Aunque me dé miedo Capítulo 80
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Capítulo 80

Bastian

Entreabrí los párpados con dificultad, y la luz blanca que se coló me obligó a arrugar el gesto por el dolor.

Mi cuerpo se hundía pesado contra el colchón, y algo me encarcelaba el cuello.

Tragué saliva, notando la boca demasiado seca.

Paseé mi mirada por esas paredes blancas, buscando el origen del pitido que sonaba de forma constante y regular.

Hasta que la vi a ella.

A mi lado, encogida en un estrecho sillón. Parecía dormida; tenía los labios un poco entreabiertos, y el pelo le caía por la mitad de la cara. Siempre fue bonita, pero ahí me lo pareció mucho más.

Tenía los párpados enrojecidos y unos surcos recorrían sus mejillas.

Fruncí el ceño.

¿Había llorado? Lo último que hablamos fue… ¿la había hecho llorar yo?

El pitido se volvió más contante. Más atronador.

Más abrumador. Apreté los dientes cuando un latigazo me sacudió la cabeza.

Notaba un burbujeo molesto y constante en la nariz.

Quise mover la cabeza, pero no pude. Me dolía mucho, demasiado.

Algo no iba bien. Moví mi brazo izquierdo para apartarme lo que me aprisionaba el cuello y descubrí la vía que atravesaba mi vena.

Y entonces, recordé el dolor al estampar contra el suelo.

Mi pecho se cerró. No podía respirar. El pitido me taladraba los oídos.

Intenté levantarme, pero me fue imposible

Busqué a tientas mi móvil en esa cama extraña, pero no estaba.

Él.

Él.

Tenía que hablar con él.

Lía

Me desperté sobresaltada al escuchar unos murmullos. Me froté los ojos; me había quedado dormida sin darme cuenta.

—Mi padre. Mi padre. Mi padre.

Me espabilé de inmediato en cuanto escuché la voz ahogada de Bastian. Intentaba mover la cabeza, y hacía lo mismo con las piernas. Me levanté corriendo y sujeté sus manos para que no se quitara el collarín. Alcancé con dificultad el timbre para avisar de que se había despertado.

—Bastian, tranquilo. ¿Qué pasa?

—Mi padre —repitió con angustia.

—¿Qué pasa con él?

—Tengo que hablar con él. Ya. ¿Dónde está mi móvil? Dame mi móvil.

Intentó levantarse y tuve que sujetarlo por los hombros para que no lo hiciera.

Con el movimiento, el camisón del hospital cedió, descubriendo su pecho.

Subía y bajaba con tanta velocidad que me estaba contagiando su desazón.

Tomé su cara en mis manos y encontré en sus ojos algo que jamás había visto.

Miedo.

—Está todo bien —traté de tranquilizarlo con una voz susurrada.

Frunció el ceño con una mirada cada vez más humedecida. Fue a decir algo, pero justo abrieron la puerta de la habitación.

—¿Cómo estás, Bastian?, ¿te duele la cabeza? —preguntó el mismo doctor de antes, que entró acompañado de Emma.

—Necesito hablar con mi padre.

—Sin problema, pero primero vamos a hacerte una exploración.

—Lía —me llamó Emma—. ¿Por qué no aprovechas para salir y despejarte un poco? No has comido en toda la noche.

—Eh, yo… —Busqué a Bastian con la mirada. No quería irme ni dejarlo solo estando tan nervioso, pero con un breve parpadeo me indicó que lo hiciera—. Bueno, pero… ahora vuelvo, ¿vale?

Salí por la puerta sintiendo que un pedacito de mí se quedaba ahí. Quizá se debía a verlo tan vulnerable, que me había arrancado una esquina de mi corazón.

Cuando llegué a la sala de espera, todos se me abalanzaron.

Los tranquilicé, y en cuanto les dije que ya había despertado, el rostro de todos se tiñó de un asombroso alivio.

Me costó mucho, pero conseguí convencerlos para que se marcharan.

Ahí ya no pintaban nada, y yo no pensaba moverme de la habitación hasta que nos dejaran irnos a casa.

Raúl quedó conmigo en que vendría con Liam por la mañana a recogernos.

Cuando creí que ya habría pasado el tiempo suficiente, volví al box; justo cuando el médico y Emma salían de la habitación.

—Todo está en orden. Neurológicamente no parece que haya ninguna afectación, así que ya le hemos quitado el collarín —me indicó el primero.

—Pasaremos de vez en cuando a ver cómo está. No te preocupes si tiene sueño, déjale que eche pequeñas cabezadas —agregó la enfermera.

Cuando se marcharon, me volví hacia la puerta. A través del cristal vi a Bastian hablando por teléfono con la mirada puesta en el techo; imaginé que con su padre. No sabía qué le estaría diciendo, pero después de cómo le llamaba… algo importante sucedía con él. Algo que yo no sabía.

Le di intimidad para que terminara de hablar, y cuando por fin colgó, entré en la habitación. Me miró desde la cama, algo más relajado. Me senté de nuevo en el sillón del acompañante, a su lado.

—¿Cómo estás?

—¿Yo? —Se me escapó una risa—. No soy yo la que casi se abre la cabeza.

Cerró los ojos y se rio de forma suave mientras se incorporaba en la cama.

—Pero llevas toda la noche conmigo, ¿no? —Tensé los labios en algo parecido a una sonrisa y asentí—. No me equivocaba cuando te dije la lealtad que me guardabas.

Y eso escarbó hondo en mi culpa.

—Lo siento muchísimo por echarte así de mi habitación esta mañana —las palabras salieron tan apresuradas por mi boca que casi se me escapan algunas lágrimas más—. Fui una estúpida por no que…

—Oye, oye —me interrumpió. Cogió mis manos entre las suyas y las llenó de calor—. Que aquí el único estúpido soy yo. Tú eres la niñata —aun con el agotamiento reflejaba su cara, fue capaz de bromear.

Volví a reír y él dibujó a una amplia sonrisa. No sé cómo pude pasarme tanto tiempo sin darme cuenta de lo bonita que era.

—Al final vas a resultar ser un pupas, ¿eh? No paras de darme trabajo. La muñeca, el labio, la cabeza… —Solté una pequeña carcajada y Bastian entornó los ojos, divertido—. ¿Cómo te encuentras?

—Ahora mejor.

Se reclinó de nuevo contra el colchón hasta quedar semiincorporado, pero no soltó mis manos. Clavé mi vista en ellas, y me mordí el labio sin saber si sería buena idea dejar salir lo que pasaba por mi mente.

—¿Te puedo preguntar… qué pasa con tu padre? —dije al fin.

Subí despacio mis ojos para mirarlo. Bastian tragó saliva antes de hablar.

—Está enfermo.

Abrí los párpados con triste sorpresa.

—Lo siento. No… no sabía nada.

Movió los labios, inquieto, y acarició con el pulgar el dorso de mi mano.

—Solemos hablar varias veces al día, así que estaría preocupado por llevar tanto tiempo sin saber nada de mí.

Necesitaba llamarlo y decirle que estaba bien.

—Cabeceó—. En ese segundo que he estado en el aire, mientras caía, solo…

solo pude pensar en él. En que, si me pasaba algo, lo mataba en vida.

Aunque bueno —chistó con amargura—, lleva muerto desde que nací.

Mi corazón dejó de latir.

—¿Qué quieres decir?

Su respiración se volvió un poco más rápida. Apreté sus dedos con los míos. Exhaló un suspiro tembloroso. Aquello le estaba costando más de lo que imaginaba.

—Sabes que mi madre murió en mi parto, ¿verdad?

Lo verías en mi ficha de salud. —Asentí—.

Pues… mi padre cayó en una depresión muy fuerte de la que nunca se ha recuperado.

Aunque siga en tratamiento, es refractaria.

Y yo… — se humedeció los labios— siempre me he sentido muy culpable por ser el motivo.

Mis latidos se reanudaron con dolor. Me acerqué un poco más, pero él me esquivó la mirada.

—Bastian, ¿cómo vas a ser tú el motivo? Lo de tu madre fue una desgracia, pero no te puedes culpar por el simple hecho de nacer.

Se encogió de hombros con desgana.

—Decirlo es fácil, pero vivirlo… no tanto, Lía. Yo… yo nunca he conocido a mi padre, al que era antes de que yo naciera. A mí me ha criado una triste sombra que vaga por la vida con el único propósito de seguir existiendo hasta que su agonía se apague.

Me recorrió una ola de tristeza. Nunca hubiera imaginado que Bastian cargara con algo así a sus espaldas.

—Mi padre y yo solo nos tenemos a nosotros dos —continuó—.

Desde pequeño asumí que mi padre no era como el de los demás y que mi vida tampoco lo sería.

Asumí la culpa de su enfermedad, y siempre estuve a su lado.

Mi vida consistía en ir al colegio o al instituto y, por las tardes, entrenar en las pistas de voleibol.

El resto del tiempo lo pasaba en casa, acompañándolo en silencio por si la tristeza lo vencía.

No hacía nada más. Ni salía con amigos ni hacía nada que no fuera estar con él; me necesitaba a su lado.

Pero cuando me concedieron la beca por rendimiento deportivo…

—hundió las cejas con un gesto parecido a la vergüenza y suspiró—…

vi en esa beca la excusa perfecta para empezar a vivir.

Hizo una mueca de dolor, aunque no sabía si se debía a recordar el pesar de la vida que arrastraba o al golpe.

—Tienes que descansar. No creo que te haga bien hablar tanto ahora mismo.

Negó con la cabeza y cerró los ojos unos segundos.

—Quiero contártelo. Lo he callado durante mucho tiempo, y necesito hacerlo, por favor.

—Con su mirada me pidió que lo escuchara—.

Adopté a Balto unos meses antes de marcharme de casa para que no estuviera solo; para que tuviera una responsabilidad por la que levantarse de la cama y salir de casa, y creí que así podría irme más tranquilo.

—Hizo una pausa y desvió la mirada hacia un punto perdido de las sábanas—.

En cuanto aterricé aquí, comencé a llevar un tipo de vida muy diferente a la que tenía en España.

Empecé a salir, a quedar con todas las chicas que me apetecía, a hacer lo que me daba la gana.

Y creía que lo hacía porque que me apetecía de verdad, pero no era más que para enterrar la culpa por haberme ido.

Por haberlo dejado. Aunque él insista en que tengo que aprovechar esta oportunidad…

, sé que él me necesita. Y si no estoy con él, no puedo controlar si tiene alguna crisis o le da por hacer alguna tontería.

Y si no me contesta a los mensajes o al teléfono, me pongo en lo peor. Y no…