Capítulo 72
Lía
Los jugadores tardaron tanto en salir del vestuario que tuve que avisar al hospital de que llegaría tarde a la guardia.
Tenía la camiseta a medio poner cuando la puerta se abrió de golpe y Bastian apareció.
—¡Bastian!, ¡que me estoy cambiando! —protesté azorada mientras me daba la vuelta para que no viera nada.
Aunque casi era peor. Aún no me había puesto las mallas.
—¿Has sido tú?
Confundida, me giré despacio sobre mi hombro.
Bastian estaba parado frente a mí. Por su forma de entrar, me imaginé que estaría enfurecido, con la mandíbula tan tensa como una piedra y perforándome la piel con su mirada afilada, pero en su lugar, me lo encontré con las cejas hundidas y el rostro desencajado.
Todavía llevaba la equipación del entrenamiento y la cinta del pelo colgando del cuello.
—¿A qué te refieres? —pregunté, cauta.
Entreabrió los labios y negó con la cabeza.
—Dime que no has sido tú, Lía —me imploró con angustia.
Volví todo mi cuerpo para poder mirarlo bien. No entendía nada de lo que me estaba diciendo, pero el tono que estaba empleando me estaba preocupando demasiado.
—No sé de qué me hablas.
Dio unos pasos lentos, acercándose más a mí. Fuera lo que fuese lo que se le pasaba por la cabeza, lo tenía tan cegado que parecía no darse cuenta de que no llevaba más que una simple camiseta de tirantes.
—¿Le has dicho al entrenador que fuimos a esa fiesta?
Abrí mucho los ojos y me apresuré en contestar:
—No, claro que no.
—¿Y entonces cómo lo sabe? —Me miró con unos ojos demandantes, cada vez más cerca de los míos.
—N-no lo sé —balbuceé—. Quizá desde el hospital avisaran, pero te juro que yo no…
—Lía —me interrumpió con urgencia—, que el entrenador me quiere echar del equipo. Me acaba de caer una bronca monumental. Se cree que me drogo. Tú sabes que no he probado la droga en mi vida —más que afirmación, por el temblor de su voz parecía una súplica para que le creyera.
Se me heló la sangre por esa cruda posibilidad. También, porque desconfiara de mí y creyera que podría delatarlo. Pero, sobre todo, por la voz tan rota que salía de su boca.
—Bastian, yo no he dicho nada. Te lo promet…
—¿Por qué lo has hecho? —inquirió casi con un hilo de voz—. ¿Tanto me odias?
Fruncí el ceño, observándolo con incredulidad.
Sus palabas me habían quebrado algo por dentro.
Llevaba semanas deseando odiarlo, no sentir nada más que eso por él.
Y en su lugar, me preocupaba más que a él su futuro en el equipo y me había pasado el sábado con el corazón en vilo por si hacía alguna de sus tonterías en la fiesta, ¿y ahora me veía capaz de hacerle daño de una forma tan sucia?
—Lía, contéstame, por favor.
—Bastian, que no he…
—Sabes que me lo juego todo. Que esto es lo más importante que tengo. —Se acercó con otro paso. Yo retrocedí y mi espalda chocó con la taquilla—. ¿Por qué quieres hundirme?
Tragué saliva; tenía la boca tan seca que no podía hablar, aunque tampoco es que él me dejara. Me llevé la mano al centro del pecho, justo donde me dolía. No sabía si de lo rápido que me latía el corazón o por la decepción de su desconfianza.
—¿Qué te he hecho para que me quieras hacer tanto daño? —un paso más—, ¿poner música? —otro—, ¿encararme con ese chico cuando te dio el balonazo?
Cada vez estaba más cerca. Cada vez sonaba más abrumado. Buscaba explicaciones que yo no tenía. Y yo cada vez estaba más ahogada de impotencia porque no me creyera. Desesperada porque lo hiciera, hice lo único con lo que podría demostrarle que yo jamás querría ser culpable de su dolor.
—¿Por qué lo has hecho?, ¿por qu…
Me alcé de puntillas y lo besé para callarlo.
Sostuve su cara entre mis manos con firmeza. Tras un frío segundo, sus labios se movieron despacio sobre los míos. Su cálida y errática respiración me llegó a la piel, revolucionándome el corazón con una placentera emoción, y sus manos rozaron mis caderas todavía desnudas, estremeciéndome entera.
Pero solo quedó en eso.
En un simple roce.
Como si de un momento a otro mi piel le abrasara, las dejó caer. Su cuerpo quedó completamente inerte y, sus labios, también. Me separé despacio, con una inquieta gelidez oprimiéndome el pecho, y su aturdida expresión me abofeteó con una realidad no correspondida.
Por un momento creí que lo que estaba creciendo en mi pecho con ese beso era compartido, pero me había confundido.
Había saltado al vacío, pero me había quedado sola por el camino.
Me separé casi tan apresurada como horrorizada y corrí a vestirme con mis mallas.
Bastian se quedó pasmado. No hablaba. No reaccionaba.
Ni siquiera respiraba. Solo me miraba con un rostro extrañado.
O sorprendido. No lo sabía. No quise mirarlo más.
No podía. Tenía que salir corriendo de ahí, no podía seguir humillándome así.
Cogí mi mochila y aun con el pelo sin secar y sin peinar, salí corriendo del vestuario.
—Lía… —me pareció escuchar mientras la puerta se cerraba a mi espalda.
No me quedé a comprobarlo. No podía estar más en ese lugar. No podía estar cerca de él.
Cuando llegué a la salida de las instalaciones, lo hice casi jadeando. Me encontré en la puerta a Oliver. Le agradecí con una tirante sonrisa cuando me la sujetó para que pasara.
—Buenas noches, Lía —se despidió con un tono demasiado apesadumbrado.
Tenía el rostro casi tan compungido como Bastian. Aunque solía ser muy duro con los jugadores, sabía que a él le dolía más que a nadie serlo. Y enterarse de que sus chicos habían asistido a una fiesta llena de drogas debió suponerle una dura traición a su confianza.
Me giré para ir hacia la parada del autobús, pero algo no me dejaba avanzar. Todavía sentía la humillación sobre mis labios, pero me pesaba más el desconsuelo de Bastian. Me dolía más verlo tan roto que mi propio orgullo. Y quizá yo podría hacer algo para que no terminara devastado.
Al fin y al cabo, sabía que él jamás se drogaría. Era injusto que lo echaran del equipo.
Cogí aire y con poca convicción, pero llena de decisión, me volví hacia el entrenador y lo alcancé.
—Oliver.
Torció el cuello y me miró con unos ojos cansados.
—¿Sí?
Me humedecí los labios antes de ser capaz de hablar.
—Sé que estas muy enfadado con los chicos por lo de la fiesta, pero…
—Lía, ahora no quiero hablar de eso —bajó la voz y siguió caminando.
—Lo entiendo, pero esto es importante. Bastian no estuvo en la fiesta.
Se detuvo al escucharme.
—¿Cómo que no?
Negué rápida con la cabeza y me preparé para revelarle unas falsas palabras que sabía que me dolerían.
—Él y yo… —Suspiré—. Pasamos la noche juntos. No se separó ni un solo momento de mi lado —temí que el temblor de mi voz me delatara—. Él no tuvo nada que ver con lo que sucedió esa noche.
Miré al entrenador con la respiración contenida, esperando que me creyera. Hasta que su rostro cambió por completo, como si hubiera comprendido lo que esas palabras escondían, y sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Ah… no sabía que vosotros dos…
Tragué saliva y asentí con una triste sonrisa.
—Joder. —Se pasó una mano por el pelo, frustrado—. Tengo que hablar con él, ¿sabes si se ha ido ya?
—Sigue en el vestuario.
Apretó los labios y me dio una palmadita en el hombro.
—Gracias, Lía.
Se adentró de nuevo en las instalaciones deportivas y dejé escapar una profunda exhalación que me vació. Yo tenía una parte de mi corazón agrietada y malherida por no ser correspondida, pero, al menos, su futuro en el deporte estaba a salvo.
Siempre que él no hiciera nada más para estropearlo.