Aunque me dé miedo Capítulo 63
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Capítulo 63

Lía

Deseaba que se acabara de una vez el día.

Y la semana. Y eso que no había hecho más que empezar.

El domingo por la noche tuve guardia en el hospital, y apenas pude dormir al llegar a casa ya que tenía que estudiar y adelantar tareas de la universidad.

Encima, la guardia había sido horrorosa; no paré de trabajar en toda la noche y volví a tener un encontronazo con Emma cuando fallé al cogerle una vía a una pobre abuelita que tenía la piel como papel de fumar.

Me reprochó con un desagradable desprecio y agresividad mi error, y yo no pude hacer más que tragar y aguantar.

Se empeñaba en hacerme creer que no valía para la enfermería, y en mis mayores momentos de flaqueza, lo conseguía.

Pasarme toda la tarde cumpliendo con el resto de mis prácticas con el equipo de los Silver Jaguars tampoco ayudó a que mejorara el día.

Verlo y estar cerca de él solo me recordaba lo patética que era.

Llevaba desde el sábado por la noche, cuando ocurrió lo de la discoteca, con un nudo muy fuerte en el pecho que no sabía cómo aligerar.

Cuando Nico y yo llegamos a casa después de una buena conversación, Claudia ya estaba metida en la cama, parecía que dormida, y Abril llegó pasada la madrugada, así que no pude desahogarme con ellas.

Al día siguiente, lo pensé mejor, y preferí no contarles nada; después de la charla que tuvimos en la cocina, no me iban a entender y, como mucho, conseguiría que se cabrearan por no hacer caso a sus advertencias.

Sacudí la cabeza; estaba harta de pensar en ello. En él.

Miré el reloj de la pared de la consulta.

Por fin mi horario de prácticas se había terminado y podía irme a casa.

Guardé todos mis apuntes en mi carpeta y la metí en mi mochila.

Cuando saqué el fonendo del bolsillo de mi casaca para guardarlo también, sentí una punzada dolorosa, pero me forcé a ignorarla.

Lo que no pude ignorar fue el vuelco que dio mi corazón cuando metí la mano en el otro bolsillo y mi móvil no estaba.

Mierda.

Busqué por toda la consulta, en el baño, y hasta debajo de la camilla, pero no lo encontré.

Corrí hasta el pabellón ya vacío y miré por la zona de los banquillos; nada.

Entonces recordé que Davis se había mareado por hacer el bruto y cargar demasiado peso durante el acondicionamiento físico; quizá se me cayó cuando fui a atenderle.

Fui hasta el gimnasio con la esperanza de encontrarlo ahí.

Desde el vestuario de los jugadores me llegaron algunas risas, todavía quedaban algunos.

Encendí la luz y paseé mi mirada por el lugar; la funda de mi móvil era rosa, no debería ser tan difícil encontrarlo entre tanta máquina negra.

Me agaché para mirar debajo de un banco de pesas, justo donde hacía unas horas había estado con Davis, y cuando alcé la cabeza, el nudo de mi pecho me pegó un incómodo tirón.

—¿Qué haces ahí?

Bastian estaba apoyado sobre un hombro en el marco de la entrada, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones, mirándome con una ligera sonrisa.

Estaba recién duchado y los mechones le caían húmedos por la frente.

Aparté de nuevo mi vista al suelo para no tener que enfrentarme a esa imagen que, desgraciadamente, tanto me gustaba.

—No te encontraba. He ido a tu consulta, pero no estabas —dijo mientras yo continuaba con la ardua misión de localizar mi teléfono agachada en el suelo.

Silencié el hormigueo que se me prendió por dentro y me obligué a no preguntarle por qué me buscaba o qué quería de mí, porque estaba claro que no era lo mismo que quería yo.

—¿Se puede saber qué haces gateando por el suelo? —preguntó entre risas, acercándose a mí.

—He perdido el móvil —respondí con un poco de dificultad mientras salía de debajo de otro de los bancos.

Bastian se paró un segundo y sacó el suyo de su bolsillo.

Después de trastear rápido por la pantalla, se lo llevó al oído.

Tras unos instantes, se escuchó una intensa vibración.

Yo y mi manía de tenerlo en silencio. Oteé con rapidez hasta que lo localicé; se había quedado encajado en el pliegue de uno de los bancos. Me levanté y fui a por él.

—Menos mal —musité, aliviada.

Bastian siguió mirándome con sus inquisitivos ojos. Ahora estaba apoyado en el poste del rack de pesas que quedaba a mi lado.

—¿Va todo bien?

—Sí. —Forcé una sonrisa—. ¿Por qué lo dices?

—No sé. —Arrugó un poco la nariz y se cruzó de brazos—. Llevas toda la tarde un poco apagada y ayer… —Hizo una pausa y apretó los labios, como si no estuviera seguro de continuar hablando—. Ayer casi ni saliste de la habitación.

Otra vez el tirón en el nudo. No había salido porque no me atrevía a mirarlo. Me moría de la vergüenza. Estuvimos a punto de besarnos y se arrepintió en el último momento. Llegué a creer que de verdad le gustaba, y resultó que solo era una tonta ilusa, ¿cómo iba a estar?

Lo peor de todo era que él volvía a actuar como si no hubiera pasado nada.

—Estuve estudiando. —Me encogí de hombros para quitarle importancia.

—Sí, eso lo sé… pero hay algo más, ¿verdad? —Ladeó la cabeza, buscando mi mirada.

Y para que no encontrara el verdadero motivo de mi estado de ánimo, me giré sin contestarle y fingí mirar mi móvil.

—Lía —su voz sonó firme pero cálida a mi espalda. Me envolvió como una corriente, estremeciéndome. Y no quería que lo hiciera. No me convenía. Para algo me hice esa maldita lista. Ojalá me hubiera acordado de ella en la discoteca.

Sacudí la cabeza, y quizá así me delaté, porque dejó escapar un profuso suspiro y tiró con suavidad del dobladillo de mi casaca.

—Ven aquí —susurró, atrayéndome hacia él.

Y no sé por qué, no me resistí. Acabé pegada a su cuerpo, ladeada. El corazón se me encogió cuando respiré su olor, y se aceleró de forma traicionera cuando, con una forma mucho más precavida que en la discoteca, rodeó mi costado con sus brazos.

—¿Ha pasado algo en el hospital? —preguntó con una voz cargada de comprensión.

Fruncí el ceño y negué con la vista puesta en el suelo. En parte algo sí tenía que ver, pero no me atrevía a hablar, porque si lo hacía me iba a desbordar.

—¿Con la uni?, ¿alguna asignatura atravesada? Si me necesitas otra vez como muñeco de prácticas, no te voy a decir que no, ¿eh? —bromeó.

Sabía que lo único que quería era sacarme una sonrisa, pero no lo iba a conseguir. Tragué saliva y parpadeé con fuerza al notar las primeras lágrimas asomar. Entonces, Bastian cogió mi barbilla y me obligó a levantar la cabeza para que lo mirara.

—Lía, ¿qué pasa? —insistió con un tono más serio.

Sus ojos se movieron inquietos entre los míos, buscando una explicación.

Apreté mis labios cuando me temblaron. La preocupación y el pequeño atisbo de culpabilidad que me pareció ver en ellos casi me hicieron hablar.

Casi me hicieron admitirle que lo que me pasaba era él; que me tenía completamente descolocada.

Que me había costado mucho aceptar lo que sentía por él, para que luego me rechazara de esa manera cuando creí que era recíproco, y ahora, como si no hubiera pasado nada, me cobijaba entre sus brazos con la mayor calidez con la que lo había hecho nadie antes.

Pero confesárselo solo me complicaría las cosas, porque estaba claro que yo era la única que le daba importancia a lo que había ocurrido.

Me había ilusionado y me había estampado antes de saltar.

Así que, simplemente, volví a negar con la cabeza y evadí su mirada.

Dejó de insistir. Suspiró otra vez y, con cuidado, empujó mi cabeza contra su pecho.

Me abrazó más fuerte y yo dejé que lo hiciera, porque pese a toda esa dolorosa revolución que él mismo me causaba, me sentía muy bien entre sus brazos.

Aunque no debiera, su calor era adictivo para mí.

Inclinó un poco la cabeza, y por un momento…

pensé que buscaría mis labios. Deseé que lo hiciera, aun sabiendo que era mala idea.

Pero lo único que hizo fue darme un lento beso en la frente, y la ternura con la que lo hizo me desbordó una lágrima que él no alcanzó a ver, porque yo quería algo más que eso.

Me apreté un poco más contra su pecho, dejándome cuidar mientras escuchaba el sonido de su corazón latiendo bajo mi oído.

Con su mano acariciándome el pelo y consolándome lo que él mismo me había causado aun sin saberlo.

Y en silencio.