Aunque me dé miedo Capítulo 81
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Capítulo 81

Lía

No le dieron el alta a Bastian hasta la tarde siguiente; el médico insistió en tenerlo veinticuatro horas exactas en observación. A regañadientes conseguí que no se levantara y se marchara por su cuenta.

Raúl y Liam nos acompañaron hasta casa y, en cuanto entramos por la puerta, nuestros amigos corrieron a abrazarlo.

Estuve a punto de pedirles que no lo agobiaran demasiado; necesitaba reposo y tranquilidad.

Pero después recordé la conversación sobre su padre, y supe que él necesitaba ese cariño, aunque nunca lo pidiera, así que dejé que lo achucharan tanto como él mismo se lo permitiera.

Liam se marchó, y Nico y Asier, junto con Raúl, lo ayudaron a ducharse.

Yo hice lo mismo en el otro baño. Hasta que no noté el agua caliente correr por mi piel, no me di cuenta de lo agotada que estaba.

Había dormido a pequeños intervalos, no más que unos minutos, y apenas había comido, pero casi no tenía hambre.

Cuando salí del baño, por fin con un pijama limpio y fresco para ese agradable día de mayo, escuché a Bastian quejarse de algo y a Asier insultarlo, y me mordí el labio para no reírme mientras me dirigía hacia mi habitación.

Ahí me esperaban Abril y Claudia, sentadas en la cama de la primera, con una mirada casi vacilante.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó Abril.

Alcé mis hombros. Cogí mi cepillo y comencé a desenredarme el pelo mojado.

—Agotador, pero bien. Parece que ya no hay ningún peligro.

—Ya… me refiero más bien a qué tal te ha ido con él.

—Que si habéis hablado… de lo que pasó —añadió Claudia.

Suspiré y dejé de nuevo el cepillo en mi neceser. Por una parte, quería contarles todo lo que me había confesado Bastian para hacerlas ver que estaban equivocadas, que Bastian no era como ellas creían, que yo no era una más; pero por otra… ni yo misma sabía cómo gestionarlo todavía.

Bastian enamorado de mí; era surrealista.

Tantos meses ilusionándome ante la posibilidad de que él sintiera algo por mí… y saber que lo hacía desde hacía tantísimo tiempo me tenía descolocada.

—Está todo bien, chicas —simplifiqué.

Me percaté de que tenía su cinta de pelo todavía enrollada en la muñeca; me había duchado con ella sin darme cuenta. La dejé sobre mi mesilla y me volví hacia la puerta.

—Voy a ver si necesitan ayuda.

Salí de mi habitación sintiendo sus miradas poco convencidas pesándome sobre los hombros. Los chicos ya estaban en la suya, así que me asomé, apoyándome en el marco de la puerta.

—Eres un puto pesado, tío —escuché que le decía Bastian a Raúl mientras se metía en la cama.

—Dicen que no has sufrido complicaciones, pero creo que te has vuelto más gilipollas —replicó Raúl, dándole la espalda—. Mañana te veo, mamón. Adiós, rubita. —Salió por la puerta de la habitación entornando los ojos al pasar por mi lado, provocándome una pequeña carcajada.

—Nosotros también nos vamos. —Nico le dio una palmada en el pecho a Asier—. Intentaremos no hacer mucho ruido cuando pasemos a dormir.

Bastian asintió mientras se revolvía el pelo. En cuanto estos se marcharon, sus ojos se posaron en mí y su rostro se suavizó. Pero mi cuerpo entero se electrificó. Esos felinos ojos verdes eran capaces de alterarme de una manera tan simple y silenciosa que me asustaba.

—Solo venía para ver si necesitabas ayuda.

—¿Puedes echar la persiana?

Me dirigí hasta su cama para bajar la cortina veneciana, dejando que solo unas pequeñas franjas de luz natural a punto de apagarse se colaran en la oscuridad de su habitación.

Me volví a él con una sonrisa.

—¿Algo más?

—No se me da muy bien dejar que me cuiden, mira cómo se ha ido Raúl. —Hizo una mueca divertida—. Pero… solo necesito una cosa.

—¿Cuál?

—Quédate conmigo.

—Bastian, necesitas descansar.

—Por favor —insistió, haciendo un pequeño puchero.

Contuve una risa y me senté en el borde de su cama.

Él tiró de mí con suavidad para tumbarme a su lado.

Chasqueé la lengua con resignación por lo cabezota que era, pero en el fondo…

yo también quería estar cerca de él, así que no me resistí.

Cuando me acomodé a su lado, el calor de su cuerpo me arropó casi más que las sábanas.

Se giró para estar frente a mí. Aun con la poca luz que entraba, podía ver el agotamiento que arrastraba en su cara.

Le dejé una pequeña caricia en el rostro, como si así pudiera borrárselo, y él cerró los ojos, disfrutándola.

Dejé mi mano ahí, para que él notara también mi calor.

Se me encogía el corazón al verlo tan frágil y vulnerable. Al saber todo lo que escondía debajo de esa coraza de piedra. Siempre pensé que vivía por y para el voleibol, pero, en realidad, su padre era el verdadero motivo que movía su vida. El voleibol no era más que un refugio.

—Oye —susurré, tras unos segundos en silencio—, un día me dijiste que tu padre fue jugador de voleibol.

Me lo confirmó con una especie de murmullo.

—¿Quieres… quieres contarme algo más sobre él? —pregunté con cautela. No quería remover en una eterna herida, pero pensé que, ahora que se había abierto, le vendría bien terminar de vaciarse.

Suspiró y abrió los ojos.

—Él nunca me ha querido hablar mucho de su carrera. Llevo toda mi vida investigándola por internet y por los periódicos escondidos que logré encontrar en casa. A mi edad… él ya jugaba en uno de los mejores equipos de España.

—¿Y… qué pasó con él?

—Se retiró demasiado pronto —contestó con tristeza.

—¿Por qué? Bueno, si no quier…

—Conoció a mi madre en un campeonato en Canadá —me interrumpió—, ella era una de las azafatas de competición. —Soltó una risita nasal—. Lo suyo sí que fue amor a primera vista.

Sonreí con ternura y bajé la mano hasta su pecho desnudo, donde latía tranquilo su corazón. Me encantaba sentir su movimiento.

—Desde el mismo día en el que se conocieron, nunca más se separaron.

Mi madre lo dejó todo por irse a España con mi padre y su familia jamás se lo perdonó.

Por eso… por eso yo no conozco a nadie de mi familia materna.

Y mis abuelos paternos murieron cuando yo era muy pequeño, apenas me acuerdo de ellos.

Por eso te dije solo nos teníamos a nosotros.

—¿Nunca has querido ponerte en contacto con ellos?

Desvió la mirada y negó.

—No quiero saber nada de quienes han despreciado a mi padre, Lía. Además, ellos tampoco se han preocupado en veintidós años por mí. —Hizo una pausa. Noté como se tensaba su mandíbula—. Y estoy bien así.

Me mordí el labio para contener una mueca de lástima. No quería ni pensar en lo devastador que tendría que ser saber que no le importas a tu propia familia.

—Solo un par de años después, mi madre se quedó embarazada de mí —continuó—.

Y cuando murió en mi parto… mi padre abandonó el voleibol.

No fue capaz de regresar. Nunca me lo ha dicho, pero sé que fue porque le recordaba demasiado a ella —carraspeó—.

Al fin y al cabo… gracias al voleibol, la conoció.

—Por eso tú llevas tu segundo apellido en el dorsal…

Asintió con una triste sonrisa.

—Y… tu tatuaje tiene que ver con tu madre, ¿no?

—Más que con ella… —sentí su pecho hundirse con otro suspiro—, conmigo.

Entrecerré la mirada para intentar comprenderlo. Y entonces, recordé esa frase escrita bajo la banda negra que rodeaba su antebrazo.

« Out of death comes rebirth ».

Bastian necesitaba algo que le recordara que él no tenía la culpa de vivir.

Noté bajo mi palma que su corazón comenzaba a acelerarse. Quizá estaba tocando un tema demasiado difícil para él. Otra vez.

No quería hacerle daño recordando lo peor de su pasado, así que preferí cambiar de tema.

—¿Y tú? Cuando acabes la carrera, ¿qué quieres hacer? —pregunté con entusiasmo.

Bastian sonrió con más alegría que antes. Cogió uno de mis mechones húmedos y se puso a juguetear con él entre sus dedos.

—La psicología me gusta, pero… me gustaría poder dedicarme al voleibol profesional.

—Lo dices como si lo fueras a tener difícil —bromeé.

—Bueno, esta no está siendo mi mejor temporada. Llevo ya demasiadas sanciones. —Entornó los ojos—. Además… no estoy dispuesto a pasar más tiempo tan alejado de mi padre.

Un nudo extraño me atoró la garganta.

—A no ser que se interese un equipo de España por mí… —Negó con la cabeza—. No sé. No sé lo que voy a hacer. Prefiero no pensarlo hasta que no llegue el momento.

Por eso me esquivaba tanto cada vez que le preguntaba. Tenía demasiada presión por estar en el ojo del huracán de todos los equipos, pero aún más porque ninguno de ellos fuera español. Y eso significaba que...

—¿Y tú? —me devolvió la pregunta, sacándome de ese ensimismamiento.

—Si a mí aún me queda un año de carrera —respondí entre risas.

—Ya, pero más o menos tendrás claro lo que quieres hacer después, ¿no?

Bajé la mirada a su pecho, donde ahora mi dedo hacía pequeños circulitos sobre su piel erizada.

—Bueno… siempre he querido ser matrona. —Me encogí de hombros con una pequeña sonrisa—. Quiero hacer las prácticas del año que viene en paritorio. Y si me gusta tanto como creo… intentaré formarme para ello, aunque sea muy difícil conseguirlo.

—Para ti no creo —dijo, dándome un pequeño pellizco en la mejilla y dejándome el corazón lleno de calor—. Eso sí, has gustado tanto en el equipo que igual te dejan otro año más.

—No me digas eso, por Dios —rezongué con dramatismo.

—Piénsalo, vas a tener a dos pesados menos. —Soltó una carcajada—. Raúl y yo ya no estaremos.

Mi mano se quedó inmóvil. La sonrisa se me borró de un plumazo.

Arrugué el gesto cuando ese nudo de mi garganta se apretó más.

Intenté deshacerlo tragando saliva, pero no pude.

No quedaba ni un mes para que Bastian terminara la carrera, y ya no volvería.

Y no sabía qué le depararía el futuro ni dónde acabaría.

Él no quería quedarse aquí, quería regresar al lado de su padre.

Me había confesado estar enamorado de mí y no querer huir, pero ni siquiera tenía clara la ruta de su vida.

Como si se hubiera dado cuenta de lo mucho que me estaba comiendo la cabeza por esa amarga realidad, rompió el incómodo silencio que nos envolvía:

—Mañana pienso entrenar, ¿eh?

—¿Qué? Ni de coña, Bastian. Te han mandado reposo. No puedes.

—Anda, venga. —Mi corazón dio un pequeño vuelco cuando cogió mi pierna y la puso encima de su cadera, pegándome más a él—. Dame permiso.

—No —respondí autoritaria, tratando de mantener la compostura por esa íntima cercanía.

—Porfa …

—Que no.

—Sabes que lo voy a hacer igualmente.

Solté un resoplido exasperado e intenté separarme, pero Bastian, con una risa saliendo de sus labios, me lo impidió agarrándome más fuerte.

—¿Sabes? Hay una cosa que llevo mucho tiempo muriéndome por decirte —me confesó de pronto, bajando la voz.

—¿A mí? ¿El qué?

Permaneció callado unos segundos, mirándome con esa mirada que me embelesaba. Que ya sí sabía que solo era para mí. Y que me encantaba que lo fuera.

—Eres preciosa.

—¿Preciosa? —Mis comisuras tiraron de mis labios hasta dibujar una enorme sonrisa.

Asintió, retirándome el pelo que caía por mi cara. Mi corazón se llenó de aleteos. De vértigo. De un torbellino de emociones que otra vez amenazaban con hacerme explotar.

Nadie me había llamado antes preciosa.

¿Por qué no me había dejado conocerlo de verdad antes?

¿Por qué se había tenido que esconder de mí tanto tiempo?

De no haberlo hecho, estaba segura de que las cosas habrían sido muy diferentes. Tanto tiempo odiándonos, y ahora se nos agotaba el tiempo para querernos.

—¿Pasa algo? —preguntó con un resuello divertido y el ceño fruncido.

De pronto, sentí un impulso irrefrenable.

Acuné su nuca para atraerlo hacia mí y lo besé para que le sirviera como la respuesta que no pude darle ayer.

Una respuesta que sabía que seguía esperando porque sus labios se hicieron con los míos de inmediato.

Eran suaves y dulces, pero bajo esa ternura con la que me besaba, se escondía una arrebatadora voracidad capaz de hacerme presa de su boca; de él.

Ya lo era.

—Quiero estar contigo —me susurró, sin separarse todavía de mis labios—. Quiero intentarlo.

—Yo también quiero —respondí sin pensarlo.

Su mano se deslizó por mi pierna y consiguió estremecer cada centímetro de mi piel. Enterré mi mano en su pelo para que no se separara. Al igual que haría con el tiempo si pudiera para que no se nos escapara.

Y así, bajó la oscuridad de su habitación y con las risas de nuestros amigos llegándonos desde el salón, nos quisimos sin saber cómo podríamos seguir haciéndolo.