Capítulo 74
Lía
Tiré los tacones en cuanto entré en mi habitación y me quité con rapidez esos pantalones ceñidos que me había dejado Claudia. Me dejé caer en la cama y cerré los ojos, tratando de poner la mente en blanco, como se suponía que había aprendido en las clases de yoga.
Nada.
No funcionaba.
Me levanté y cogí mi pequeño espejo de maquillaje.
Me senté en la silla de mi escritorio y me planté frente a él.
Y la imagen que me devolvió, me revolvió.
Odiaba tener que arreglarme para lograr una mejor versión de mí, una versión espectacular.
Cuando lo intentaba, todas las inseguridades que en el día a día lograba esconder, salían a relucir, porque esa versión en mí no existía.
Me miré con el maquillaje de Abril y con el body que Claudia me convenció para que me pusiera, y me sentí como si estuviera disfrazada.
Era blanco y de palabra de honor, con encajes transparentes por debajo del pecho y en la espalda que mostraban con sutileza mi piel.
No me quedaba bien. Ni siquiera me favorecía que me realzara tanto el pecho.
No sabía en qué estaba pensando cuando me lo compré.
Sacudí la cabeza y, alcanzando el tónico desmaquillante y los discos de algodón de mi neceser, comencé a desmaquillarme. Me froté con fuerza los párpados hasta emborronarlos con la máscara negra y enrojecerme la piel.
Me dije a mí misma que si estaba así era por la rabia de haber visto a Caleb feliz con otra chica después de haberme hecho tanto daño.
Me era más cómodo pensar así.
Pero sabía que era mentira.
Él ya no tenía nada que ver.
Paré un momento de restregarme el algodón en los ojos y me quedé mirándolo con la vista un poco nublada por los restos del tónico. Y mi mente se perdió en el recuerdo de la noche anterior; el verdadero motivo de mi desazón.
Bastian
Escuché la puerta de la calle cerrarse. Miré el reloj de mi móvil, no eran más que las once de la noche. En cuanto oí los muelles de la cama al otro lado de la pared, supe que era ella.
Todavía sentía sus suaves labios sobre los míos, pero también, el recuerdo amargo de mi estupidez.
Un simple roce de su aliento había prendido una urgente chispa de anhelo en mi pecho.
Un anhelo que nunca había tenido y que, pese al temor que me había inculcado su sombra, me hizo creer que quizá valía la pena perder por intentar querer.
Llevaba toda la vida saltando contra la red sin miedo a caer, sin miedo a hacerme daño, porque si no arriesgaba, perdía. Tal vez era momento de hacerlo también con mi vida para no perder lo que de verdad quería.
No sabía si sería buena idea, pero necesitaba intentarlo.
Quizá no era tarde.
Ojalá que no lo fuera.
Me levanté de la cama y salí de mi habitación.
Y no lo pensé dos veces cuando llamé a su puerta.
Lía
Pegué un pequeño brinco cuando dos golpes en la puerta me sacaron de mi cabeza, y mi corazón traicionero se aceleró de la misma forma que había hecho tantas veces ya.
Porque reconocía esa forma de llamar.
Porque sabía que solo podía ser él .