Aunque me dé miedo Capítulo 64
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Capítulo 64

Lía

Decidí que lo mejor era centrarme en lo único que debería ocupar mi cabeza: la universidad.

Y así me pasé la semana, sumergida en mis apuntes mientras los jugadores entrenaban y, también, durante los pocos ratos que sacaba en casa.

Tal y como me imaginé, estudiar las asignaturas de Enfermería Pediátrica y Obstétrico-Ginecológica me supuso mucho menos esfuerzo que el resto; eran las que más me gustaban.

Por el contrario, solo con tocar los apuntes de Gestión me entraban náuseas; la semana que viene tendría una tutoría con la profesora Taylor para hablar de mi trabajo, y miedo me daba.

Por eso mismo, tras el partido del sábado por la mañana, me encerré en mi habitación y volví a mi rutina de estudiar.

Claudia y Abril se habían ido a un congreso de medicina con la universidad a Iowa, y no volverían hasta el domingo por la tarde, por lo que tendría la habitación para mí sola durante todo el fin de semana.

Había estado tan abstraída esos días, que ni siquiera me había dado cuenta de que Claudia y Nico estaban enfadados.

Me enteré por un comentario que soltó Abril mientras preparaban la maleta.

Claudia la fulminó con la mirada, pero no me quiso contar nada.

Aparté un momento los apuntes a un lado y moví el cuello para liberar un poco de tensión.

Últimamente la espalda me dolía demasiado por culpa de mis malas posturas al estudiar, y pensé que igual no me vendría mal estirar un poco.

Abril todavía no había conseguido que el yoga me relajara, pero sí había descubierto lo mucho que me aliviaban los estiramientos.

Me permití un parón en el estudio y me puse el conjunto rosa de yoga; no tenía más, así que tendría que comprarme otro si seguíamos adelante con las clases.

Les mandé una foto por el grupo que teníamos juntas y Abril no tardó ni un minuto en contestar.

Abril:

N o sabes lo orgullosa que estoy de ti, pequeña yogini

Solté una pequeña carcajada sin saber lo que me había llamado.

Dejé el móvil en la habitación y salí al salón.

Solíamos hacer las clases en el pequeño espacio que quedaba entre los sofás y la terraza, pero ese día, me salí fuera.

Asier y Nico, que seguían cumpliendo con su propósito de ir a correr, se habían ido hacía ya rato, y solo quedaba en casa Bastian.

Prefería que, si salía de su habitación, no me encontrara haciendo extrañas poses y vestida con esa ropa que seguía sin convencerme.

Los últimos días entre nosotros habían sido…

raros. Al día siguiente de consolarme en el gimnasio, no me buscó, y pensé que quizá había comprendido que el «problema» podría ser él.

Aunque una parte de mí quería que lo hiciera, sabía que era mejor así.

Pero le duró poco, porque el resto de los días siguió viniendo a molestarme a la consulta.

Me resistí a seguirle el juego y me obligué a mantener esa distancia que él quería acortar, olvidándose de lo que había pasado en la discoteca.

Y cuanto más intentaba alejarme, más me buscaba.

Parecía que no entendía que yo no quisiera seguir manteniendo esa relación tan cercana.

Bueno, no es que no quisiera, es que no podía.

Estaba confundida; no sabía qué podría sentir él por mí y temía acabar herida.

Pero claro, él ni se lo imaginaría.

Me recorrió un pequeño escalofrío al salir a la terraza.

En el mes de abril, en Lincoln las temperaturas eran más suaves, pero no tanto como para estar en mallas y top.

Pese a ello, el sol daba de lleno a esa hora de la tarde, así que no tardaría en entrar en calor bajo sus rayos.

Tendí la esterilla sobre las baldosas de la terraza, me coloqué en cuadrupedia y comencé a arquear y redondear mi espalda de forma suave y repetida.

Eso de coordinar el movimiento con la respiración no lo llevaba bien, pero rápidamente empecé a sentir la espalda algo menos pesada.

Hice unos cuantos movimientos más que había aprendido en las clases, seguramente con dudosa ejecución, y terminé con mi postura favorita.

Me senté sobre mis talones y me incliné hacia delante, estirando al máximo mis brazos.

Al instante, sentí una descarga de alivio recorriendo mi columna.

Cerré los ojos, dejando que cada vez mis brazos cedieran más.

Podría pasarme horas así.

—Al final le has cogido gustillo a esto del yoga, ¿eh?

Pegué un pequeño brinco y me incorporé de inmediato.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —inquirí sobresaltada. Y un pelín azorada también.

Bastian me miró con diversión desde la puerta de la terraza. Llevaba una camiseta blanca de manga corta deportiva y unos pantalones grises cortos, también deportivos. Intenté no recrearme demasiado en ellos.

—El suficiente para saber que te duele la espalda. —Alzó una ceja—. ¿Quieres que te ayude?

—No —solté casi apurada, levantándome de la esterilla. En cuanto me puse en pie, los ojos de Bastian me repasaron con rapidez de arriba abajo y me arrepentí de no haberme puesto una camiseta. Notaba ya las mejillas ardiendo—. Si ya he terminado —me limité a decir mientras recogía.

—¿Tienes prisa?

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—No sé. Te has levantado como si tuvieras que salir pitando.

—Ah, no… Bueno, tengo que seguir estudiando. —Y no era mentira, pero ese no era el motivo por el que quería salir escopetada.

—¿Te apetece jugar a la play ? —preguntó de pronto.

—¿¿Yo??

—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Asier y Nico todavía no han llegado y me aburro un huevo.

—Podrías entretenerte en estudiar. O en terminar el proyecto, por ejemplo —respondí con sarcasmo cuando pasé por su lado para entrar en el salón.

—Bah —masculló despreocupado, siguiéndome—. Tengo tiempo todavía.

Negué con la cabeza mientras me encaminaba a mi habitación. Pero su voz me detuvo.

—¿Qué me dices?

Me volví despacio sobre mi hombro y la cara de pena con la que esperaba mi respuesta me hizo soltar una carcajada.

—¿¿Eso es que sí?? —Abrió mucho los ojos, entusiasmado.

Solté la esterilla al lado de la puerta de mi habitación y me crucé de brazos. Tampoco tenía por qué ser una mala idea…, ¿no?

—Pero solo un rato, tengo que seguir estudiando.

Asintió con una sonrisa y saltó por encima del respaldo del sofá para sentarse en él y conectar la play . Entorné los ojos y me mordí el labio. Tanto tiempo pareciéndome un ogro estúpido y malhumorado, y ahora lo veía como un niño.

Me senté a su lado y encogí mis piernas.

—¿Sabes jugar al FIFA? —Me tendió un mando.

Negué, mordiéndome el carrillo.

—Es muy fácil, mira.

Se acercó un poco más para enseñarme cómo se utilizaban los controles del mando.

Al principio me distraje con su olor, pero luego conseguí centrarme en su explicación sobre cómo chutar, regatear y parar.

Primero jugamos unas cuantas partidas cortas con el mismo equipo para que practicara.

Contrariamente a como habían sido esos días, entre las bromas que hacía para picarme y las risas que conseguía sacarme, me sentí más relajada a su lado.

No debería ser así, pero no podía evitarlo.

Bastian tenía algo que, por más que tratara de evadirlo, me hacía querer estar más cerca de él.

Bastian chasqueaba la lengua y me daba una palmadita como consuelo en la pierna cada vez que perdía la pelota, y yo tenía que morderme más fuerte el carrillo para no reírme y delatarme.

Lo tenía exactamente donde quería.

—Se acabaron las tonterías —anunció, frotándose las manos—. Ahora empieza el juego de verdad. —Esbozó una media sonrisa y me miró con desafío—. ¿Equipo?

—Mmm… Atlético de Madrid —contesté con falsa inocencia.

Soltó un bufido divertido mientras elegía el Real Madrid para él.

—Te voy a reventar —respondió con una sonrisa cruzando toda su cara.

Lía, no pienses mal .

—Me compadezco de tus pacientes si tienes la misma puntería pinchando que chutando a portería —continuó picándome mientras se cargaba la partida.

Apreté el mando entre mis manos, casi tanto como mis labios, para no insultarlo. Iba a disfrutar muchísimo humillándolo.

Dejé que me metiera un primer gol para que se confiara y soporté sus arrogantes comentarios. En cuanto le encajé el primer tanto, se empezó a poner nervioso.

—Eso ha sido potra, nada más.

Comenzó a darles indicaciones a los muñequitos que él mismo movía, igual que hacía con el equipo en los partidos, y yo me tuve que contener para no reírme.

Tenía la coleta medio deshecha y me estaba molestando, así que con un rápido movimiento me la quité.

No sé qué le pasaría a Bastian, pero se quedó como pasmado.

Aprovechándome de ello, le metí el segundo gol.

Parpadeó cuando volvió en sí.

—Me cago en la puta —maldijo, tapándose la cara con las manos.

—Se te está escapando el control del partido, ¿eh? —me burlé, chocando mi hombro con el suyo.

Endureció el rostro apenas un segundo, pero rápidamente volvió a la partida. Y aunque lo intentó, no consiguió franquear más mi portería. Hasta que sonó el pitido final y me miró con la cara desencajada, y ya sí que no pude evitar explotar en carcajadas.

—¿Qué decías de mi puntería?

—¿Sabías jugar? —La incredulidad sustituyó a la diversión en su voz.

—Es lo que tiene ser la pequeña y única chica de tres hermanos —sonreí—, que he crecido con un mando en la mano.

Bastian fijó su vista en el mando que agitaba en mi mano y luego en mí otra vez.

—O sea, que me has engañado —afirmó detenidamente.

—Un poquito. —Hice un gesto pequeño con los dedos.

Se estiró para dejar su mando en la mesita de café y se volvió despacio hacia a mí. Al ver sus intenciones, retrocedí en el sofá.

—Bastian, ni se te ocurra —le advertí. Ya no tenía más sofá para huir.

—¿No tenías tantas ganas de reírte? —preguntó mientras seguía acercándose.

Curvó media boca de una forma maliciosa y sin darme opción a escapar, se abalanzó sobre mí, matándome a cosquillas.

Chillé, reí, me revolví y pataleé nerviosa.

Hasta le di sin querer un rodillazo donde no debía, pero ni aun así tuvo piedad.

Me clavaba los dedos en los costados con una desquiciante rapidez mientras me retorcía en todas las direcciones, tratando de librarme sin éxito de su tortura.

Pese a mi sufrimiento, nuestras risas se juntaron llenando nuestra casa, y solo la falta de aire nos hizo parar.

Con los nervios del momento, no me había dado cuenta de que estaba casi tumbado encima de mí, encajado entre mis caderas.

El maldito hormigueo me recorrió otra vez entera.

Apoyó las manos a cada uno de mis lados y nos miramos con las risas muriendo en nuestros labios.

Permanecimos unos segundos en un silencio en el que solo se escucharon nuestras respiraciones todavía entrecortadas.

Sus ojos volvieron a mirarme como ya lo habían hecho otras veces; con una especie de brillo embelesado que no era capaz de quitar de mí.

Con un brillo que a la que embelesaba era a mí.

Sus últimos jadeos me acariciaron cálidos la piel, llevándome al recuerdo de aquella noche, y una muy mala idea se me cruzó por la mente.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —rompí el silencio.

Noté como sus manos se tensaron a cada uno de mis lados, pero asintió con cabeceo. Y a mí el corazón se me aceleró, traicionero. No tenía que hacerlo. No debía hacerlo. Pero daba igual de lo que me intentara convencer.

—El otro día, en la discoteca… —hice una pausa y tragué saliva—, ¿qué querías decirme?

Bastian se quedó inmóvil un instante. Después, abrió un poco la boca, pero no dijo nada.

Bajó su mirada hasta mis labios. Frunció sutilmente el ceño, y después, como si esa fuera su respuesta, se inclinó despacio sobre mí.

Mis latidos se desaforaron por el peso de su cuerpo sobre el mío; por la cercanía de su boca a la mía.

Sentí el frío metal de su piercing cuando me rozó la mejilla con la nariz y entreabrí mis labios cuando noté su aliento sobre ellos.

Invitándole a que lo hiciera.

Esperando que lo hiciera.

Demostrándole que yo también quería.

Esta vez era verdad.

Esta vez me iba a besar.

Pero nuestros labios apenas se habían podido rozar cuando los desvió a mi cuello y me dio un pequeño e inesperado mordisco.

—¡Bastian! —quise chillarlo, pero su nombre salió de mis labios con un vergonzoso gemido.

Mi cuerpo se arqueó sin permiso buscando el suyo, y el hormigueo se hizo más intenso en mi vientre cuando descubrí que eso le había gustado tanto como a mí.

Como si mi cuerpo le hubiera quemado, se separó de inmediato y se levantó con la mirada confusa. Se giró para darme la espalda, pero me percaté de cómo se recolocaba con rapidez el pantalón.

—¿Q-qué pasa? —pregunté, todavía aturdida, apoyándome sobre mis codos para incorporarme.

—Nada —respondió con la voz áspera y la mandíbula tensa. Respiraba casi más agitado que yo—. Que he quedado.

Sentí como si me tirasen un cubo de agua helada. Lo miré pasmada mientras se calzaba.

—¿Qué? —fue lo único que fui capaz de decir.

Bastian se aclaró la garganta y salió de casa sin tan siquiera mirarme. En cuanto la puerta de la calle se cerró, todo se me vino abajo.

No entendía qué pasaba; qué le pasaba.

No entendía por qué hacía eso.

No entendía por qué se quedaba a un roce de besarme para luego dejarme con el anhelo de sus labios.