Capítulo 82
Lía
Desde esa tarde, ya no pudimos deja de buscarnos.
Aun sabiendo que debía guardar reposo durante esa semana, Bastian acudió a los entrenamientos, y creo que solo lo hizo por estar cerca de mí.
Me sorprendió varias veces abrazándome por la espalda mientras yo estudiaba con mis apuntes desperdigados por la camilla de la consulta.
Me rodeaba la cintura y su olor me envolvía.
Recorría con sus labios mi cuello, disfrutando viéndome estremecer.
Las cosquillas que me provocaba su risa con su boca pegada a mi piel era de las sensaciones más placenteras que había experimentado nunca.
Igual que su mirada, que cada vez era más penetrante; aún no podía entender cómo durante tanto tiempo solo había sido afilada para mí.
Tampoco sabía cómo dejar de sonrojarme cuando me miraba como si tuviera delante lo que siempre había querido. Como si yo lo fuera.
Y ojalá que fuera así.
Siempre acababa echándole con una enorme sonrisa en los labios para que aquello no se nos fuera de las manos.
Tanto era así, que uno de esos días Oliver estuvo a punto de pillarnos.
Por suerte, esa vez nos habíamos escondido en el baño.
Salí atusándome la coleta con los dedos cuando lo escuché llamar a la puerta de la consulta.
Quería preguntarme si sabía dónde estaba Bastian, y mientras yo trataba de sonar convincente en mi mentira, a Bastian se le escapó un resoplido divertido dentro del baño.
Y Oliver supo que ya no tenía que buscar más.
—Te mato —le siseé, azorada, cuando salió del baño recolocándose la camiseta después de que Oliver desapareciera.
Riendo, me dio un beso rápido en los labios y salió corriendo de mi consulta antes de que pudiera llevarlo a cabo, dejándome a mí con miles aleteos batiéndose en mi pecho.
Cuando los entrenamientos terminaban, él me esperaba en los vestuarios y yo esperaba encontrarle cuando ya no hubiera nadie.
Aunque no tuviera guardia, siempre volvía a casa duchada.
Las paredes del vestuario de los Silver Jaguars se convirtieron en testigos de nuestros suspiros clandestinos, nuestros corazones desbocados, nuestras manos recorriéndonos la piel y su nombre saliendo ahogado de mis labios.
—Tengo que irme —le susurré con voz entrecortada, mientras me aferraba a su cuello y el agua caía sobre nuestros cuerpos.
—Cinco minutos más —me rogó en los labios, estrechándome más fuerte contra él.
Y aunque llegara tarde a la guardia de ese martes, se los concedí, porque no era capaz de separarme de él.
Por eso, cuando nos despedimos en la parada antes de que llegara el autobús que me llevaba al hospital, sentí un enorme vacío en el pecho. Pero él mismo lo rellenó mandándome mensajes a lo largo de la noche.
Preguntándome cómo estaba.
Preguntándome cuántas vías había cogido.
Dándome las buenas noches antes de quedarse dormido.
Y así mis doce horas de trabajo pasaron mucho más rápidas.
Algo parecido pasaba cuando llegábamos juntos a casa tras el entrenamiento y al cruzar la puerta fingíamos que no éramos nada.
Acostumbrados a vernos llegar siempre por separado, a nuestros amigos les hicimos creer que coincidíamos en el portal.
Lo demás, lo dejábamos a su imaginación.
Tontos no eran, pero supuse que prefirieron no preguntar; aunque cada vez que me cruzaba con Nico, me dedicaba una mirada y una sonrisita demasiado sospechosas, y yo sola me delataba en cuanto mis mejillas se encendían.
Claudia y Abril tampoco me dijeron nada, y aunque me sentía traicionándolas al no hacerlas partícipe de nuestra relación, preferí no hacerlo, porque notaba la advertencia queriendo salir de la punta de sus lenguas.
Y no me convenía escucharla, pese a saber que no era real.
Cuando todos dormían por fin, nos escapábamos al descansillo.
Era el mejor momento del día. En las dos únicas noches que pasé en casa en aquella primera semana de mayo, mientras Bastian me acunaba en su regazo y yo acariciaba su brazo, fuimos testigos de cómo menguaba la luna.
Nos besamos bajo el cielo de Lincoln plagado de estrellas y, entremedias, hablamos de nuestras vidas.
De todo lo que no conocíamos del otro y de lo que ya sabíamos.
Le hablé de mis amigas de Madrid y de mis hermanos; de lo mucho que me gustaba viajar y de las pocas oportunidades que había tenido para hacerlo.
También, de la universidad y de lo agobiada que estaba porque todavía no me hubieran entregado la nota del trabajo de Gestión.
Me preguntó por mis libros, y le hablé de cuáles eran mis favoritos.
Él me contó cómo había avanzado en su Proyecto Fin de Carrera, que tendría que entregarlo en poco más de una semana.
Me habló —cómo no— del voleibol, de que en el próximo partido se jugaban el pase a la Final Four , y de lo importante que era para él que los Silver Jaguars se proclamaran ganadores de la NCAA ese año; su última oportunidad para hacerlo.
Fingí ignorar la dolorosa punzada que se me clavó en el estómago mientras fantaseaba con ello con un brillo ilusionado en la mirada.
También me habló de Balto, y aquello ayudó a atenuarla.
—¿Quieres ver la foto que me ha mandado mi padre esta tarde? —me preguntó la noche del miércoles.
Asentí entusiasmada y Bastian ladeó un poco la cadera para poder sacar el móvil de sus pantalones conmigo todavía encima. Me lo tendió y sonreí al ver a ese monstruito de color canela repantingado boca arriba y con la lengua fuera.
—Qué bonito es —dije, acariciando la pantalla como si lo hiciera con la cabecita del perro.
—Bonita —me corrigió.
Incliné la cabeza para mirarlo, frunciendo el ceño.
—¿Quién?
—Tú.
Y bajo esa mirada felina que me traía de cabeza y que me alteraba hasta el habla, solo pude volver a besarlo.
Y así pasamos esas dos noches, hasta que el sueño nos amenazaba con hacernos presos y nos obligaba a bajar del descansillo para no quedarnos ahí dormidos.
Una vez en casa, nos despedíamos con un beso demasiado corto antes de separarnos en nuestras habitaciones, y con dos pequeños golpes en la pared, nos dábamos las buenas noches.
Sabía que Bastian estaba enamorado de mí, y aunque el torbellino de emociones que me arrasaba desde hacía unos días no me dejara discernir con claridad si lo que yo sentía era tan superlativo, sabía con certeza que, si no lo estaba ya, no tardaría en enamorarme de él.
Había algo en la forma con la que me tocaba y me besaba, con la que me hacía vibrar, reír y disfrutar, que hacía que siempre quisiera más.
Solo con estar cerca, conseguía que me olvidara de todo lo demás.
Me atrapaba en su mirada y yo no quería salir de ahí.
Me envolvía con sus besos, y yo quería que estos fueran eternos.
Me cobijaba con sus abrazos, y yo me quedaba hechizada con su corazón latiendo bajo mi oído, cada vez más relajado al contacto de mi calor.
Y cuando se alejaba de mi lado, me invadía el frío.
Quizá… yo también estaba enamorada.
Y esa cada vez más tangible realidad me asustaba, porque cada vez que estaba a solas con mi cabeza, ese frío disparaba mis dudas.
Todo parecía tan bonito y fácil, que me creía imposible que fuera real.
Y no podía olvidar sus palabras en el hospital.
Bastian temía salir dañado por amor. El miedo es un arma muy poderosa.
Te vuelve vulnerable y te condena a fallar, incluso a dañar.
Y así lo había hecho él hasta hacía poco conmigo.
Bastian me dijo que quería luchar contra sus miedos para estar conmigo, pero…
¿y si sus miedos lo vencían a él? ¿Y si cuando el triste recuerdo de la sombra de su padre volvía a atenazarle, él huía de mí como ya lo había hecho antes?
Entonces no me quedaría descuadrada como otras tantas veces, ni me enfadaría con él, ni querría odiarlo de nuevo.
Si lo hacía, me destrozaría. Me quedaría hecha pedazos. Y no sabría ni cómo recomponerme.
Entonces, sería yo la que no lo podría soportar.
Además, en menos de un mes, Bastian terminaría la carrera, y con ello, su vida en Nebraska. ¿Cómo íbamos a sobrellevar la distancia? ¿Qué íbamos a hacer? ¿Cómo iba a conseguir que el miedo no lo aprisionara si no podía estar cerca de él para demostrarle que juntos podíamos con él?
Cada día que pasaba, lo que sentía por él crecía a pasos agigantados, pero cada vez que estas ideas me avasallaban como peligrosas señales de alarmas, temía estar siguiendo un camino equivocado.
Un camino que solo podría hacernos daño.
Por primera vez, no temía que alguien me reemplazara por no ser suficiente, pero sí temía no serlo lo bastante como para que sus miedos le impidieran quedarse y quererme.