Capítulo 78
Lía
Nunca me había sentido tan inquieta en un partido como en el de esa tarde.
Deseaba estar en una sesión de yoga con mis amigas y no ahí.
Rebotaba mi pierna sin control contra el suelo evitando mirar hacia la pista; pero lo hacía más de lo que me gustaría.
En ella, el chico con el tres a la espalda se recolocaba de continuo la cinta del pelo.
Su semblante era serio; estaba muy metido en el partido.
Raúl le dio una palmada en el pecho al pasar por su lado y recordé como solo hacía unas horas latía su corazón desaforado bajo mi cuerpo.
Todavía podía sentir el calor del suyo invadiendo mi piel.
Aparté la mirada, incómoda. Saqué el móvil para distraerme, tenía claro que estudiar no podría.
Deslicé todas las historias de Instagram que aparecían en mi perfil, no me interesaba ninguna.
Miré la mía; una foto en el espejo con Abril y Claudia, cuando nos preparamos para la fiesta.
La había subido Abril y la compartí para que no se pusiera pesada.
Repasé la imagen, juzgándome a mí misma con ese body, y en mi mente apareció la cara de Bastian cuando me vio sin él.
Exhalé un suspiro pesado y apagué la pantalla.
Me recliné sobre la silla y miré hacia el reluciente y desgastado suelo de ese pabellón.
Quería dejar de pensar en él, pero no sabía cómo hacerlo.
Oí cómo gritaba indicaciones al resto de los jugadores con más autoridad que si fuera el entrenador, a kilómetros luz de la calidez que utilizó conmigo esa misma mañana antes de que lo echara; antes de que lo dejara hablar.
Levanté la visa y nuestros ojos se cruzaron un efímero segundo que bastó para recordarme su mirada, la que tenía para mí cuando parecía que su coraza se abría por una grieta fina; la que ayer me hizo sentir como si yo fuera lo más bonito que había visto jamás.
Hundí mis cejas con derrota, esa mirada no podía ser una mentira.
De pronto, las palabras de mis amigas volvieron a sonar en mi cabeza, enturbiándome aquella idea.
Se acallaron de inmediato en cuanto vi dos figuras chocar al rematar en la red. Las cabezas de Bastian y Davis colisionaron en el aire al pelear por el mismo balón.
El corazón me dio un vuelco.
Davis logró caer de pie.
Pero Bastian no.
Bastian cayó de espaldas y su cabeza impactó contra el suelo.
Me agarré a mi silla y contuve la respiración, esperando a que se levantara. Había visto varias caídas en los jugadores; eran habituales, y siempre se levantaban.
Esperé.
Pero él no lo hacía.
No.
No.
No.
Eché a correr hacia el centro de la pista, haciéndome sitio entre todos los jugadores que lo rodeaban. El partido se había parado. Todo el mundo calló preocupado. El aire me caía en los hombros como una pesada agonía.
—¡No lo mováis! —chillé cuando Raúl, asustado, se agachó a su lado—. ¡No lo toquéis!
Me arrodillé a su lado y sujeté su cabeza entre mis manos con cuidado de no desplazarla para inmovilizarla.
—Bastian, Bastian, ¿me oyes?
Intentó mirarme desde el suelo con sus ojos verdes aturdidos. Sus párpados peleaban por cerrarse.
—¿Sabes quién soy? Lo sabes, ¿verdad? —pregunté, desesperada—. Dime que lo sabes, por favor —supliqué con mi voz a punto de romperse.
Entreabrió los labios, pero no fue capaz de emitir sonido. Cada vez le costaba más mantener los ojos abiertos.
Daría lo que fuera porque en ese momento me llamara niñata.
—No, no. No te duermas, por favor. —Le hice unas caricias en la mejilla para que me sintiera y me volví hacia el resto de los jugadores. Oliver estaba a mi lado—. ¡¡Llamad al médico!!
—Es sábado, Lía. El médico no está —respondió con temblor el entrenador, mirando a Bastian con desolación —. ¿Qué hac…?
—¡Pues a una ambulancia! —lo interrumpí, histérica.
Los ojos de Bastian pelearon un último segundo hasta cerrarse por completo, y yo no conocí lo que era la verdadera angustia hasta ese momento.
—No, no. Bastian, no me dejes, por favor —raspé con mis nudillos su esternón, sin obtener más respuesta que una débil mueca—. Raúl, tráeme mi maletín, corre.
Tan veloz como era, Raúl fue a por mi maletín olvidado en el banquillo. Mientras, comprobé que, pese a la inconsciencia, el pulso, la respiración y las pupilas de Bastian eran normales.
—Sujétale así la cabeza —le indiqué.
Me moví hasta su brazo izquierdo para canalizarle una vía.
No sabía sí serviría de algo, pero necesitaba ganar tiempo.
Las manos me temblaban demasiado y me costaba controlar mi respiración.
Ni siquiera me había puesto guantes. En ese momento, mi cabeza solo era para él.
Mientras se la ponía, le lancé rápidas miradas deseando encontrar algún atisbo de conciencia en él.
Raúl me miró aterrado, pero no me vi capaz de calmarlo.
—Por ahí vienen —exclamó Oliver cuando los paramédicos entraron con rapidez al pabellón.
De inmediato, rodearon a Bastian. Las palabras salieron disparadas de mi boca para explicarles lo que había pasado. Lo inmovilizaron con un collarín y lo colocaron en una tabla rígida con sujeciones.
—Nos lo llevamos al hospital. Puede que solo sea una conmoción cerebral, pero habrá que hacerle pruebas para valorar la gravedad —nos explicó uno de ellos con tanta tranquilidad que me irritó.
Y ahí el mundo se me cayó encima.
Una opresión dolorosa me invadió el pecho.
Había sido una idiota.
—Tiene una mutación del factor V de Leiden —le informe, atropellada, casi frenética.
—Tranquila, está en buenas manos. ¿Alguien lo acompaña?
—Yo —respondí sin pensar.
Lo había echado de mi habitación sin dejarle hablar, sin permitirle que se explicara, pero ahora no quería separarme ni un solo segundo de su lado.
De camino, en la ambulancia, cogí su cálida mano entre las mías, me la llevé a los labios y entre silenciosos sollozos, volví a rogarle que despertara.