Capítulo 67
Lía
El viernes que siguió a aquella discusión, volví a comer sola en la cafetería de la universidad. La mesa de los Silver Jaguars ya no era sitio para mí si él estaba en ella.
Desde ese día, ya nadie venía a molestarme a la consulta, y nuestro piso se convirtió de nuevo en un territorio hostil.
Para mí, para él, y para los demás. Llevábamos una semana sin apenas hablarnos.
Ni siquiera nos mirábamos, y si lo hacíamos, no era más que un lacerante y frío choque.
Y, aun así, Bastian parecía que se había propuesto poner a prueba el límite de mi paciencia y estaba a punto de rebasarla.
—No puedo más. —Solté un quejido derrotado mientras tapaba con fuerza mis oídos—. Lleva toda la tarde con la puñetera música atronándonos la casa.
—Lía, no exageres. Tampoco está tan alta.
Me volví hacia Abril, tumbada en su cama con Claudia.
—Para mí sí. Necesito que la quite. Me desconcentra y así no puedo terminar el maldito trabajo, no puedo estudiar ni puedo hacer nada —dije con una angustiante presión subiéndome por la garganta.
Mi amiga soltó un suspiro exasperado.
—Con lo a gusto que estábamos antes.
Le lancé una acusatoria mirada que recibió encogiéndose de hombros.
—No me mires así. Es la verdad. No sé qué cable se os ha cruzado esta vez.
—Abril… —la reprendió Claudia en voz baja.
La canción se terminó y comenzó otra de Imagine Dragons. Y ya no aguanté más. Me fui de la habitación con las atentas miradas de mis amigas clavadas en mi espalda y entré en la suya.
—Se llama antes de entrar —dijo, sin levantar la mirada de la pantalla de su móvil.
Respiré hondo y me di dos segundos para no perder la compostura.
—¿Te importaría quitar un rato la música, por favor? Necesito terminar un trabajo para el lunes.
Bastian negó con la cabeza. Irritada, resoplé y me aparté el pelo de la cara.
—Te lo estoy pidiendo por favor.
Me miró con una mueca de cansancio.
—Lía, la tengo bajita. Es imposible que te moleste.
—Pues sí. Me molesta. Y mucho. No me deja concentrarme —espeté al borde del desquiciamiento.
Necesitaba terminar ese trabajo de Gestión.
La profesora Taylor me había dado la oportunidad de repetirlo para que no empañara mi calificación final.
Pero no lo iba a conseguir, porque él no me dejaba.
Había decidido utilizar la música como arma pasiva, y ya ni siquiera me permitía descansar cuando quería dormir un rato tras las guardias.
En esa semana había tenido dos casi seguidas, y en lugar de estar cumpliendo con sus prácticas, me lo había encontrado en casa. Y con la música puesta.
—Bastian, por favor. Tengo que entregar un trabajo muy importante para el lunes —insistí y casi rogué al ver que seguía ignorándome.
Parpadeé cuando noté el escozor en mis ojos, seguramente estarían rojos.
Él ni siquiera se dio cuenta, ya que bajó de nuevo la mirada a la pantalla de su móvil e hizo como si yo no existiera.
Me dieron ganas de quitárselo, apagarle la música o tirárselo a la cama; lo que fuera para que dejara de ignorarme.
Pero, en su lugar, lo único que hice fue desahogarme:
—Vete a la mierda —solté con la mayor amargura que tenía contenida.
Cuando salí de su habitación, Nico y Asier dejaron la partida de la play para mirarme con cara de circunstancia. Agaché la cabeza y caminé rápida hacia mi habitación. Me dejé caer en la cama y me tapé la cara con las manos, ahogando un llanto de frustración y rabia.
Abril y Claudia acudieron de inmediato, preocupadas.
—Lo de antes iba en broma, Lía —me dijo Abril, arrepentida.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Claudia con dulzura mientras me apartaba el pelo de la cara.
—No lo soporto —fui lo único capaz de decir entre sollozos.
De inmediato, la música dejó de sonar.
Pero eso no sirvió para calmar mi llanto desatado ni tampoco la desazón que me ardía en el pecho desde aquel maldito sábado que me devolvió a la realidad; que me recordó quién era Bastian de verdad.
Porque yo había asumido sin querer el riesgo de ilusionarme mientras que él solo estaba jugando, y ahora estaba pagando las consecuencias.
Abril y Claudia se metieron conmigo en la cama. Me abrazaron y me limpiaron las lágrimas sabiendo que su dueño estaba al otro lado de la pared, pero sin imaginarse su verdadero motivo.
El lunes siguiente entregué el trabajo con la desastrosa sensación de que mi esfuerzo y mi tiempo no habían servido para nada.
Esa tarea me bajaría la nota, así que lo más inteligente sería dedicarle más tiempo de estudio a la asignatura de Gestión para compensar con el examen; el resto las llevaba bastante mejor.
Esa misma tarde, traté de estudiar mientras los jugadores entrenaban la técnica de partido en la pista.
El problema era que, en cuanto me despistaba, me sorprendía con la vista clavada en la cancha.
Ese día practicaban el saque en salto. Desde que había empezado las prácticas con el equipo, ya había escuchado varias veces al entrenador decir que Bastian era uno de los jugadores que mejor lo dominaba.
Sin embargo, aquella tarde Oliver lo tenía castigado haciendo burpees por no medir la potencia y perder el control de la pelota.
Los hacía de forma rápida y agresiva, casi explosiva.
Sin pensar. Verlo entrenar de esa forma tan colérica me generó una extraña angustia, por lo que aparté de nuevo la mirada a mis apuntes.
Pero no conseguía concentrarme, estaba demasiado abrumada.
Así que, aunque no fuera muy profesional por mi parte, le pedí permiso al entrenador para ausentarme.
Una vez en la consulta, conseguí respirar un poco más aliviada, pero no me sentí mejor.
Estaba atrapada en una pesada ambivalencia.
Quería volver a odiarlo, detestarlo, perderlo para siempre de vista, pero por más que me esforzara en conseguirlo, ya no podía hacerlo.
Bastian me había mostrado una parte suya que, aunque quizá fuera ficticia, me había dejado huella.
Había despertado algo en mí que no tenía forma de volverse a dormir.
Me senté en la camilla y apoyé la espalda en la pared.
Saqué el fonendo del bolsillo y algo en mí se resquebrajó al recordar cómo me pidió escuchar mi corazón.
Y cómo me hizo cosquillas en el pelo, sabiendo que eso lo aceleraría.
Y eso no hizo más que abrir la veda para que el resto de recuerdos me aplastaran al caerme encima.
Cuando me dio su chaqueta para taparme cuando me vino la regla; cuando me consoló en silencio aun cuando no nos soportábamos; cuando me masajeaba el pelo y bajaba la guardia cuando era yo quien le acariciaba; cuando se empeñaba en hacerme reír, o cuando me miraba de esa manera que se me había quedado grabada en la retina. Hacía muchos días que ya no lo hacía.
No entendía cómo alguien podía fingir todos esos cuidados y cariños solo para jugar; para divertirse. Ni cómo alguien que me abrazó como lo hizo él cuándo me consoló en el gimnasio, tuviera solo la intención de reírse de mí.
Era imposible hacer todo sin sentir nada.
Pero, quizá, para él no lo era.
Y por más que me costara admitirlo, me dolía la indiferencia con la que ahora me trataba. Me dolía que no entrara a quitarme el fonendo o a picarme. Que no me buscara. Que no cruzáramos sonrisas ni miradas.
Pero si eran una mentira, lo mejor sería que todas esas cosas no volvieran.
Jamás.
Guardé de nuevo el fonendo en mi bolsillo y me deshice con un lento, pesado y triste suspiro. Sabía que no podía sentir nada por él; era un estúpido y siempre lo sería.
Pero no podía dejar de hacerlo.