple roce de su piel.
Pese a lo que batallara en mi cabeza, quería; claro que quería.
En esos días Bastian me había provocado demasiadas sensaciones, completamente nuevas, y una de las más me enloquecía era nuestro piel con piel bajo la ducha.
Hacía apenas unas horas que la había experimentado y ya la echaba de menos.
Me perdí en sus labios, que con una sonrisa esperaban mi respuesta, y asentí antes de lanzarme a besarlos.
Las manos de Bastian me desnudaron con tanta rapidez como calidez.
Las mías siempre eran un poco más torpes, pero a él no parecía importarle, y eso ayudaba a que mi poca experiencia frente a la suya no me avergonzara.
La forma en la que sus ojos me admiraban cada vez que me desnudaba borraba todas las inseguridades que mi propio cuerpo me despertaba.
Bastian lo hacía todo más fácil.
Y ojalá todo fuera así.
Fácil.
El amor también.
Entramos a la ducha y me abrazó por la espalda. El agua comenzó a caernos cálida por la piel, aunque más lo eran sus brazos. No tenía pensado lavarme el pelo, pero ya se me había mojado, así que me quité la coleta.
—No te imaginas lo mucho que me gusta cuando haces eso —me susurró al oído.
La caricia de su voz erizó todo mi cuerpo.
—¿Soltarme el pelo?, ¿por qué? —pregunté, extrañada.
—Cosas mías.
Negué con la cabeza, dejando escapar una carcajada. Cogí el gel para comenzar a enjabonarme. Él hizo lo mismo con el champú, enterrando sus dedos en mi pelo. Me permití cerrar los ojos, disfrutando de su masaje y su cuidado. Me relajé tanto, que mi espalda acabó completamente apoyada en su pecho.
—Que te me duermes —se burló, sacándome así de esa especie de trance en el que había caído.
Abrí los ojos, sonriendo. El corazón me dio un pequeño vuelco cuando colocó sus manos en mis caderas para girarme y me estrechó contra su cuerpo, permitiéndome sentir cada punto de su piel.
Si quería despertarme, lo había conseguido.
Apoyé la cabeza en su pecho, en el lugar exacto en el que su corazón latía acompasado al mío mientras el agua seguía cayendo.
Me encantaba el sonido que hacía su corazón al batirse.
Y me asustaba lo mucho que el mío se tranquilizaba gracias a él.
Porque si sus miedos regresaban, él huiría.
Y si lo hacía, lo destruiría.
Me lo iba a destrozar.
Y yo lo tenía que proteger antes de seguir enamorándome más de él.
Tomó mi barbilla para levantarme la cabeza y me miró durante unos segundos.
Por el brillo de sus ojos, estuve segura de que fue capaz de advertir el pavor de los míos.
Y como si lo quisiera acallar, me besó y mi cabeza enmudeció.
De pronto, aumentó la fuerza con la que sus manos se aferraban a mí, y una corriente de electricidad me recorrió entera.
Movida por ella, entrelacé mis brazos alrededor de su cuello y me alcé de puntillas.
No sé cómo, acabé con la espalda contra la pared de esa ducha, con Bastian besándome con una visceralidad como si llevara una eternidad sin hacerlo, y con el vapor que nos rodeaba colándose por mis pulmones.
O quizá no era eso; quizá era la forma con la que Bastian me besaba, que me arrebataba hasta el respirar.
Debía parar.
Pero no podía.
Tenía que hacerlo.
Pero no quería.
Acaricié su lengua con la mía y el beso se volvió hambriento.
Nuestras manos se movieron, rememorando los rincones de nuestro cuerpo.
Mientras me estremecía con el suyo envolviendo el mío, me repetí de continuo que el siguiente beso que le diera debía ser el último, pero en realidad lo que deseaba era que fuera el primero.
Que eso nunca tuviera que acabarse. Que ninguna de las veces anteriores hubiera huido.
Pero lo haría.
El triste recuerdo del temor que llevaba toda la vida acompañándolo lo alcanzaría antes de que él pudiera esquivarlo.
Y volvería a huir de mí.
Subí mis manos hasta enredarlas en su pelo para atraerlo más hacia mi boca, aunque ya estuviera sumido en ella.
No podía hacer caso a mi cabeza, no sabía cómo hacerlo.
Quería más y más de él. Los labios de Bastian siempre me nublaban la realidad, y con sus besos, ahora trazando un camino por mi cuello, consiguió hacerme olvidar lo que tanto me preocupaba.
Bajo las caricias de su aliento en mi piel, logró que mi cuerpo se desdibujara de mi mente.
—¿Quieres que vayamos a mi habitación? —preguntó con una ronca voz entrecortada mientras regresaba a mis labios.
—Sí —respondí, completamente rendida a él.
Esbozó una peligrosa media sonrisa y me dio un beso en la frente antes de separarse.
Aproveché para aclararme los restos de champú en tanto que él se secaba con una toalla, y no dejé que aquellos pensamientos me avasallaran de nuevo mientras observaba, cautivada, cómo se enrollaba la tela en las caderas.
Bastian recién salido de la ducha era la imagen más atractiva que había visto en mi vida.
Se acercó con otra toalla para mí y me cubrió con ella, mientras no dejaba de mirarme como si fuera lo más bonito que nunca hubiera tenido delante.
Ojalá .
Ojalá .
Y para terminar de desarmarme, me cogió en brazos y recorrió nuestro piso hasta llevarme a su habitación, con una ternura impropia de alguien que durante tanto tiempo fingió odiarme.
Esto nos iba a doler.
Esto nos iba a doler a los dos.
Pero mi corazón no sabría cómo sobrevivir si lo volvían a romper.