Aunque me dé miedo Capítulo 57
63%

Capítulo 57

Lía

—¿Te lo has pasado bien? —me susurró Bastian cuando entramos por la puerta de casa. Apretó los dientes mientras cerraba despacio, temiendo despertar a los demás.

—Sí —aseguré en el mismo tono, quitándome el abrigo—. Muy bien.

—¿Ya te parecemos un poco menos orangutanes?

—A ratos —contesté con una risita.

Bastian curvó la mitad de su boca y me revolvió el pelo al pasar por mi lado. Como siempre, el olor de su colonia me arrolló al hacerlo. Aunque, después de llevar toda la noche sentada a su lado, ya lo tenía impregnado en la piel.

Esa noche, el equipo de los Silver Jaguars organizó una cena para celebrar el pase a cuartos de final.

No era la primera vez que me invitaban a una de sus quedadas, pero sí a la primera que fui —salvo la del hotel en Kansas, tampoco era plan de morir de hambre—.

Cada vez estaba más a gusto con ellos; todavía me sentía un poco cohibida, pero la complicidad que empezaba a crear con Raúl y mi cada vez mejor relación con Bastian hacían que me fuera más fácil integrarme.

—Gracias por invitarme —murmuré con un poco de timidez.

—Lía, no digas tonterías. —Se dejó caer en el sofá, exhalando un pequeño suspiro cansado—. Eres una más de los nuestros.

Lo dijo como si nada. Como si no tuviera importancia. Pero a mí, que a veces me costaba tanto sentirme parte de un lugar, me recorrió una placentera y satisfactoria sensación que tiró de mis mejillas.

Lo observé durante unos segundos. Se había quedado repantingado contra la esquina del sofá, con su brazo tatuado sobre el reposabrazos y los ojos cerrados.

Las luces de la noche que entraban por la ventana se reflejaban en su anguloso y definido perfil.

Me obligué a moverme y apoyé mis manos en el respaldo del sofá, justo detrás de él.

—¿No te vas a dormir?

Abrió los ojos e inclinó la cabeza hacia arriba para mirarme desde su posición. Me dieron ganas de retirarle los mechones del flequillo que le caían cerca de los ojos, pero me contuve a tiempo.

—No tengo mucho sueño. —Hizo un mohín con los labios—. Prefiero quedarme aquí un rato a dar vueltas en la cama y molestar a los otros dos.

Me moví para sentarme a su lado y él me siguió con la mirada.

—Pues ya somos dos —anuncié, quitándome los botines y encogiendo mis piernas hacia un lado en el sofá.

Durante la cena, tuvo que salir rápido a atender una llamada, y aunque volvió relajado, me parecía notarle un pequeño deje de inquietud.

Raúl también se había percatado, lo supe por cómo le buscó con la mirada cuando regresó.

Aun así, no pensaba preguntarle, había asumido que la barrera que había construido Bastian para ocultar lo que pasaba en su cabeza era infranqueable; pero sí acompañarlo.

Total, yo tampoco tenía ganas de irme todavía a la cama.

Bastian se mordió el labio y negó con una sonrisa. Soltando un pequeño suspiro, aparté la mirada de su boca y me reacomodé contra el respaldo del sofá, girándome un poco hacia él.

—Quizá Abril tenga razón y a ti también te venga bien practicar el yoga. Si eso de que ayuda a dormir mejor es verdad… —le recordé con sorna.

—Paso —resopló con una risa—. Os he visto esta mañana, y no es para mí. Me quedo con el voleibol.

Noté mis mejillas prenderse al recordar su mirada fija en mí, aunque tal vez solo fue porque me veía demasiado ridícula intentando imitar los pasos de esa profesora virtual.

—Siento haber sido tan cabezota con todo el tema de la muñeca —admitió de pronto para mi sorpresa—. Lo decías por mi bien, tenía que haberte hecho caso desde el principio. Eso sí, no aguanto más. El lunes pienso entrenar como siempre.

—Me estoy empezando acostumbrar a que me pidas perdón cada vez que metes la pata, y no sé si eso es bueno —respondí con sorna.

—¿Por qué no? —Giró el cuello para mirarme—. Cuando te dije que las cosas estaban cambiando, iba en serio. —Esbozó una suave sonrisa.

Y yo me pregunté qué habría cambiado en su cabeza para que él quisiera hacerlo conmigo, pero también, qué se habría alterado en la mía para que me hubiera costado tan poco concedérselo.

—En verdad… —continuó—, también debería pedirte perdón por comportarme como un cabrón contigo todo este tiempo. Te he hecho auténticas putadas. Fui demasiado cruel cuando te dejé sola en el aeropuerto, en la escala de Chicago.

Se me escapó una pequeña risa. Cogí el dobladillo de mi vestido de canalé —Abril había insistido en que me lo pusiera—, y me puse a jugar con la tela, retorciéndola entre mis dedos. Me di cuenta de que tenía una carrera en las medias. Claudia me iba a matar, eran suyas.

—Yo tampoco me quedé atrás —reconocí—. Me pasé tres pueblos insinuando que podrías tener una infección de transmisión sexual.

Bastian soltó una carcajada ronca. Siseé llevándome un dedo a los labios para que bajara la voz, temiendo que despertara a nuestros amigos.

—Esa fue buena. —Cabeceó, rascándose la barbilla—. Aunque, para tu tranquilidad, siempre utilizo condón.

Solté el vestido y me pasé el pelo por los hombros. Sin querer, me giré un poco más hacia él.

—Va a resultar que eres más responsable de lo que creía.

Asintió despacio, mirándome con esos penetrantes ojos que últimamente me traían de cabeza.

Él también se había girado un poco hacia mí y su brazo izquierdo ahora reposaba sobre el respaldo.

Me parecía que estábamos un poco más cerca que antes.

Y aunque me siguiera poniendo nerviosa de una manera extraña esa cercanía… estaba cómoda con ella. Con él.

Mis ojos se desviaron inconscientes hacia la pantalla de su móvil cuando, tirado en el sofá en medio de los dos, se iluminó con una notificación.

—¿Es Balto de cachorro? —pregunté con una genuina sonrisa al ver su fondo de pantalla.

—Sí. —Bastian cogió el teléfono para mirar la foto, imitando mi gesto—.

Él sí que está hecho un cabrón —volvió a reír—.

Cuando vuelvo a casa, se pone como loco y se tira tres horas jugando conmigo; no me deja ni respirar.

Después se olvida de que existo y se pasa todo el día pegado a mi padre como un perrito faldero.

Me mordí el labio, observando con ternura cómo hablaba de lo más cotidiano de su vida. Este Bastian era un chico completamente diferente al que conocí en las novatadas y no entendía por qué había tardado tanto tiempo en salir.

—¿Estás muy unido a tu padre? —Me acurruqué aún más en el respaldo, notando su mano rozando mi cabeza.

—Sí —contestó algo escueto.

—Tiene que estar muy orgulloso de ti.

Pestañeó, casi perplejo.

—¿De mí?, ¿por qué?

—Hombre… estás a punto de terminar la carrera; eres el centro de atención de los ojeadores y si todo sale bien… te fichará un equipo de la liga profesional estadounidense.

Bastian tragó saliva y clavó la vista en algún punto perdido del sofá.

—Supongo que sí. —Se encogió de hombros—. Lo estará.

—¿Qué pasa?, ¿nunca te lo ha dicho? —repliqué, divertida ante su modestia.

Negó con algo parecido a una amarga sonrisa que me dejó el corazón encogido.

—¿No le gusta que juegues al voleibol? —Fruncí el ceño, incrédula.

—Sí. —Me pareció extraño que le temblara el labio—. De hecho… él también fue jugador —terminó por decir con un hilo de voz.

—¿Y llegó tan lejos como tú? Quiero decir…

—Lía —me interrumpió, rotundo—. Vete a la cama, anda —suavizó la voz.

—Ya te he dicho que no tengo sueño.

Suspiró resignado, pero no insistió. De pronto, sentí un aire pesado cayéndonos sobre los hombros.

Quizá había tocado una tecla que le dolía.

Lo intuía por cómo se había tensado su mandíbula y por cómo había pasado a frotarse la frente de forma insistente.

En un intento por evadirlo de lo que sin querer había despertado y desconocía, hice algo de lo que quizá luego me arrepentiría.

—¿Qué haces? —inquirió con una pequeña risa al ver que cogía su mano, la que estaba sobre el respaldo, y la ponía en mi cabeza.

Lía, no .

Lía, NO.

—Hazme cosquillas, porfa . Cometiste el error de hacérmelas una vez, y ahora que nos llevamos bien…

Echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un resoplido burlón, y sin pensarlo, enterró los dedos en mi pelo. En cuanto comenzó a acariciarme, de inmediato, un eléctrico escalofrío recorrió mi cuerpo.

Lía… sí.

Como si conociera el punto exacto donde tocar, deslizó con suavidad la yema de sus dedos por mis cabellos.

Claudia y Nico siempre me provocaban unas cosquillitas placenteras, pero él desencadenaba otro hormigueo diferente que me invadía el pecho.

No sé en qué momento nos acercamos tanto, pero, con suavidad, empujó mi cabeza para recostarla sobre su hombro.

Mi corazón, traicionero, se aceleró en cuanto el calor de su cuerpo me abrazó.

Tenía la cara casi enterrada en su cuello, y su tranquila respiración me acariciaba la piel, pero no me incomodé ni me tensé.

Me gustaba estar así.

Me sentía refugiada en sus brazos aun sin tener que protegerme de nada.

Nunca pensé que podría sentirme a salvo con él.

—¿Sabes? —interrumpió el calmo silencio en el que nos habíamos sumido—. Te prefería más cuando me insultabas. Me hacías menos preguntas —se burló.

Incliné un poco la cabeza para mirarlo y su barbilla rozó mi frente. Mientras, seguía acariciándome.

—¿En serio? —fingí ofenderme.

—Nah. Me gusta llevarme bien contigo.

El hormigueo se hizo más intenso en mi pecho. Creo que hasta se me coló en el corazón. Igual no era un hormigueo. Tal vez… empezaba a ser un aleteo.

—¿Ya no te parezco una niñata entonces?

—¿Ni yo a ti un estúpido?

—He preguntado yo primero.

—Lo sé, pero no pienso contestar.

Nos reímos juntos y sus hombros se sacudieron levemente, moviéndome a mí también.

Sus dedos ahora recorrían mi nuca y comenzaron a rozar el lateral de mi cuello.

Cerré los ojos, sin poder evitar estremecerme.

Mi corazón era traicionero, pero más lo era mi cuerpo que reaccionaba tan descarado a su contacto.

Y mientras él me hacía sentir tan bien con esas inocentes caricias, recordé cómo su cuerpo también respondió casi como un acto reflejo las veces que había recorrido su tatuaje o el trayecto de sus venas.

A él también le gustaban las cosquillas, solo que era incapaz de pedir el más mínimo cariño.

Alentada por ese mismo recuerdo, subí mi mano hasta su cuello y comencé a trazar pequeños círculos con el pulgar, dejando la palma apoyada en su clavícula.

Su piel, cálida y suave, se erizó bajo mi mano.

Dejó de acariciarme por unos segundos y ejerció algo más de presión en mi cuello.

Pareció algo involuntario ya que, tras una larga inspiración, se relajó y reanudó su repetitivo movimiento.

Y así permanecidos unos minutos, arropados por el silencio y la oscuridad de la noche.

En algún momento mis piernas, todavía encogidas, se apoyaron en las suyas, pero creo que él no se dio cuenta.

Alcé un poco la cabeza para mirarlo, y casi a la vez, él inclinó la suya con el mismo objetivo.

Sus labios quedaron a la altura de los míos y, por un momento, me planteé qué pasaría sí…

—Me voy a la cama —soltó de pronto, quebrándome ese pensamiento en la mente.

Se aclaró la garganta y se levantó casi apresurado. Me hundí en mis hombros con un suspiro e, ignorando el repentino frío que sentía en la piel, lo imité.

—Sí, es tarde.

Me tendió los botines con una tirante sonrisa y se dio la vuelta para meterse en su habitación, pero antes, se giró sobre su hombro.

—Buenas noches, niñata.

Entorné los ojos y, sin contestarle, me metí en mi cuarto.

Abril dormía boca arriba con todos sus rizos esparcidos por la almohada; tenía un aspecto hasta angelical.

Claudia, que sí lo era, descansaba de lado, tapada hasta la mitad de la cara.

Me cambié con sigilo para no despertarlas y me refugié en mis mantas, sintiendo un extraño nudo en el pecho.

Quizá, ese pensamiento que no había llegado a formular no se me había quebrado; tal vez, se había incrustado.

Con los ojos ya cerrados, a través de la pared escuché los ruidos que hicieron los muelles de su cama.

De repente, me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin oír esos golpes que tanto me revolvían, con los que taladraba mi pared cuando estaba con otras chicas.

En concreto, desde la noche en el descansillo, hacía ya más de dos meses.

Primero pensé que, quizá tenía algo que ver conmigo; luego reparé en que era demasiado ilusorio creer algo así hasta para mí.

Y aun así… di dos golpecitos a la pared.

Cerré los ojos y esperé una respuesta.

Me di la vuelta, perdiendo la esperanza en recibirla.

Unos segundos después, dos suaves golpes sonaron contra mi pared.