Aunque me dé miedo Capítulo 58
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Capítulo 58

Lía

Me encaramé a la encimera de la cocina con un pequeño impulso y abracé mis manos al calor de la taza del café.

Me había pasado calentándolo. Mientras, escuché hablar a mis amigas.

Se habían despertado hacía ya rato, pero yo todavía no me había espabilado lo suficiente como para participar en la conversación.

No había ni rastro de Asier ni Nico; igual que nosotras con el yoga, ellos se habían propuesto salir a correr.

Se habían picado con Abril, retándose a ver quiénes abandonaban antes el buen hábito.

—Este año sí o sí tenemos que ir a algún sitio —dijo Abril. Estaba cruzada de brazos, con la cadera apoyada en la encimera de enfrente. Tenía sus bonitos rizos pelirrojos recogidos en una larga trenza.

Claudia asintió con un cabeceo mientras terminaba de comerse un yogur de fresa.

—La cuestión es dónde y cuándo. Estamos ya casi en abril y los precios empiezan a subir una barbaridad.

—¡Pues por eso mismo os lo estoy diciendo! Cuanto antes lo organicemos, más barato nos saldrá.

Las miré, confundida.

—¿De qué habláis?

—Estamos pensando en planear un pequeño viaje para verano —me explicó Claudia con una sonrisa. Al igual que Abril, tenía el pelo recogido, solo que un moño. El mío, a diferencia del de ellas, estaba suelto y completamente enmarañado por el sueño. No me había mirado aún en el espejo, pero lo sabía.

—Vamos las tres solas, ¿eh? —matizó Abril.

—¿Por qué no quieres que vengan los chicos? —repuso Claudia hundiendo las cejas—. Pobrecitos…

—Durante el año los tenemos todo el santo día pegados —replicó la pelirroja con un dramático fastidio—. Me apetece un plan de chicas. Si vamos con ellos, no va a ser lo mismo.

—Sería más divertido —añadió mi otra amiga.

Abril se lo pensó durante un segundo y luego negó, enérgica. Claudia entornó los ojos, dándolo por perdido. Y yo, como si no tuviera nada que decir al respecto, me limité a dar un primer sorbo a mi café, que ya quemaba menos.

—Podríamos ir a Mallorca, a una de sus calitas. —Cogió el extremo de su trenza y se puso a jugar con él esbozando una sonrisa, como si ya nos estuviera visualizando a las tres en la playa.

—Pero Mallorca es muy caro —intervine por fin—, y yo no tengo tanto dinero ahorrado.

Era un plan que me apetecía mucho, pero lo que nos pagaban en las prácticas era una miseria que más bien compensaba el hecho de no tener más tiempo para poder dedicárselo a otra cosa que no fuera la universidad.

Como todos los gastos, salvo la comida, iban a cargo de la LUHS, algo tenía ahorrado; pero no sabía si lo suficiente como para pagarme un hotel en Mallorca.

—Si nos ponemos ya a buscar alojamiento y vuelos, seguro que no nos sale tan mal de precio. —Claudia me miró con una entusiasmada expresión, esperando que aceptara.

—Vaaale —concedí—. Pero algo sencillito, por favor. No quiero tener que pedirles dinero a mis padres.

—Luego miramos bikinis. —Abril, emocionada, dio un saltito mientras aplaudía con pequeñas palmadas.

Claudia y yo nos reímos. En el fondo, creo que esa era la parte que más le entusiasmaba.

—Venga, Lía —me apremió Claudia. Abril estaba entonces mirando su móvil, seguro que buscando ya bikinis—. Que te estamos esperando para nuestra clase de yoga.

—¿¿Hoy?? —lloriqueé—. Que tengo que estudiar…

Claudia abrió la boca para replicar, pero justo apareció Bastian por la cocina. No lo había visto salir de la habitación. Todavía tenía la cara adormilada y el pelo completamente alborotado.

Y aun así…

Saludó con un gesto de cabeza al entrar.

Luego, miró hacia el mismo lugar en el que yo estaba sentada y se acercó con paso lento.

El corazón se me aceleró a medida que nuestra distancia se acortaba.

Se paró justo frente a mí con una sutil sonrisa.

Tensé los labios para que no notara cómo me afectaba que me mirase así, e intenté apartarme para que pudiera coger su taza, guardada en el armario modular que quedaba justo encima de mí.

Pero me lo impidió.

—No hace falta que te muevas—su voz sonó casi en un susurro.

Dio un paso más, quedando entra mis piernas y abrió el armario.

La respiración se me entrecortó cuando se inclinó sobre mí para coger la taza sin dejar de mirarme con esos felinos ojos verdes que parecían un poco más oscuros.

Su respiración acarició mi piel, igual que la noche anterior, y tuve que contener la tentación de bajar la vista a sus labios.

Se separó despacio después de uno segundos que para mí fueron eternos, y se apartó para prepararse el café, como si no hubiera pasado nada.

Con un repentino calor subiéndome hasta la cara, solté mi taza; todavía estaba demasiado caliente.

Claudia y Abril me miraron ojipláticas, pero fui incapaz de hacerles ningún tipo de señal. Ajeno a nosotras, Bastian terminó —por fin— de prepararse el desayuno y se lo llevó a la terraza.

—Eh… ¿qué acaba de pasar? —Los inquisitivos ojos de Abril buscaban explicaciones que yo no tenía.

—No… no lo sé. —Me encogí de hombros y volví a coger mi café.

No estaba tan caliente como creía.

—Madre mía, por un momento pensé que te iba a besar —dijo Claudia, llevándose las manos a la boca.

¿De verdad se había visto así desde fuera? El corazón se me encogió solo de imaginarlo.

—No digas tonterías. —Se me escapó una risa nerviosa. Para disimularlo me llevé la taza a los labios y estuve a punto de atragantarme.

—Lía —pronunció Abril con una contundencia que me puso en alerta—. Dime que no te has pillado de Bastian, por favor.

—¿¿Qué dices?? —espeté, quizá demasiado azorada.

—No sé… os traéis un rollito muy raro últimamente. Por no hablar de que nos ocultaste que habíais dormido juntos el fin de semana del partido de Kansas…

—Solo nos llevamos bien, punto. Y no os conté nada porque fue una chorrada. No tenía dónde dormir, ¿qué querías que hiciera?, ¿que lo dejara dormir en el suelo? No soy tan desalmada —solté casi de carrerilla.

Di un pequeño salto para bajarme de la encimera y me moví al fregadero para lavar la taza. A ver si con un poco de suerte me dejaban en paz.

—¿Y seguro que no pasó nada? —preguntó Claudia con un sorprendente tono juguetón en su voz.

—Pues claro que no. Cada uno durmió al filo. Ni nos rozamos, ya os lo dije.

Bueno, en verdad me pasé la noche con su espalda pegada a la mía y desde entonces no me la sacaba de la cabeza, pero preferí omitirlo.

—Me cuesta creer que Bastian se meta en la cama con una chica solo para dormir —se mofó Abril.

Tensé la mandíbula. No sé por qué, noté un pequeño pinchazo en el estómago.

—Pues es lo único que hicimos —aclaré mientras me secaba con ímpetu las manos con el papel de cocina—. Dormir. Ni él me gusta a mí ni yo le gusto a él.

—Menos mal, tía —resopló con cierto alivio Abril cuando me giré de nuevo hacia ellas—.

Porque Bastian… es una red flag andante.

O sea, que es nuestro amigo y lo queremos y todo eso, pero no lo querría como novio para una de mis mejores amigas.

No conoce el significado de responsabilidad afectiva.

—Hizo un gesto con las manos como si enmarcara esas palabras.

Lancé una rápida mirada de soslayo hacia la terraza.

Bastian estaba de espaldas, apoyado en la barandilla.

Recordé nuestra conversación en el descansillo, cuando me contó que él siempre dejaba claro que no buscaba ningún tipo de compromiso, y pensé que, aunque yo no compartiera esa forma de disfrutar el sexo, quizá eso lo hacía mucho más responsable que la mayoría de los chicos de nuestra edad.

—Aunque —siguió hablando mi amiga—, ahora que habéis hecho tan buenas migas… tan poco pasaría nada si de vez en cuando os dais un pequeño gusto. Sin ataduras ni sentimientos ni nada de eso, ¿eh? Solo para pasarlo bien. —Alzó las cejas con picardía.

—¿Estás loca? —siseé.

—Acuérdate de lo que te dije de los rematadores al principio del curso…

—Abril, deja de decir tonterías. Sabes que Lía es incapaz de acostarse con un chico si no siente nada por él —salió Claudia en mi defensa.

Abril sacudió una mano al aire y se concentró en mí.

—¿Tú has visto las manos que tiene?, ¿lo largos que son sus dedos?

—inquirió con una sonrisa socarrona. Comenzó a arderme toda la cara a medida que hablaba—.

Mira, Bastian no es mi tipo, me van más los morenos, pero no vamos a negar lo buenísimo que está.

Por no hablar de lo que dicen las chicas que han estado con él. Por lo visto t…

—Para ya —la interrumpí antes de que terminara la frase. No quería oírla—. No voy a hacer nada con Bastian porque no me gusta. Ya está, deja el temita de una vez.

Abril bufó con aburrimiento y se volvió a cruzar de brazos.

—Cámbiate, anda. Que buena falta te hace una clase de yoga para relajarte.

La fulminé con la mirada y, sin decir una sola palabra más, me metí en la habitación, todavía un poco alterada por esa conversación.

Y mientras me enfundaba esas ceñidas mallas rosas y el top deportivo del mismo color que mis amigas me habían convencido para que me comprara, pero con el que tan insegura me veía, le di vueltas a sus palabras.

Abril tenía razón.

Bastian no era un chico que me pudiera gustar.

Porque sería peligroso para mí.

Y si hacía falta, me haría una lista con todos los motivos para que no se me olvidara.