Aunque me dé miedo Capítulo 65
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Capítulo 65

Bastian

—Sabes que la estás cagando, ¿verdad?

Me mordí el labio de forma repetida mientras mi pierna rebotaba contra el asfalto. El hormigón de la acera en la que estábamos sentados estaría frío, al igual que el aire a estas horas de la tarde, pero no era capaz de notarlo.

—No quería…Yo no… —Me pasé las manos por el pelo, frustrado. No conseguía ni terminar las frases.

Nico me puso la mano en la pierna. No sabía si para calmarme o para frenarme.

—¿Cómo se ha quedado ella?

Tragué saliva y me supo demasiado amarga.

—Creo que mal.

—Te has largado sin más. Como la otra vez.

No era una pregunta. Era una afirmación. Un reproche. Apoyé los codos en mis rodillas y hundí la cara en mis manos.

—Le he dicho que había quedado —admití.

Escuché a Nico soltar un hondo suspiro cargado de decepción. No quería hacerlo así, pero no sabía cómo. Intentaba resistirme, no acercarme; quería no buscarla, pero era débil. Demasiado. Y, a su lado, el control se escapaba de mis manos.

Tal y como había ocurrido en ese sofá.

—No puedes pasarte la vida así —dijo al cabo de un rato—. Si no es ella, será otra. El problema no está en ella; el problema está aquí. —Me dio unos toquecitos con el dedo en la cabeza.

Él no lo entendía. No podía hacerlo. Nunca había crecido bajo una sombra agónica.

—Asier me está esperando en el bar —cambió de tema—. Acabábamos de entrar cuando me has llamado, íbamos a tomar algo. ¿Te apuntas?

Levanté la cabeza y negué. No tenía cuerpo para cervezas. No quería que el alcohol me evadiera de mi realidad, no servía de nada. En verdad, nada lo hacía.

—Voy a quedarme aquí un rato más.

—Podrías haberte cogido una chaqueta al menos, te vas a congelar. —Se apoyó sobre sus rodillas para levantarse—. ¿Seguro que no quieres venir?

Volví a negar.

—Estoy bien.

Se dio media vuelta para marcharse, pero antes, se giró sobre su hombro:

—Tío, no hagas tonterías. Ni nada de lo que luego te puedas arrepentir.

Apreté la mandíbula ante su desconfiada advertencia.

Me quedé un rato más, sentado en esa acera trasera de nuestro edificio, dejando que la calma del silencio pusiera mi mente en orden.

Me levanté cuando la tarde ya había oscurecido.

Tenía que hablar con ella.

Pero no sabía cómo hacerlo.