Aunque me dé miedo Capítulo 75 #2
84%

Capítulo 75 #2

Bastian se rio y su sonido me llenó los oídos.

Me retiró el pelo por detrás de los hombros y acarició la piel desnuda de mi clavícula, ocasionándome un abrasador cosquillo.

Permanecimos unos segundos así; mirándonos, sonriéndonos, hasta que acunó mi nuca para volverme a besar, pero de una forma mucha más lenta e íntima.

Me rendí al calor de sus labios e hice nuestro beso más profundo.

Aproveché cuando se separó para coger aire para trazar el recorrido del pulso acelerado de su cuello con mis labios.

Todo su cuerpo se tensó, y con una mano sobre mi espalda baja, me estrechó aún más contra él.

—Lía…

Su voz ronca sonó a advertencia, como si el que estuviera a punto de enloquecer fuera él.

Y yo quería ser la causa de su locura. Me incliné más sobre él y besé su cuello hasta llegar al ángulo de su mandíbula, mientras que su respiración, cada vez más errática, me acariciaba el oído.

Y eso bastó para hacerle perder el control.

Se despojó la camiseta con rapidez, tirándola al suelo, y con un ágil movimiento, me tumbó con él en la cama.

Los besos se volvieron más febriles, al igual que nuestros cuerpos.

Acaricié su torso desnudo, disfrutando de cómo se erizaba bajo mi contacto mientras él hacía lo mismo con mis piernas.

Su dedo quedó enganchado en la cinturilla de mis pantalones y me miró, queriendo asegurarse de que yo estuviera de acuerdo.

Llené mis pulmones de aire y, con un breve parpadeo, se lo confirmé.

Con unas manos más temblorosas de lo que imaginé, los deslizó por mis piernas.

Tiré de los cordones de los suyos para que hiciera lo mismo, y se despojó de ellos con una ladina sonrisa que me hizo enrojecer.

Me acostó encima de él, y me volví a estremecer cuando sentí cada centímetro de su piel queriendo fundirse con la mía.

—¿Estás segura? —preguntó con una voz insegura.

Asentí con un breve cabeceo. Pese a todo y aun con todo, quería. Dejar que Bastian me besara fue el primer salto al vacío, y yo ya no tenía vértigo.

—¿Y tú?

Si me iba a entregar, necesitaba tener la certeza de que él también quería. De que no iba huir cuando más vulnerable me encontrara.

—¿No lo notas? No me hundas, por Dios —bromeó con fingido dramatismo.

Puse los ojos en blanco sin poder contener una carcajada, y riendo conmigo, volvió a besarme.

Movió sus manos por mi espalda, hasta que dieron con la cremallera del body.

En cuanto comenzó a bajarla, todo mi cuerpo se tensó.

No llevaba sujetador, y nadie más salvo Caleb me había visto desnuda; me costó mucho mostrarme tal y como era ante él por temor a que no le gustara.

Y, por un momento, esa idea se pasó por mi cabeza mientras Bastian me desnudaba.

Su mano se detuvo.

—¿Quieres que pare?

Tragué saliva mientras esperaba mi respuesta.

Estaba harta de reprimirme por mis inseguridades. Si él quería estar conmigo, que lo hiciera sabiendo cómo era desde el principio.

—Sigue.

Con lentitud, bajó la cremallera hasta el final y la prenda cedió.

Una rara e intensa emoción se apoderó de mi pecho cuando la mirada de Bastian se tiñó con algo parecido a la fascinación al descubrir mi cuerpo.

De forma casi inevitable, nos deshicimos de la poca ropa que nos quedaba.

Me tumbó en el colchón, y mientras que sus labios descendieron por mi cuello, siguiendo su camino hasta detenerse en mi pecho, su mano me recorrió despacio, conociéndome y acariciándome con una placentera delicadeza.

Yo hice lo mismo con él, perdiéndome en el efecto que ocasionaba en él al descubrirlo por primera vez.

Y, así, mi habitación se llenó de pequeños jadeos que no eran más que la muestra de nuestras electrizantes caricias.

—¿Tienes…?

Antes de que terminara esa frase que vibraba en sus labios, alargué el brazo para abrir al cajón de mi mesilla.

Todavía estremecida por la forma con la que seguía trazando mi piel más sensible, alcancé a sacar un preservativo.

Se separó despacio y el frío me invadió cuando abandonó mi cuerpo.

Arrodillado frente a mí, se lo puso con una respiración entrecortada, y después, se inclinó sobre mí.

—¿Prefieres arriba? —susurró.

Dudé. Todavía no me sentía lo suficientemente preparada para exponerme de esa manera, así que negué con la cabeza y enterré las manos en su pelo para atraerlo hacía mí.

Su peso cayó sobre mí y, despacio, nos unimos en un mismo calor.

No apartó su felina mirada de la mía en ningún momento, y yo no sabía cómo controlar todo lo que por dentro se me quería desbordar al sentirlo de aquella manera.

Una manera que jamás hubiera imaginado. Clavé mis dedos en su espalda, que tanto me gustaba, y me dejé llevar.

Los primeros movimientos fueron lentos, casi tímidos; incluso tiernos. Ahogué mis tímidos gemidos en su cuello mientras él suspiraba con fuerza sobre mi oído, y ese sonido me hizo vibrar. Él me hacía vibrar.

Bastian era caótico; lo que provocaba en mí era caótico.

Una atracción irrefrenable que jamás había sentido con nadie.

No me di cuenta de cuándo la cadencia de nuestros cuerpos se volvió imparable, pero lo era tanto como lo que crecía dentro de mí.

Y parecía que iba a explotar, o quizá era yo que, por un momento, me había liberado de mis miedos.

Deseosa de tomar por una vez mi propio control, lo hice girar hasta quedar sentada encima de él.

Se humedeció los labios y me sonrió con la misma fascinación de hacía un rato mientras se aferraba con fuerza a mis piernas, y con mi cuerpo, di rienda suelta a todo lo que él me hacía sentir.

Olvidándome de la vergüenza; del pudor; de mis advertencias.

Olvidándome del mundo.

Disfrutando de su placer y del mío. Del compartido.

Sintiéndome admirada bajo su mirada.

Con una imperfecta sintonía dimos forma a todo aquello que todavía no sabíamos cómo expresar, y derramé sobre mis labios su nombre cuando el vértice de la emoción me hizo estallar.

Cuando lo hizo él también, me dejé caer sobre su pecho, exhausta.

Me envolvió con sus brazos, y sonreí al escuchar su corazón latir tan acelerado por mí.

Nos quedamos un rato en silencio, permitiendo a nuestras respiraciones recuperar su ritmo normal mientras él me colmaba de besos y caricias en mi pelo; recreándonos los dos en el eco del dulce momento que acabábamos de vivir.

Nunca imaginé que Bastian podría ser tan cariñoso, cuando durante tanto tiempo creí que era de hielo.

Nunca pensé que sus brazos y su pecho podrían ser el lugar donde querría quedarme a dormir.

Lo que sí tenía claro, era que quería que eso fuera verdad. Real. Que lo que acababa de suceder, nacía de un mutuo sentimiento.

Convenciéndome de ello, dibujé pequeños círculos con mi dedo sobre su pectoral y volví sonreír con los ojos cerrados cuando escuché su suave risa.

Hasta que se apagó en sus labios.

—¿Has oído eso?

Levanté la cabeza, confusa.

—¿El qué?

Giró la mirada hacia la ventana que estaba sobre mi cabecero.

—Las voces.

Antes de que me diera a tiempo a responder, se incorporó un poco, lo justo para poder mirar a través de ella.

—Joder, son estos. —Se volvió hacia mí, un poco apurado—. Vienen ya.

Tenía el pelo completamente alborotado y las mejillas sonrojadas. Me quedé tan ensimismada observando lo guapo que era, que ni me enteré de que me seguía hablando.

—Mejor me voy para que no nos vean así, ¿no?

Sacudí la cabeza al volver en mí.

—¿Eh?

—Claudia y Abril, que están a punto de subir.

—Ah. Ya… sí.

Me hizo una pequeña caricia en la barbilla y se levantó. Me quedé sentada en la cama mirando cómo se ponía los calzoncillos. Se volvió hacia mí para taparme con la sábana y me dio un corto beso en los labios.

—Mañana hablamos, ¿vale? —me susurró.

Me sonrió, y yo asentí con una mueca que no llegó a serlo. Cogió el resto de su ropa y tras una última mirada algo más larga, salió por la puerta.

Y yo me quedé con la vista clavada en las sábanas revueltas, con una inquieta sensación moviéndose por mi pecho.

Sabía que tenía que irse.

Pero deseaba que no lo hubiera hecho tan pronto.