Aunque me dé miedo Capítulo 75
83%

Capítulo 75

Lía

—¿Puedo pasar? —su voz llegó amortiguada a través de la madera de la puerta.

Miré mi ceño fruncido en el reflejo del espejo y después lo hice con la puerta, detrás de la que Bastian aguardaba mi respuesta.

No sabía qué podía querer de mí. Si pretendía aclarar lo del maldito beso, no estaba preparada para ello; pero esa tarde lo había notado con ganas de decirme algo y me mataba la incertidumbre.

Odiaba que Bastian tuviera ese efecto en mí.

Aun temiendo que fuera una mala idea, me puse los pantalones cortos del pijama que había dejado tirados en la cama, y se lo concedí con la voz más serena que logré entonar:

—Sí.

Al igual que tantas veces, lo primero que me llegó fue su olor, sacudiéndome el estómago de forma dolorosa. Me encantaba como olía. Creo que ni siquiera era su perfume. Era él. Era el olor de su calor que aun en la distancia lo percibía.

Se plantó detrás de mí, con las manos en los bolsillos del chándal. Fingí que no lo veía en el espejo y seguí desmaquillándome.

—Te has vuelto muy pronto de la fiesta, ¿no?

—Me aburría.

Supe que no me creyó por la media sonrisa que dibujó. Y eso fue suficiente para acelerar —aún más— mis latidos. Hacía mucho que no la veía, y no sabía que podía echar de menos una simple sonrisa.

Y mucho menos, que fuera la suya.

Dio unos lentos pasos más, acercándose a mi espalda. Giró la silla con facilidad y se agachó frente a mí, obligándome a mirarlo. Apoyó sus manos en los reposabrazos de la silla, y sentí que sus ojos me hablaron antes de que lo hicieran sus labios.

—Siento mucho haber desconfiado ayer de ti de esa manera —dijo con calidez tras unos segundos en silencio.

Agaché la mirada a mis manos, donde todavía tenía el algodón manchado.

—No sé por qué se me cruzó la idea por la cabeza de que podrías haber sido tú y… —tragó saliva y negó— …me dolía tanto pensar que quisieras joderme de esa manera, que fui incapaz de razonar con lógica.

—¿Y por qué tendría que dolerte? —Alcé vagamente mis hombros.

Suspiró, y cuando creí que ya no me iba a contestar, su confesión me pegó un vuelco en el pecho.

—Por lo mismo por lo que me encaré con ese gilipollas cuando te dio el balonazo. —Levanté la cabeza y el destello de sus ojos verdes me perforó las pupilas—. Porque me importas demasiado —admitió con un ligero temblor en la voz.

Mis labios se contrajeron sin saber qué decir.

No podía creerle. Lo mejor era no hacerlo.

Pero quería hacerlo. Con todas mis fuerzas.

Esas palabras eran las que tanto había necesitado escuchar cuando pasó el altercado del partido; en verdad, cuando empecé a plantearme que él solo quería jugar conmigo. Pero ya no sabía ni que pensar.

—Sé que le has mentido a Oliver para cubrirme con lo de la fiesta —continuó—. El entrenador no confía en mí, pero en ti sí. Si sigo en el equipo… es gracias a ti.

Me quitó el algodón de las manos y todavía arrodillado, se acercó un poco más.

—Cierra los ojos.

Sin oponerme, le hice caso. Con delicadeza, comenzó a pasar el algodón por la línea de mis párpados y mis mejillas, donde todavía quedaban restos de rímel. Y una abrumante emoción se me atoró en la garganta.

Ese era otra vez el Bastian que tanto me gustaba.

El que se permitía mostrarse humano.

Escuché cómo se levantaba para coger otro disco de algodón. Abrí mis párpados e inspiré con un pequeño temblor cuando, con tierna delicadeza, comenzó a borrar el color burdeos de mis labios.

—Me has demostrado más lealtad de la que yo me tendré a mí mismo jamás. —Esbozó una sonrisa amarga sin apartar la mirada de mi boca.

—Supongo que todos necesitamos a alguien que nos sostenga cuando ni siquiera nosotros mismos sabemos cómo hacerlo.

Me miró con una intensidad que no supe ni cómo manejar.

—¿Eso quiere decir que yo también te importo?, ¿aunque lleve haciéndote la vida imposible desde que nos conocimos?, ¿aunque en las últimas semanas me haya vuelto a portar como un cabrón?

Guardó silencio, esperando mi respuesta. Ahogada por la urgencia de su voz, me levanté con falsa decisión de la silla para separarme de él.

Porque me daba miedo repetir lo de ayer para demostrárselo.

Le di la espalda, girándome hacia el escritorio, y me entretuve en recoger el tónico y los algodones. Sin insistir en su pregunta, se inclinó sobre mí y alcanzó el libro que tenía próximo al neceser.

—Anda. —Soltó una pequeña risita nasal—. Ya has estrenado tu regalo de cumpleaños.

Me volví extrañada, porque ese libro no era ninguno de los que me habían regalado. Entonces me di cuenta de lo que realmente estaba mirando.

—¿Me lo regalaste tú? —pregunté, atónita.

Se encogió de hombros con una sutil sonrisa y volvió a dejar el libro en su sitio.

—¿Por qué lo hiciste? —lo acusé en lugar de preguntarle.

—Porque en los cumpleaños se hacen regalos. Ya has visto que no soy muy bueno haciéndolos, pero… —ladeó la cabeza y se pasó la mano por la nuca— al menos ya no tienes que usar la goma de las analíticas como marcapáginas.

Me retiré el pelo de la cara sintiendo como el aleteo que hacía semanas que había abandonado mi pecho volvía.

El regalo que más ilusión me hizo resultó ser el suyo.

Aun sin hablarnos, se tomó la molestia de que ese detalle fuera único.

Esa enfermera era idéntica a mí, y tenía hasta mi mismo fonendo.

Y yo enfadada con él porque no viniera esa noche a casa.

—Pero si nos odiamos —repliqué con una voz defensiva, porque ese simple gesto amenazaba con ser un peligroso ataque para mí.

Echó la cabeza hacia atrás con un resoplido resignado y luego me miró con diversión.

—No me puedes decir que te odio cuando te acabo de limpiar el maquillaje. —Cabeceó y su expresión se volvió más seria—. Pese a lo que te he hecho pensar… nunca te he odiado, Lía.

Lo contemplé con perplejidad. Claro que me había odiado. Durante más de un año entero. Me declaró la guerra en el mismo momento en el que me conoció. ¿Qué estaba diciendo?

Dio un paso hacia mí y yo me topé con el escritorio. Volví a respirar ese olor capaz de embriagarme y tuve que agarrarme al borde para sostenerme.

—Dime que tú no tampoco me odias, por favor —dijo casi en un susurro.

Agaché la cabeza para evitar su mirada. Su voz sonaba casi a súplica y eso me tenía confundida. En verdad todo lo que estaba diciendo lo hacía. Con delicadeza, me alzó la barbilla hasta que nuestros ojos se encontraron y me miraron de aquella manera como solo hacía él.

Como si solo existiera yo.

Era imposible que esa mirada escondiera una mentira.

—Ya no puedo hacerlo —confesé con un hilo de voz.

Y eso pareció prender un brillo de esperanza en sus pupilas.

Nuestra distancia se había acortado hasta el punto de tenerme aprisionada contra su cuerpo y el escritorio. Y pese a las advertencias que no paraba de lanzarme mi mente, el abrazo de su calor era tan plácido que no quise escapar.

—Por eso me besaste… —me recordó, con la mirada clavada en mis labios. Los suyos todavía estaban algo amoratados por el puñetazo.

—Porque me pusiste nerviosa —mentí.

—¿Solo por eso? —Alzó las cejas con un leve movimiento escéptico—. Yo cuando beso a alguien, es porque me gusta.

El pulgar de la mano con la que todavía tomaba mi barbilla acarició mi labio inferior.

La respiración se me entrecortó cuando, con suavidad, tiró de él hacia abajo.

Inclinó su cara hasta que su nariz tocó mi mejilla y sus labios rozaron los míos, pidiéndome permiso para besarlos.

Temía arriesgarme y que volviera a huir, pero mi deseo por besarlo era mucho mayor, así que los entreabrí para concedérselo.

Con su respiración sobre mi piel, me miró durante apenas unos segundos, demasiado tensos y asfixiantes.

Y creí que se iba a arrepentir.

Hasta que me besó con una desbordante intensidad.

Bastian besaba tal y como me imaginaba. Con hambre y con pasión.

Con casi tanta calidez como voracidad. Sus manos se aferraron a mis caderas y yo subí las mías por su cuello hasta enterrarlas en su pelo, atrapada en su sabor.

Cuando su lengua acarició la mía, me recorrió una descarga de electricidad que me concedió un atisbo de lucidez.

—Me da miedo que me hagas daño —confesé sobre sus labios.

Se separó apenas unos centímetros.

—Yo nunca querría hacerte daño, Lía —bisbisó, negando con la cabeza—. Jamás he querido jugar contigo. Siempre he querido esto, pero nunca me lo he permitido. —Hizo una pausa—. Estar cerca de ti es una constante lucha, pero ya me he rendido. Me he rendido a ti.

Fruncí el ceño sin comprenderlo y me permití unos segundos de duda.

Pero yo también me había cansado de batallar contra mis miedos.

Así que fui yo quien lo besó con mayor urgencia.

Me moría de ganas de descubrirlo. De estar todo lo cerca posible de él.

De empaparme de su adictivo calor. De sentirme refugiada entre sus brazos.

Sus manos se cerraron con fuerza sobre mis caderas antes de pasar a recorrerme la espalda. A través de la tela de mi body, sentí el ardor de su piel, devolviéndome esa vertiginosa emoción que un día ya me hizo sentir.

Desequilibrándose por el ímpetu de mi beso, dio unos pasos hacia atrás, hasta que chocó con el borde de mi cama y se dejó caer sentado en ella.

Con su bonita sonrisa y su brillante mirada, tiró de mi mano para que lo acompañara.

Con ese vértigo revoloteándome, acabé sentada sobre su regazo y no tardamos en unirnos en un nuevo beso.

En cuanto noté su deseo bajo mi cuerpo, el corazón se me debocó y lo sentí latir en cada centímetro de mi piel.

Cuando sus manos se perdieron más allá del final de mi espalda, mordí con ansia y cuidado su labio inferior.

Sonrió sobre mi boca antes de abandonarla para pasar a besarme el cuello, y yo creí que me iba volver loca.

Sus dientes se clavaron con suavidad en mi piel, haciéndome estremecer.

—Estúpido —dije con una risa ahogada mientras le daba un pequeño manotazo en el hombro.