Capítulo 59
Lía
Estaba ya tan acostumbrada a realizar las prácticas como enfermera del equipo sin ningún tipo de supervisión, que estuve a punto de caerme del susto cuando abrí la consulta de la enfermería y me encontré a mi tutora sentada en mi silla del escritorio.
Desde que obtuve las calificaciones del primer cuatrimestre, apenas habíamos tenido contacto más que por correo.
Quería preguntarme qué tal me desenvolvía en las guardias del hospital con el curso ya avanzado —aunque eso ya lo sabía, la supervisora se encargaba de pasarle las evaluaciones semanales— y, también, advertirme de que la señora Taylor, la profesora de Gestión de Enfermería, había hablado con ella porque mi trabajo le resultó «bastante flojo».
No me quiso especificar más. Ni decirme en qué había fallado.
Ni qué nota había obtenido. Y eso solo me sirvió para que se me desatara una oleada de ansiedad que ni el yoga podría calmar.
Y aunque la única indicación que me dio fue que me pusiera las pilas —palabras textuales—, a veces pensaba que, en el fondo, bajo esa tosca fachada autoritaria, confiaba en mí y sabía de lo que era capaz.
Que lo que trataba con sus advertencias era que no me olvidara de dónde estaba y apretarme las tuercas para que mi nivel no decayera.
Aun así, solo respiré tranquila cuando se marchó.
Pero volví a contener la respiración un rato después, cuando unos golpes en la puerta me sobresaltaron.
—¿Por qué te asustas cada vez que vengo a verte?
—Porque en teoría deberías estar entrenando y no aquí.
Bastian hizo un mohín despreocupado y se acercó con paso relajado.
Yo me volví a la camilla mordiéndome el carrillo para reprimir una sonrisa.
Me había dejado tan inquieta la conversación con la tutora, que era incapaz de estudiar sentada en el escritorio, así que tenía todos mis apuntes repartidos por la camilla.
—¿Qué estudias? —Cogió uno de mis folios cuando llegó hasta mí.
—Ginecología y Obstetricia —respondí, quitándole el papel.
—En la camilla.
—Sí.
—De pie.
—Sí.
Bastian apoyó su cadera en ese mismo lugar y, cruzándose de brazos, me miró con las cejas alzadas.
—¿Qué? A veces me concentro mejor si estudio de pie.
—Mira que eres rara —se burló.
Lo ignoré, fingiendo que seguía estudiando y que no notaba su mirada clavada en mi perfil.
Aunque el irremediable rubor de mis mejillas me delataba.
No me sacaba de la cabeza lo que había pasado el domingo.
Su forma de acercarse tanto a mí aun con mis amigas delante; la respiración que compartimos; hasta la forma en la que me miró.
Esa parte ellas no la habían presenciado, así que llegué a pensar que quizá me lo había imaginado.
Sobre todo, porque durante los días siguientes, él actuó si no hubiera pasado nada.
Otra vez.
—Eso es para ser matrona, ¿no?
—Bueno… para eso hay que aprobar un examen y hacer una residencia de dos años.
—Ah, ya. Como el PIR. ¿Y a ti te gustaría?
Me observó con atención, esperando a que contestara. Empecé enfermería con el objetivo de formarme como matrona, pero las altas exigencias para acceder a las limitadas plazas que se ofertaban me habían ido quitando las ganas, así que no sabía qué decirle.
—Las notas de corte para conseguir plaza son muy altas —contesté al cabo de unos segundos, sacudiendo la cabeza.
—Y seguro que eso es un problema para ti —respondió con un resoplido sarcástico.
—Vuélvete al gimnasio —cambié de tema, arrastrando las palabras mientras daba la vuelta a la hoja.
—Prefiero estar aquí.
El hormigueo que me recorrió el pecho hizo que volviera a morderme el carrillo mucho más fuerte.
Siempre terminaba echándolo, pero ya me estaba acostumbrando a que, cada vez que le tocaba acondicionamiento físico y no estaba bajo la supervisión de Oliver, viniera visitarme.
Aunque fuera solo para tocarme las narices, como en ese momento, que me estaba dibujando algo sobre los apuntes.
—¡Estate quieto! —Le quité con rapidez el lapicero que me había robado.
—Oye —me dijo, cambiando de pronto el tono de su voz a uno más serio—. ¿Crees que Abril se enfadará mucho si no salgo con vosotros el sábado?
Me giré para mirarlo, extrañada. Como casi siempre, tenía los mechones alborotados y la cinta colgando del cuello.
—¿No vas a venir? Bastian, es su cumple. Hasta yo, que no me hacen mucha gracia las discotecas, voy. Además, con lo que a ti te gusta salir…
—Pues por eso lo digo. Porque me conozco y sé que me voy a pasar todo el domingo arrastrándome como un zombi, y tengo que adelantar lo que me queda del Proyecto de Fin de Carrera.
Me pareció más insólito todavía que tomara una decisión tan responsable.
—¿Sobre qué iba?
—Abordaje y manejo psicoterapéutico de la depresión mayor —forzó una repelente voz, provocándome una carcajada—. No te rías, que va en serio. Apenas me queda mes y medio para entregarlo.
El hormigueo de antes se convirtió en un nudo incómodo. Por momentos se me olvidaba que Bastian en apenas un par de meses terminaba la universidad, y que entonces, posiblemente no nos veríamos más.
Desde el día que lo conocí, ansiaba ese momento.
Pero ahora…
—Como no vengas, va a cumplir su amenaza. —Le advertí, intentando deshacerme de esa pesada realidad—. Con ensañamiento. Y alevosía.
—Cada día encuentra un motivo más que añadir —entornó los ojos con hastío.
Me reí y esbozó una sonrisa mucho más amplia.
Cuando la risa se apagó en mis labios, Bastian se puso a caminar por la consulta, examinando por vigésima octava vez su mobiliario.
Dando por hecho que no me iba a dejar estudiar, me volví a mis apuntes para recogerlos.
En menos de media hora empezaba el entrenamiento en la cancha, así que ya no me daría tiempo a repasar más.
Aprovechó que estaba de espaldas para meterme la mano en el bolsillo de la casaca del uniforme y quitarme el fonendo.
Madre mía, era como un niño pequeño; no se estaba quieto.
Me giré y tendí la mano para que me lo diera. En su lugar, se colocó los auriculares del fonendo.
—Nunca he escuchado mi corazón.
Aparté la mirada cuando se levantó la camiseta.
Era una tontería; le había visto mil veces sin ella, pero en ese momento me sentía demasiado cohibida.
Quizá la escenita del domingo tenía algo que ver, todavía me tenía descolocada.
Mis ojos se escaparon un momento, desobedientes, y me di cuenta de que la campana estaba mal colocada.
—Tienes que llevarlo un poco más a la izquierda. —Guie su mano hacia el lugar indicado de su pecho. Ni siquiera lo rocé, pero todo su vello se erizó.
Bastian escuchó unos segundos con atención hasta que volvió a hablar.
—¿Me dejas escuchar el tuyo?
Abrí mucho los ojos, estupefacta.
—¿Mi corazón?, ¿para qué?
—Tengo curiosidad por saber cómo late.
No supe ni cómo reaccionar a esas palabras. Jamás pensé que un chico querría escuchar el sonido de mi corazón. Y mucho menos, que ese chico fuera Bastian.
Pese a que sabía que no era buena idea porque ya me había demostrado lo traicionero que era…
, se lo concedí. Levanté despacio la casaca de mi camiseta para que le fuera más fácil, y sus ojos la siguieron con lentitud.
Tragó saliva por el camino y a mí se me prendieron las mejillas porque, aunque llevara una camiseta de tirantes debajo, bajo su mirada me sentí como si me estuviera desnudando.
Cogí la campana y la puse sobre mi pecho, justo por encima del borde del escote de la camiseta.
Me estremecí cuando noté el calor de su piel impregnado en el metal.
Bastian la sujetó con cuidado de no rozarme, y me miró con sus penetrantes ojos en silencio.
Me quedé atrapada en su brillo mientras escuchaba el latir de mi corazón, y me pregunté si esa mirada era a la que se referiría Caleb.
La misma que usó cuando lo despertamos a besos.
Con la que me miró a través del espejo. Con la que me aturdió sobre la encimera de nuestra cocina; en ese momento, estuve segura de que no me lo había imaginado.
—¿Es normal que lata tan rápido? —inquirió con un interés que no me pareció muy genuino, sacándome así de mi abstracción.
—Sí, mi ritmo es más alto de lo normal —me apresuré a contestar.
Quería engañarme y convencerme a mí misma de que no era por cómo me alteraba cada vez que se me acercaba.
Cada vez que me sonreía con una sonrisa que jamás pensé que pudiera parecerme tan bonita.
Por cómo me miraba y hacía que me sonrojara.
Por cómo se me entrecortaba la respiración cada vez que la suya me acariciaba la piel, como en ese mismo momento.
Por cómo su aroma me envolvía y me encantaba.
Pero era mentira.
Esbozó una media sonrisa que me hizo intuir que él también lo sabía.
Si yo misma notaba como mi pecho subía y bajaba cada vez a mayor velocidad.
—Y sí… —empezó a decir mientras acercaba su otra mano a mi cara.
De forma inconsciente, me tensé. No sabía qué pretendía hacer, pero por cómo rasgó sus ojos al agrandar su sonrisa, supe que mi corazón estaría desbocado, aunque yo ya ni lo notaba.
Despacio, tiró de mi coleta y me soltó el pelo.
Rozó con las yemas de sus dedos el lateral de mi cuello, y en mi corazón se mezcló el hormigueo con el aleteo.
Subió hasta enterrarlos en mi cabello, y empezó a hacerme ese maldito masaje que tanto me gustaba.
Mis hombros se relajaron al instante y a mí se me escapó un vergonzoso suspiro de alivio.
Pensé que se reiría de mí. Que se burlaría o diría cualquiera de sus tonterías, pero lo único que hizo fue bajar su mirada hasta mis labios.
Y como si me llamaran, yo lo hice a los suyos.
Al igual que la otra noche en el sofá, no sabía en qué momento nos habíamos acercado tanto.
Pero esa escasa y tensa distancia que nos separaba me iba a hacer perder la cabeza.
—Me toca —solté de pronto, quitando el fonendo de mi pecho.
Bastian parpadeó y se alejó. Al retirar la mano de mi pelo, sin querer se enredó con un mechón y me dio un pequeño tirón.
—Uy, imposible —dijo entre risas, devolviéndome el fonendo—. Me voy a la pista, que sino Oliver se va a adelantar a Abril en su cometido de cortarme los huevos.
Salió de la consulta sin mirarme y yo me quedé con la vista clavada en ese mismo lugar por el que desapareció. Aturdida. Mucho más descolocada de lo que ya estaba.
Y así seguí durante el entrenamiento, fingiendo estudiar esos apuntes de Ginecología, mientras no podía evitar mirar de reojo a ese chico con el tres a la espalda que me sonreía cada vez que nuestros ojos se encontraban.
Y, cada vez que eso pasaba, mi pecho se prendía con millones de aleteos.
Llevaba meses enfadándome conmigo misma; batallando con mi mente, negándome lo evidente y tratando de convencerme de que Bastian no era un chico que me pudiera gustar… pero igual no era tan mala idea.