CAPÍTULO 68
Lía
Alguien me tiró una patata frita a la cabeza. Me giré mientras me sacudía la coleta y fulminé con la mirada a Asier, quien me sonreía con falsa inocencia agitando los dedos de la mano. Se le borró la diversión de un plumazo cuando Abril, a su lado, le dio un pequeño manotazo en el hombro.
Me volví negando con la cabeza. El partido estaba a punto de empezar.
—Cumpleaños feeeliz, cumpleaños feeeliz… —canturreó tras mi espalda.
Fingí no escucharle, pero entorné los ojos con una sonrisa. Normalmente, con tanta gente, no solía localizarlos en los partidos, pero ese día se habían sentado justo detrás del banquillo. Y me sentía muy bien sabiendo que lo hacían porque querían estar cerca de mí en una tarde como esa.
24 de abril. Mi cumpleaños.
Mi móvil hacía rato que había dejado de vibrar.
Ya había recibido las felicitaciones de toda mi familia, de mis amigas del instituto, de algún compañero de clase que se había acordado al verme esa mañana en la universidad e incluso de los jugadores de los Silver Jaguars .
Menos la de ese chico con el tres a la espalda que se recolocaba la cinta del pelo a la espera de que el árbitro pitara el inicio del partido; la del capitán.
Y me daba rabia que me molestara tanto no tenerla.
Pero más todavía tener la triste esperanza de recibirla.
El partido comenzó y yo hundí mi cabeza en mis apuntes.
Conseguí por un buen rato que el barullo del pabellón no me distrajera.
De vez en cuando miraba a la pantalla LED que mostraba el marcador; los Silver Jaguars no estaban teniendo muchos problemas para hacerse con el partido.
Solo quedaban tres antes de llegar a la Final Four.
Levanté la cabeza cuando me pareció escuchar un quejido.
Me acerqué a la línea lateral de la cancha al ver que Davis se llevaba la mano a los isquiotibiales.
Parecía ser solo un susto, porque me levantó el pulgar para indicarme que todo estaba bien.
Iba a volver de nuevo al banquillo cuando, de pronto, un golpe seco me dejó sin aire en los pulmones.
Me encogí, presa de un intenso dolor, y alguien me sujetó por la espalda antes de que me cayera.
—¡Lía!, ¿estás bien? —esa voz tan preocupada era la de Oliver.
Fue entonces cuando me di cuenta de que me habían pegado un balonazo en el estómago.
—Sí —dije con un poco de dificultad tras unos segundos en los que no pude respirar.
—¿Necesitas salir?, ¿le digo a uno de los chicos que te acompañe?
Negué con la cabeza mientras intentaba erguirme de nuevo.
—Estoy bien, ha sido solo la impresión —aseguré, llevándome las manos a la boca del estómago.
Me miró con poco convencimiento, pero lo dejó estar. Con el sordo dolor todavía latiéndome entre las costillas, una mezcla caótica de voces y gritos me alertó. Volví mi mirada a la cancha y descubrí el revuelo que se acababa de generar.
De pronto, me olvidé del dolor.
Bastian, que había invadido la mitad contraria, se estaba encarando con uno de los jugadores del otro equipo, casi tan alto como él.
Con tanto vocerío, no logré escuchar bien lo que se decían de forma tan poco amistosa mientras el árbitro y Raúl intentaban separarlos.
Aun así, me pareció oír que el otro jugador se excusaba porque se le había ido el saque.
Me acerqué corriendo, temiéndome lo peor.
—¿No te das cuenta de que casi la revientas, pedazo de gilipollas? —le espetó Bastian en la cara.
Me dio un fuerte vuelco en el corazón.
¿Me estaba defendiendo?
No podía ser.
No tenía sentido.
Lo agarré del brazo para apartarlo, pero fue demasiado tarde.
Todo pasó muy rápido. El otro jugador le giró la cara de un puñetazo y a mí se me escapó un grito ahogado.
Bastian, primero aturdido y luego enfurecido, se llevó la mano a la boca y algo se me encogió por dentro de forma dolorosa al ver la sangre que se derramaba entre sus dedos.
El árbitro levantó una tarjeta roja y otra amarilla en cada mano; primero hacia el jugador del equipo contrario, y después hacia Bastian. Los dos estaban expulsados para lo que quedaba de partido.
Bastian se zafó de mala manera de todos los que lo agarraban y se dirigió hacia la salida del pabellón con fuertes pisadas. Lancé un vistazo fugaz a las gradas, desde donde nuestros amigos lo miraban preocupados, y salí corriendo tras él casi tan rápido como la inquietud que se movía por mis venas.
Solo había un sitio al que podía ir en ese estado.
Entré tras él a la consulta de enfermería.
No abrió la boca en todo el camino. Yo tampoco.
Estaba demasiado enfadada por esa actitud tan impulsiva.
Se sentó en la camilla y esperó a que yo me acercara.
Todavía respiraba acelerado. La sangre ya le corría con un reguero por el cuello y el brazo, y le había empapado parte de la camiseta.
—Déjame ver —traté de sonar calmada mientras me ponía unos guantes.
Con la mirada perdida en algún rincón de la consulta, retiró la mano y cubrí rápidamente su labio inferior con una compresa.
Se lo había partido. Cerró los ojos un momento, conteniendo una pequeña mueca de dolor.
Apreté durante unos minutos para que dejara de sangrar, mirándolo fijamente e intentando entenderlo.
—Deja de mirarme así —protestó con dificultad.
Mi mandíbula se tensó, pero no contesté. Me limité retirarle la compresa ya empapada para inspeccionar la herida; por lo menos ya no sangraba.
—Esto te puede doler —le avisé mientras irrigaba con suero su labio.
Apretó los dientes y contuvo la respiración. No quería mostrarme ni una sola muestra de dolor. Y eso me recordó cuando, antes de Navidad, lo vi tan apático y devastado, sin pedir ayuda y sin dejar que nadie lo ayudara, y otra mecha de rabia se me prendió.
—Tragarte el dolor tú solo no te hace más fuerte, Bastian. Así solo consigues hacerte más daño a ti mismo. Y a los que están contigo. —Se me hizo un nudo en la garganta al pronunciar esas últimas palabras.
Me miró de reojo cuando me escuchó. Soltó despacio el aire y lo acompañó de un pequeño jadeo, pero no dijo nada.
Revisé con cuidado el corte, que no parecía profundo. Me forcé a no pensar que lo que tenía entre mis manos era lo que tanto había deseado besar hacía unos días.
—Tendrías que quitarte el piercing para jugar —traté de desviar mi atención—. Si te llega a dar en la nariz, te la podría haber rajado.
—Sabes que no me lo voy a quitar —contestó con una arrastrada voz cansada.
Negué con la cabeza. No podía ser que todo le diera tan igual. No podía ir por el mundo como si nada le importara.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunté mientras me giraba un momento para buscar unos puntos de aproximación en el armario.
Bastian se quitó de mala gana la cinta del pelo y endureció el gesto.
—¿Que por qué lo has hecho? —repetí, algo más brusca—. Sabías perfectamente que te podrían expulsar y sancionar. Sabes que te podrían incluso echar del equipo por comportamiento antidisciplinario —le recordé casi con urgencia mientras unía los bordes de esa pequeña herida.
—¿Tanto te importa que me echen? —Emitió un pequeño siseo doloroso después de hablar, cerrando los ojos con fuerza.
Solté una triste risa amarga porque tan siquiera se lo planteara.
—¿Lo has hecho por mí? —la pregunta salió de mis labios antes de poder pensarla.
Por fin me miró a los ojos y vi un brillo inseguro en los suyos. Con los míos le pedí que hablara. Necesitaba saber por qué se había arriesgado a perder todo solo por defenderme de un inintencionado balonazo; por qué le había preocupado tanto que ese chico me hubiera podido hacer daño.
Por qué se la había jugado, si yo no era nada para él.
O eso era lo que me estaba haciendo creer con la indiferencia con la que llevaba días tratándome.
Pero lo único que conseguí fue que soltara un suspiro derrotado y apoyara la cabeza contra la pared.
—Ya me parecía a mí —murmuré.
Tragó saliva con la vista clavada en la pared a mi espalda.
Y eso solo avivó la confundida rabia que latía dentro de mí.
Prefería que volviera a ser un estúpido arrogante; que me increpara, que tratara de provocarme, que pusiera música, que volviera a atacarme con su afilada mirada, que me llamara niñata.
Prefería todo eso a que me ignorara.
Pero era lo único que estaba dispuesto a hacer.
Me obligué a tensar los labios para contener ese nudo de mi garganta, y dejé una bolsa de hielo instantáneo con un golpe seco a su lado en la camilla.
—Póntelo —ordené.
No sé si me haría caso porque no me quedé a verlo. Me di media vuelta, tiré los guantes a la basura y salí de mi consulta con el nudo amenazándome con desbordarme.
Esa tarde, mis amigos me esperaron a la salida del partido para ir juntos a nuestro piso.
Bueno, Nico tuvo que adelantarse porque, por lo visto, le habían sentado mal las patatas fritas de Asier.
Durante el camino nadie habló del incidente, y yo lo agradecí.
Cuando llegamos y Abril abrió la puerta de nuestra casa, nos recibió la penumbra.
Por eso me llevé las manos a la boca con asombro cuando apareció Nico sosteniendo una tarta iluminada por dos velas con forma de dos y uno.
—Pide un deseo —Nico me miró con su bonita sonrisa y con la luz de las velas resplandeciéndola desde abajo.
Con una emoción contenida, soplé hasta apagar las llamas. Nico me rodeó por el hombro y me dio un beso en la sien.
—Felices veintiuno, canija.
Sonreí y me abracé con fuerza a él. Los demás se unieron, apretujándonos.
—¡Que vais a tirar la tarta, cabrones! —se quejó el rubio.
Todos nos reímos mientras nos separábamos, aunque mis carcajadas me dejaron una pequeña tristeza en los labios.
Porque no estábamos todos.
—Tío, voy a encender —dijo Asier—, que me da mal rollo estar a oscuras.
—¿Ahora te da miedo la oscuridad? —vaciló Abril.
—No, pero soy de los que les gusta hacerlo todo con la luz encendida.
No podía verles la cara, pero me podía imaginar el jugueteo con el que se miraban.
Cuando por fin prendieron la luz, los ojos se me llenaron de lágrimas. Varios globos escribían en la pared « Felicidades Lía ».
—Venga, rubia. Que no es para tanto —se burló Asier mientras me revolvía el pelo.
Me sequé las lágrimas con una pequeña carcajada.
Era la primera vez que me alguien que no fuera mi familia me hacía una sorpresa por mi cumpleaños.
Quizá estaba demasiado sensible y un poco sobrepasada por todas las emociones que llevaban días oprimiéndome el pecho y que no sabía cómo gestionar; así que esa simple muestra de atención y cariño de mis amigos fue suficiente para abrirles la puerta y que salieran.
Sonreí al ver los regalos que me esperaban en la mesa, y volví a reír cuando descubrí un conjunto deportivo de color burdeos. Contaba con unas mallas tobilleras y un top deportivo con tirantes cruzados a la espalda.
—Nos lo agradecerás cuando te veas vestida con él —me aseguró Abril con una divertida mirada.
Me mordí el labio y negué. Esta chica siempre tenía lo mismo en la cabeza.
—¡Oh! —se me escapó un gritito de entusiasmo—, ¿¿y esto??
Cogí con cuidado un ramo formado por libros y tulipanes rosas perfectamente colocados, mirándolo emocionada.
—Para que los sumes a la lista de tus eternos pendientes —me dijo Claudia con una risita—. Los tres primeros los han enviado tus padres. Según tu madre, les habías hablado con demasiada insistencia de una trilogía sobre un príncipe de corazones.
Mi sonrisa se ensanchó hasta rasgarme los ojos.
Toqué los pétalos de uno de los tulipanes y después pasé el dedo por las portadas de aquellos libros.
Me encantaba el tacto de los acabados. Fruncí el ceño cuando noté entre ellos un plástico.
Tiré de la esquina y descubrí que contenía un marcapáginas magnético.
Tenía la forma de una chica rubia, con grandes ojos marrones y mejillas sonrojadas.
Vestía un uniforme rosa y le acompañaba un fonendo de color coral.
—¡Pero si soy yo! —exclamé al darme cuenta de que era personalizado.
—Debieron mandarlo también tus padres —dijo Abril mientras me lo quitaba para mirarlo—. Estaba junto a los libros cuando formamos el ramo.
—Muchas gracias, chicos. —Miré a los cuatro con ternura—. No sabéis lo mucho que significa esto para mí.
Tras ese emotivo momento con mis amigos, Nico sacó las pizzas que había ido a recoger mientras nosotros volvíamos del partido, y cenamos juntos alrededor de la pequeña mesita de café, como tantas noches habíamos hecho.
Y mientras reíamos y hablábamos, tuve varias veces la tentación de mirar mi móvil.
Por si acaso me llegaba la felicitación que una pequeña y enterrada parte de mí esperaba.
Hasta que al final caí y encendí la pantalla.
No.
No había nada.
—La semana que viene una compañera de clase da una pequeña fiesta en su casa. Nos ha invitado a Claudia y a mí. Nos ha dicho que os paséis también —nos contó Abril mientras se llevaba un trozo de pizza a la boca—. Así que… ¡ya tenemos plan para el finde que viene! —canturreó, entusiasmada.
No le hice mucho caso ya que todavía seguía mirando la pantalla.
—Para fiesta la que van a montar mañana los de cuarto —intervino Asier—. Con la excusa de que ya terminan la carrera, quieren liar una gorda.
Me tensé al escucharlo. Dejé el móvil a un lado y levanté la mirada de inmediato.
—¿A qué te refieres?
—Todos sabemos cómo son esas fiestas, Lía. —Se encogió de hombros—. Hacen lo que no han podido hacer durante todo el año.
Arqueé las cejas con un desagradable pálpito molestándome en el pecho. Sabía a lo que se refería, pero esperaba estar equivocada; sobre todo, porque las posibilidades de que Bastian acudiera eran muy altas. Me llevé la mano ahí, como si lo pudiera atenuar, y Claudia me miró con preocupación.
—¿Te duele el golpe?
—¿Eh? —Bajé la vista hasta mi mano—. Ah, no. No ha sido nada.
—Tío, qué injusta ha sido la expulsión de Bastian. El gilipollas ese lo ha agredido y él ni siquiera lo ha rozado —comentó de pronto Asier.
—No puede invadir el otro lado de la red de esa forma. Se lanzó como un zumbado —replicó Abril.
Miré hacia la puerta, con esa angustiosa sensación agriándome el momento.
—Está en casa de Raúl —me susurró Nico al oído—. Hoy duerme ahí.
Me volví hacia él y me encontré con unos ojos azules cargados de comprensión, aunque no sabía si hacia mí… o hacia él. Asentí con una triste sonrisa. Se partía la cara por mí, pero luego era incapaz de estar presente en mi cumpleaños.
No fue hasta que ya estaba metida en la cama, después de comernos la tarta, cuando mi móvil vibró. El corazón me dio un pequeño vuelco, pero me negué a ilusionarme. No tenía que esperar nada de él. Aun así, estiré el brazo para alcanzarlo.