Aunque me dé miedo Capítulo 61
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Capítulo 61

Lía

No me gustaba el ambiente de las discotecas.

Me agobiaba. Y la música tan alta, me abrumaba.

Pero si estaba ahí era única y exclusivamente por Abril.

Lo único que nos pidió como regalo fue que la invitáramos a un reservado en el Paradise Night , un bar de copas que de noche se convertía en la discoteca que la mayoría de los universitarios de la LUHS frecuentaban.

Aunque no sabía para qué lo quería, si en cuanto llegamos, nos arrastró a Claudia y a mí a la pista de baile.

Estaba espléndida, radiante y feliz con su banda de cumpleañera.

Claudia y yo la encargamos en secreto, y se había vuelto loca de ilusión.

Atraía todas las miradas con su melena pelirroja suelta ondeando a su espalda.

Vestía un body plateado y unos pantalones ceñidos que, junto a unos altos tacones, estilizaban sus piernas.

Era una de las mujeres más atractivas que conocía.

Claudia tampoco se quedaba atrás con su minifalda vaquera y su crop top negro, a juego con su chaqueta y sus botas.

Y luego estaba yo, con un simple vestido corto de color negro, con escote y mangas de tul, y con unos tacones del mismo color.

Nico y Asier no tardaron mucho en unirse a nosotras.

Al ver que no era la única que no sabía cómo moverse, me sentí menos ridícula y me animé a bailar con algo menos de pudor.

Pero lo hice con una tensión constante. Bastian, que al final cedió a venir, se limitó a mirarnos desde nuestro reservado.

A mirarme a mí . Sus pupilas fijas en mí me quemaban en la piel y me llamaban, pero me resistí a buscarlas.

Todavía me recorría un escalofrío al recordar cómo me miró de arriba abajo cuando salí ya arreglada de la habitación, y no en el mal sentido.

Me forcé a concentrarme en mis amigos. Reí, bailé y disfruté con ellos.

A los pocos minutos, Abril y Asier se apartaron, imaginé que querrían pedir algo para beber.

A Nico lo perdí de vista sin darme cuenta, y Claudia se alejó con la excusa de ir al baño.

Quise acompañarla, pero no me dejó; estaba un poco rara.

Me quedé sola en medio de un tumulto de universitarios medio borrachos, sin saber qué hacer.

Todavía notaba sus ojos felinos clavados en la espalda, y quizá…

me estaría esperando, pero Claudia se asustaría si regresaba y no me encontraba.

O esa era la excusa que yo misma me puse.

Me moví, incómoda, cambiando mi peso de una pierna a otra, mientras aguardaba a que volviera.

Ya había rechazado a dos pesados con una falsa sonrisa cuando se me acercó un tercero con una expresión ladina y las mismas intenciones que los anteriores.

Demasiado harta ya, abrí la boca para dejarle claro que no estaba interesada, pero me quedé muda cuando un brazo tatuado me rodeó el abdomen y me atrajo con firmeza hacía su cuerpo.

No sé qué me llegó antes, si su olor o su calor; pero me relajé de inmediato.

Bueno, solo una parte de mí.

Otra se puso a mil.

El corazón, quiero decir.

—Perdona, tío. Pensé que estaba sola —se excusó en inglés ese mismo chico antes de girarse y desaparecer.

Creí que se apartaría, pero lo único que hizo fue aferrarme con más fuerza.

—Te acabo de salvar del tercer baboso de la noche —me susurró al oído, estremeciéndome.

—Sí que has estado atento para llevar la cuenta. —Esbocé una sonrisa que él no pudo ver.

—Soy observador.

Se me escapó una risa.

—Este sitio está lleno de cosas mucho más interesantes que yo a las que observar.

La discoteca estaba plagada de chicas de la universidad; estaba segura de que a algunas ya las conocía en profundidad.

—No creas —respondió con una voz grave y baja, pero tan cálida como la que él usaba.

Y volvió el hormigueo. Y el aleteo. Me giré hasta quedar frente a él. Posé mis manos sobre su pecho y sus brazos pasaron a envolverme la espalda. Jamás pensé que me podría gustar tanto sentirme arropada por el calor que emanaba su cuerpo.

—No me tenías que salvar. —Alcé las cejas, divertida—. Hasta ahora, me he librado muy bien yo solita.

Bastian soltó una ronca carcajada.

—Lo sé. Lo he visto también.

Su comisura se curvó en una media sonrisa.

Me mordí el labio para contener otra más vergonzosa y bajé la mirada; me costaba sostener la intensidad de la suya.

Llevaba una camisa con los tres primeros botones desabrochados, y me dieron ganas de hacer lo mismo con el cuarto.

Como si me hubiera leído la mente y esa idea le hubiera gustado, me estrechó más contra su cuerpo.

Madre mía, no sabía qué estaba haciendo, pero no quería parar.

—Si me coges de esta forma… ya sí que no se me va a acercar ninguno más.

—Mejor —ladeó la cabeza—, ¿no? —La respiración se me entrecortó cuando sus manos bajaron hasta mi espalda baja.

No sé si fue por esa voz tan melosa que usó, o por cómo me quemaba la piel ahí donde me tocaban sus manos, pero las mías subieron solas por su pecho hasta rodear su cuello.

—Por lo que veo, tú tampoco tienes mucho interés en que se te sigan acercando —volvió a susurrar en mi oído.

Negué con lentitud mirándole a unos ojos que cada vez parecían más oscuros.

Cada vez eran más penetrantes; más hipnóticos.

Y como si un extraño magnetismo nos atrajera, nos fuimos acercando.

Él, inclinando su cabeza; yo, alzándome sobre mis puntillas.

Me tambaleé un poco, pero me agarró con más fuerza.

Y en ese momento deseé que no me soltara; que sus manos siempre me sostuvieran de esa manera.

Su nariz rozó mi mejilla en una suave y lenta caricia que erizó toda mi piel, y mis manos, movidas por un irrefrenable y desconocido anhelo, se enterraron en su pelo.

Nuestros cuerpos quedaron en completo contacto y una emoción vertiginosa se prendió en mi vientre al percibir el efecto que tenía en él mi cercanía.

Yo, que siempre creí que nunca podría gustarle a un chico como él.

Nuestros labios quedaron enfrentados, apenas por unos centímetros separados. Me olvidé de la música, del ruido, de mis amigos. En ese momento, solo lo veía a él. Entreabrió los suyos, casi acariciando los míos.

—¿Quieres que nos vayam…?

Asentí sin que terminara la frase. No sabía que querría decirme con ella. ¿Qué saliéramos fuera para que nuestros amigos no nos vieran? ¿Qué nos fuéramos a casa para estar solos? Igual estaba loca, pero lo que fuera, quería.

Se humedeció los labios.

Su respiración salió temblorosa, pero la mía más.

Creí que lo iba a hacer.

Que me iba a besar.

En mi consulta dudé, pero ahora quería que lo hiciera.

Antes de poder hacer mi deseo realidad, se apartó de inmediato y miró por detrás de mi espalda.

—Nico. —Se aclaró la garganta—. Quédate con ella, voy a tomarme algo.

Me empujó con suavidad por la espalda hacia mi amigo, que no sabía cuándo había llegado. Después, con una mueca tensa en la mandíbula, se dio la vuelta sin tan siquiera mirarme.

Me quedé con la mirada clavada en su espalda, completamente desconcertada. Mi corazón todavía latía desaforado contra mi pecho, y aún sentía sus manos abrasándome la piel.

No entendía nada.

—Vamos, canija. Ven a bailar conmigo. —Nico me rodeó por la cintura, tratando de devolverme a la realidad.

Me volví hacia él y lo miré, buscando en sus ojos una explicación, como si acaso él la pudiera tener.

Pero solo encontré mi misma confusión. Me abracé a su pecho y sus brazos me cobijaron, consolándome de esa repentina y fría desazón que Bastian me había causado al dejarme plantada a un roce de sus labios.