Aunque me dé miedo Capítulo 79
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Capítulo 79

Lía

No recuerdo el momento en el que cruzamos la puerta de urgencias.

Solo sé que entré acompañando a los paramédicos a toda velocidad, agarrándome con fuerza al metal de la camilla.

Todo el mundo hablaba, nadie mantenía la calma.

O quizá era yo quien no lo hacía, no sé.

Solo fui capaz de escuchar algunas palabras.

« Traumatismo craneoencefálico ».

« Más de veinte minutos ».

« Glasgow ».

« Urgente ».

Cada palabra era un golpe directo a mi pecho, oprimiéndolo más todavía.

En cuanto entramos al cuarto de críticos, fui algo más consciente de la realidad. Comencé a desvestirlo con rapidez mientras otros, no sabía quiénes, lo monitorizaban. Y hablaban y hablaban y hablaban.

—Tiene una mutación del factor V de Leiden —repetí.

Alguien me agarró por los hombros y me apartó de Bastian.

—Lía, tienes que salir.

—¡No! —intenté acercarme de nuevo, pero la fuerza que ejercía sobre mi cuerpo me lo impidió.

Me sonaba su voz, incluso su olor.

Era Emma.

Consiguió sacarme fuera del cuarto de críticos mientras lanzaba una última y desesperada mirada hacia Bastian.

—Lía. —Me sacudió de los hombros para que la mirara—. Ahora no eres enfermera. Ahora vienes con él. Tienes que esperar fuera.

—Déjame entrar, por favor —le supliqué.

—En cuanto lo estabilicemos, pasas. Te lo prometo. Pero ahora nos lo tenemos que llevar a rayos para hacerle un TAC urgente.

Y solo de pensar en lo que ese TAC podría revelar, mis ojos se empañaron y me eché a temblar.

—Va a estar bien, confía en mí.

Me dio un pequeño apretón en el brazo antes de entrar de nuevo en esa fría y triste sala. Otros brazos sustituyeron a los de Emma, rodeándome. Me giré y me encontré los ojos enrojecidos de Raúl. A su espalda aguardaba Oliver, con un semblante parecido.

—Ya la has oído, rubia. —Carraspeó y me abrazó más fuerte—. Bicho malo nunca muere.

Me sostuvo del codo para llevarme hasta las sillas de la sala de espera. El entrenador nos acompañó. Justo aparecieron nuestros amigos, sofocados.

—¿Cómo está? —preguntó Nico entre jadeos.

Sus caras estaban teñidas de una devastada preocupación; ellos lo habían visto desde las gradas.

—No sabemos nada todavía —informó Oliver—. Van a hacerle pruebas y… —suspiró y apoyó los antebrazos en sus piernas— ahora nos dirán.

Nico asintió, pasándose una mano inquieta por su rubio cabello, mientras que Asier se tapaba la cara con ellas. Abril, con la mirada perdida en el suelo, le frotó la espalda para consolarlo. Claudia se sentó a mi otro lado y me acarició la pierna.

—¿Estás bien?

Asentí, mintiendo. Yo no era la que importaba en ese momento.

Permanecimos todos en un eterno silencio, aguardando una respuesta.

Me mordí el labio hasta hacerme daño, no podría soportar que no fuera la que esperaba.

Dejé que salieran todas mis lágrimas sin preocuparme por secarlas.

Sin dejar que nadie lo hiciera. La angustia me estaba resquebrajando por dentro y no sabía que pudiera doler tanto.

Me limpié sus rastros cuando los ojos ya me escocían, y entonces me di cuenta de lo que llevaba en la mano.

Su cinta del pelo.

La apreté fuerte en mi puño y hundí la cabeza en mis manos, implorando que se acabara esa desoladora incertidumbre.

—¿Familiares de Bastian Suárez Lassard?

Todos saltamos de las sillas en cuanto escuchamos su nombre. Un médico que conocía solo de vista, alto y con uniforme azul, nos miraba desde el centro de la sala con una carpeta en la mano.

—El TAC es normal. Hemos confirmado que no presenta hemorragia intracraneal ni ninguna lesión estructural.

El suspiro de alivio fue generalizado. Se me doblaron las rodillas, así que tuve que sentarme. Poco a poco, fui notando como el aire entraba a mis pesados pulmones.

—De todas formas, ha sufrido una conmoción cerebral moderada, y ha estado treinta minutos inconsciente; tendrá que quedarse al menos toda la noche en observación. Prefiero tenerlo vigilado por si surgieran complicaciones.

Enrollé la cinta entre mis dedos y me puse a jugar con ella mientras escuchaba las explicaciones.

—¿Qué complicaciones? —preguntó de pronto Asier con temor.

—No vamos a pensar ahora en eso. Ahora está dormido, pero durante el TAC ha abierto los ojos y se ha mantenido despierto durante unos minutos.

—En ese momento, la presión de mi pecho se aligeró, pero solo un poco—.

Eso es buena señal. Está en el box de observación dos.

Puede estar acompañado, pero solo por una persona.

Sentí todas las miradas caer sobre mí. Miré a Raúl, y este me asintió con una pequeña sonrisa.

—Seguro que se alegra más de verte a ti que a mí —empleó un triste tono guasón.

Después de cómo lo había echado de mi habitación, lo dudaba; pero necesitaba ser yo quien estuviera con él y lo cuidara. Por una vez, me iba a permitir ser egoísta.

—Gracias —le susurré antes de levantarme y seguir al médico hacia el box.

Caminamos por los pasillos abarrotados de pacientes de aquel servicio de urgencias que tan bien me conocía. Cuando nos aproximamos a la puerta de su habitación, comencé a tiritar.

—No tardará en despertar —me aseguró el médico antes de dejarme entrar—. Avísanos cuando lo haga, quiero hacerle una exploración neurológica consciente.

Asentí, tratando de mantener a raya la mezcla de emociones que se me agolpaban por dentro.

—Tiene una mutación del factor V de Leiden —volví a recordar.

El médico soltó una pequeña carcajada y se recolocó las gafas.

—Lo sabemos, tranquila. Bastian es joven, deportista y no fuma.

El riesgo de que sufra algún tipo de complicación por su trastorno es bajo.

Si todo va como tiene que ir, no necesitará que le pongamos tratamiento —me tranquilizó—.

Ahora, entra con él. Aunque esté dormido, le vendrá bien sentir que tiene a alguien a su lado.

Cogí aire y agarré el pomo de la puerta con un poco de temblor.

No me atreví a mirar a través de la pequeña ventana que mostraba el interior de la habitación.

Abrí despacio, y encontrarme otra vez con esa frágil imagen, me encogió el corazón.

Me acerqué con lentitud hasta llegar a la cama.

Dormía, parecía que profundo. Habían sustituido la mascarilla de oxígeno por unas gafas nasales.

Todavía tenía puesto el collarín y no llevaba el piercing de la nariz. Era extraño verlo sin él.

Me apoyé en el colchón con cuidado y acaricié su mejilla.

A cada respiración suya, mi pecho se aligeraba más; pero había algo que se había quedado enquistado.

Cayó inconsciente con mis dolidas palabras todavía demasiado recientes.

Y quizá… quizá me precipité al decirlas; al echarlo de esa manera y no querer escucharlo.

Mis malditas inseguridades me volvían demasiado vulnerable, y Abril y Claudia rellenaron los huecos de mi mente con sus teorías; con cómo ellas creían que era Bastian.

Pero no sabían la verdad. Ellas no sabían todo lo que me dijo y que yo aún no lograba comprender; no sabían cómo besó; cómo me dio amor entre sus brazos; cómo me miró.

Cómo lo hizo durante todo el tiempo. Me negaba a creer que fuera así con todas las chicas; me negaba a creer que eso no significara nada.

Suspiré, llenándome los labios del amargo sabor de la culpa, y le retiré con cuidado los mechones del flequillo que caían sobre sus párpados cerrados.

—Mentiste por él, ¿verdad?

Me sobresalté al escuchar a Emma; no sabía cuándo había llegado. La miré confundida, mientras pasaba a dejar una batea con medicación.

—¿Mentir?

—El jueves llamó un hombre, dijo que era el entrenador de los Silver Jaguars. Quiso saber si estuviste de guardia en el hospital el día de la fiesta, cuando llegó ese chico drogado.

Tragué saliva mientras un frío sudor me recorría la espalda. No se me había pasado por la cabeza esa posibilidad. Le hice creer que Bastian pasó la noche conmigo, y si descubría que no era verdad…

—Tranquila. —Esbozó una mueca que casi parecía una sonrisa—. Dije no tuviste turno hasta la noche siguiente. Conociéndote, si habías mentido… imaginé que tenías un motivo de peso para hacerlo.

Me desinflé con otro suspiro y me pasé la mano por el pelo, quitándome la coleta ya casi deshecha. Emma me tendió una bolsita de plástico transparente antes de poder agradecerle que me cubriera.

—Es el piercing, se lo hemos quitado para el TAC. Ah, he dejado ahí un calmante. Cuando abrió los ojos, parecía que tenía dolor, ¿se lo pones tú?

Asentí mientras me levantaba y alcanzaba apresurada la botella de cristal. No quería que sufriera ni un minuto más.

—Lía, has hecho un buen trabajo.

Me giré sobre el hombro, sorprendida.

—Si no he hecho nada…

—Has hecho todo lo que tenías que hacer. Por cierto, bien cogida esa vía. —Me guiñó un ojo y se dio la vuelta.

Me quedé unos segundos observando la puerta por la que se acababa de marchar, un poco perpleja. Nunca creí que recibiría unas palabras de aliento por su parte. Ni que sería ella la que me protegería a mí.

Conecté el goteo de la medicación a la vía y regresé a su lado.

Bajé la barra de seguridad de la cama y me incliné sobre él para ponerle el piercing en la aleta de la nariz, con cuidado de que no le rozara con las gafas de oxígeno.

Se me escapó una pequeña risa; tantas veces pidiéndole que se lo quitara para jugar, y ahora era yo la que se lo ponía.

Nunca había tenido tantas ganas de abrazarle como en ese momento.

Sabía que no podía, así que me conformé con apoyar la cabeza en su pecho, justo donde su corazón latía al ritmo del pitido del monitor.

Era la primera vez que lo escuchaba batirse tranquilo.

Su plácido compás y el calmo vaivén de su respiración me ayudaron a relajarme, y me permití que salieran otras pocas lágrimas más.

Y, así, esperé a que despertara.