Aunque me dé miedo Capítulo 80 #2
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Capítulo 80 #2

Cada vez hablaba más rápido y angustiado. Me levanté y abracé su cabeza contra mi pecho para calmarlo. De inmediato noté como sus hombros se relajaron.

—Bastian, para, por favor.

Y, por fin, me hizo caso. Enterré mi mano en su pelo y lo acaricié con cuidado.

Su cuerpo se volvió cada vez más pesado contra el mío.

Me rodeó con fuerza la cintura, y en ese momento me sentí como si yo fuera un ancla para él.

Y quizá era lo que durante tanto tiempo había necesitado; que alguien lo escuchara; no cargar solo con el peso de una culpa no merecida.

Permanecimos un rato en silencio, y mientras le concedía el tiempo que necesitara, en mi cabeza empezaron a ajustarse algunos engranajes.

Comencé a comprender sus comportamientos impulsivos, algunos casi autodestructivos.

Por qué estudiaba Psicología, si no pegaba nada con él.

Por qué vivía tan pendiente del móvil. Su actitud tan derrotada antes de Navidad.

Su forma de acompañarme en silencio cuando me veía mal; su forma de escudarse en él cuando el que lo estaba era él.

La fría fachada bajo la que se ocultaba.

—No te culpes por vivir, Bastian —le susurré mientras mis cariños llegaban a su nuca.

Me estrechó más fuerte.

—Hay algo más que necesito contarte, Lía.

Su voz sonó amortiguada por mi abrazo. Me separé para poder mirarlo, instándole a que siguiera hablando. Bastian dejó caer la cabeza con derrota y sus hombros se movieron con un suspiro.

—Siempre… siempre he tenido miedo de convertirme en lo que es mi padre. Ser una sombra de lo que soy ahora —confesó con la mirada puesta en sus manos sobre su regazo.

—¿Por qué ibas a hacerlo? —Fruncí el ceño.

Se dio pequeños mordiscos en el labio y se frotó la frente de forma repetida.

—Porque, por mucho que intente evitarlo, yo también me puedo enamorar.

Lo escruté con asombro y confusión.

—Y… ¿por qué necesitas contármelo a mí? —Me senté despacio en el sillón, a la cauta espera de su respuesta.

Soltó una risa amarga y negó con la cabeza. Después, me miró con sus cristalinos ojos verdes.

—Porque ese miedo se hizo mucho más grande cuando te conocí.

Sentí como si me arrancaran el aire de la garganta. Entreabrí los labios, pero me quedé muda.

—No pongas esa cara de espanto, no estoy diciendo que sintiera un flechazo en cuanto te vi. Pero… no sé —hizo un mohín con los labios—, sentí algo raro.

—Raro —repetí, incrédula.

—No sabía lo que era, Lía. O sí lo sabía, pero intenté ignorarlo para que no creciera. No… no sé. El problema llegó cuando empezaste a salir con Caleb. Ahí me llevé una hostia a mano abierta y supe que no podía seguir negándomelo a mí mismo.

Se me escapó una risa nerviosa y negué con la cabeza. No podía ser real lo que me estaba diciendo.

—Bastian, el golpe te ha afectado más de lo que pensaba. Necesitas descansar —solté apresurada.

—¿No me crees? —inquirió con demasiada seriedad.

Su intensa mirada me fulminó con una aterradora sinceridad y mi corazón se me desbocó en el pecho. ¿Me estaba confesando que estaba enamorado de mí?

—No tiene sentido, Bastian. —Cabeceé con insistencia—.

Llevas desde que nos conocimos odiándome, buscando cualquier excusa para molestarme.

Haciéndome daño con tus comentarios; riéndote de mí, despreciándome.

Trayéndote chicas a casa sabiendo que yo os escucharía a través de la pared.

Si hasta te escuché decirles a los chicos que yo nunca te podría gustar, que te parecía una niña.

—Anoche te dije que nunca te odié, y era verdad.

—Apretó los labios y se tomó unos segundos antes de continuar—.

Fingí hacerlo para conseguirlo, pero no me sirvió de nada.

Quería que me cayeras mal, que me molestara verte, escucharte…

pero no hubo manera. Dije eso porque, en voz alta, quizá me era más fácil mentirme.

—Soltó una risa amarga—. Me acosté con todas esas chicas para dejar de tenerte en mi cabeza, y…

ni aun así lo logré. Ni siquiera me sentía bien cuando estaba con ellas.

No estoy orgulloso de ello, pero… —no llegó a terminar la frase.

Escuché sus últimas palabras sintiendo como una desconocida emoción me invadía. Y me abrumaba.

—¿Y por qué te empeñaste en hacer que yo sí te odiara?

—Porque no quería que tú te enamoraras de mí.

Boqueé. Mi cabeza trabajaba a mil por hora para tratar de encajar de forma racional sus palabras. Continuó hablando antes de que pudiera hacerlo yo.

—Sé que te puedo parecer un miserable, y lo he sido durante mucho tiempo; pero no era más que mi forma de sobrevivir.

Ya que no podía controlar lo que yo sentía, me era más fácil mantenerte alejada.

—Su rostro se llenó de una desoladora amargura—.

Preferí ser un monstruo para ti antes que arriesgarme a que me vieras de otra manera.

—No entiendo nada…

Bastian exhaló con pesadez.

—Joder, Lía. Si tú me odiabas, estabas lejos de mi alcance, y yo no tenía riesgo de salir mal parado. Pero si tú también sentías algo por mí… podrías hacerme mucho daño. Como le pasó a mi padre cuando mi madre murió. No solo fui yo… el amor también lo mató.

De pronto, recordé aquellas palabras que tanto me sorprendieron en el descansillo.

« El amor no es más que una edulcorada forma de condenarte a sufrir ».

Bastian no tenía miedo a implicarse.

Bastian tenía miedo a enamorarse.

—¿Tienes miedo de enamorarte de mí? —pregunté con detenimiento.

Arrugó el gesto y se pasó la mano por el pecho.

—Ya lo he hecho —admitió casi en un susurro.

Lo miré casi paralizada; el pecho me dolía de lo fuerte que me latía dentro el corazón.

—¿Y entonces por qué huías cada vez que estábamos tan cerca?, ¿por qué desaparecías cada vez que parecías a punto de besarme?, ¿por qué lo hiciste cuando me mordiste el cuello en el sofá? —cuestioné casi de carrerilla.

—¡Porque tenía miedo de perder el control!

—espetó, sobresaltándome—. Porque, desde que te asignaron las prácticas con nosotros, cada vez se me hacía más difícil no buscarte.

Porque viéndote sonreír a mi lado, no podía mantener en pie esa puta máscara.

Y la tentación de dejarme llevar, de quererte y que me quisieras, cada vez era mayor; pero cuando tenía tus labios tan cerca, aparecía la triste imagen de mi padre en mi cabeza.

Y recordaba que, si me entregaba al amor, me volvería muy vulnerable, y que, si algo salía mal, podría acabar tan destrozado como él.

El miedo me invadía y me paralizaba, y no me quedaba otra que apartarme.

Nunca he jugado contigo. —Negó con insistencia—.

No era más que una lucha entre mi cuerpo y mi mente.

—Pero ayer…

—Ayer fue distinto, Lía. —Se destapó para sentarse en el borde de la cama, justo frente a mí.

Mis piernas quedaron encerradas entre las suyas—.

Cuando el jueves me besaste, me quedé tan bloqueado que no pude reaccionar, pero cuando fui capaz de hacerlo, ya era tarde.

Y lo que me provocó ese beso… Te juro que jamás lo había sentido.

—Se mordió el labio y con su mirada me pidió que le creyera—.

Cuando ayer te tuve entre mis brazos, haciéndote disfrutar, y permitiéndome disfrutar contigo…

tuve claro que por ti sería capaz de dejar de someterme a mis miedos; mandarlos a la mierda, enfrentarlos, o por lo menos…

intentarlo. —Volvió a sostenerme las manos—.

Lía, tú nunca has sido una más. Anoche me fui porque sé lo pudorosa que eres e imaginé que no querrías que Abril y Claudia nos pillaran.

Pero no hui, Lía. —Negó con la cabeza y acarició el dorso de mis manos—. Ya no quiero huir.

Procesé sus palabras mientras él esperaba alguna respuesta por mi parte y que no sabía darle.

Tenía un nudo en la garganta; estaba completamente descolocada.

Un vértigo raro creía y amenazaba con desbordarme.

Ojalá fuera tan sencillo deshacerse de los miedos, olvidarte de ellos.

Pero yo sabía lo mucho que condicionaban y el daño que hacían y que podían hacer a los demás.

El miedo no se esfumaba de golpe. Lo podías esconder, pero siempre volvía. ¿Y qué pasaba si lo hacía?

—Si tú no sientes lo mismo… lo entiendo —admitió en voz baja mientras miraba nuestras manos todavía unidas—. He hecho todo lo posible para que no lo hicieras.

Apreté sus manos con fuerza.

—No sé cómo explicarte todo lo que siento, Bastian —confesé con la voz ahogada. Arqueé las cejas —. Y eso es lo que más me asusta.

Me miró durante unos segundos y me pareció completamente derrotado.

No sabía muy bien qué le habría provocado con mis palabras.

Se inclinó despacio sobre mí y, cuando creí que me besaría, juntó su frente con la mía.

Nos quedamos en silencio, compartiendo la misma temblorosa respiración y sintiendo el calor de nuestra cercanía.

Presos los dos de una revolución emocional que ahora sí estaba segura de que era compartida.