Aunque me dé miedo Capítulo 66
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Capítulo 66

Lía

Me sequé la lágrima con brusquedad. Ni siquiera dejé que llegara a tocar mi mejilla.

Hacía rato que había escuchado la puerta.

Sabía que era él; Nico y Asier estaban en el bar de la calle de al lado, me habían avisado.

Sus pasos se frenaron en mi puerta y, por un momento, creí que iba a entrar en mi habitación, pero luego pasaron de largo.

No sabía qué me hacía pensar que vendría a darme una explicación por lo que acababa de suceder en ese sofá antes de que se largara. A saber con quién, y a saber a qué.

No, claro que no lo iba a hacer.

Solo iba a fingir que no había ocurrido nada.

Pero yo no lo iba a permitir.

No iba a cometer errores del pasado.

No iba a dejar que jugara conmigo como ya lo hizo un día Caleb.

Me levanté de la silla de mi escritorio y me encaminé a su habitación.

Decidida. Movida por el ardor que corría por mis venas.

Abrí la puerta sin molestarme en llamar.

Bastian estaba tumbado en su cama, con los cascos puestos, y con el antebrazo tatuado sobre su cabeza.

Se sobresaltó al verme y me miró con una absurda confusión.

—¿De qué va todo esto? —inquirí, agarrando con fuerza el picaporte.

Se incorporó bajándose los cascos al cuello. Apuesto que ni siquiera tenía la música encendida.

—¿El qué?

Chisté con amargura y me crucé de brazos para tener la seguridad de mi propio abrazo.

—Los mensajes con dobles intenciones. Buscarme de continuo en la consulta. Lo que pasó en la discoteca. Lo que acaba de pasar en el sofá —espeté casi de carrerilla—. ¿De qué va todo esto? —repetí con un temblor delator en mis labios.

Tuve que controlar mi respiración porque se empezaba a acelerar. Bastian contrajo los labios, como si no quisiera hablar. Y eso prendió en mí una incertidumbre dolorosa.

—¿Qué se supone que pretendes?

—No pretendo nada, Lía —respondió con una voz seria mientras se pasaba la mano por el pelo y se despeinaba.

—¿Tenerme detrás de ti?, ¿reírte de mí?, ¿divertirte? —la voz me salió quebrada y su rostro se endureció—. Lo que me has hecho en el sofá no ha tenido nada de divertido.

Me miró callado durante unos segundos. Después, se levantó frente a mí y se cruzó de brazos, imitando mi postura.

—No me lo reproches como si no te hubiera gustado, porque tú ni siquiera te has apartado —la dureza con la que lo soltó me revolvió.

Parpadeé, perpleja.

—Me haces creer que me vas a besar, me muerdes el cuello y sales escopetado diciendo que has quedado, ¿qué significa eso?

Frunció el ceño y desvió la mirada. Y una desagradable angustia comenzó a crecer en mi pecho.

—Estás jugando conmigo. Es eso, ¿verdad? —Tragué saliva para empujar el nudo que me oprimía la garganta—. Es lo que llevas todos estos meses haciendo, ¿no es así? —le encaré, inclinando mi cabeza por la diferencia de altura.

No habló. Solo me miró. Y su ausencia de respuesta fue la confirmación que tanto temía.

—Conmigo no se juega —le advertí, pronunciando cada palabra con detenimiento.

Quería que se lo grabara a fuego.

Y yo también.

Bastian no iba a volver a jugar conmigo.

No iba a permitir que nadie volviera a hacerlo.

—No sé muy bien qué es lo que esperabas de mí —hizo una pausa y su labio tembló—, pero creo que has sacado las cosas de quicio —contestó. Se volvió frío, afilado.

Y algo en mí se rompió. Tocó de lleno en esa herida que aún no había conseguido cerrar.

Busqué en su mirada algo que me dijera que eso no era verdad, que lo que acababa de decir no era más que una falsa máscara autoimpuesta.

Esperando encontrar un atisbo de que lo que había sentido gracias a él en este tiempo hubiera sido real.

No una mentira. Ni una ilusión. Que había sido recíproco.

Que si me buscaba tanto era porque a él también le gustaba estar conmigo.

Pero lo único que encontré fue un doloroso brillo de rabia.

Solo había sido un juego para él.

Y yo había caído como una tonta.

—Pensé que podrías ser diferente. Que no te había dado la oportunidad de conocerte de verdad. Pero sigues siendo el mismo estúpido de siempre —derramé toda mi decepción con esas palabras.

Su gesto se arrugó tan solo un instante, y entonces fue él quien tragó saliva.

—Y tú la misma niñata.

Sentí su réplica como un golpe en el estómago. Permanecimos cara a cara, fijos en nuestras miradas, carentes de la complicidad de hacía un rato. No sabía por qué no me movía; quizá albergaba una pequeña esperanza de que reculara. De que se disculpara.

Pero era una tontería.

No lo haría.

Aunque tampoco sabía por qué no lo hacía él; por qué no me pedía que me largara.

Antes de que las lágrimas que llevaba un rato aguantando comenzaran a desbordarse, me di media vuelta y me fui pegando un portazo.

En ese momento supe que nuestra tregua no había sido más que un largo espejismo.

Todo lo había sido.