Aunque me dé miedo Capítulo 55
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Capítulo 55

Lía

Aquí en Nebraska, marzo seguía siendo algo frío y ventoso; aunque en sus últimos días, las temperaturas se volvían algo más agradables.

Aprovechando que no llovía, exprimimos unos últimos momentos antes de volver a nuestras responsabilidades tras la comida, tumbados en el césped del campus al sol.

Para mi gusto estaba demasiado frío y me daba la sensación de que se me estaban mojando los vaqueros, pero lo dejé estar.

Estábamos los seis juntos, y disfrutaba tanto de esos momentos en su compañía, que ni siquiera me incomodó.

—El otro día vinieron a darnos una charla sobre los beneficios de las terapias holísticas —Abril interrumpió el silencio en el que llevábamos minutos sumergidos—, y me ha dado una idea buenísima para relajar a Lía.

Arrugué el gesto y levanté un poco la cabeza para mirarla.

—¿¿A mí??

—Sí, a ti. Vuelves a estar otra vez como pollo sin cabeza, igual que en el primer cuatrimestre. Y no es sano ni para ti, ni para nuestra salud mental —se señaló a sí misma y a Claudia—, que dormimos contigo.

—Ni para nosotros —añadió Asier.

—Tú te callas —lo reprendió la pelirroja.

Fruncí el ceño. Era verdad que el trabajo de Gestión de Enfermería me traía de cabeza, pero yo no lo veía para tanto. Además, ya apenas me quejaba.

—No estoy como po…

—Te vendría genial probar el yoga. Bueno, nos —me cortó.

Era tontería rebatirla, así que me tumbé y dejé que siguiera hablando.

Busqué la mano de Claudia, tumbada a mi lado, para que siguiera haciéndome cosquillitas en el pelo—.

Se supone que ayuda a la gestión del estrés y de la ansiedad, y mejora la calidad del sueño que, por la cara que me traes, falta te hace.

De forma instintiva, me llevé las manos a la cara. Tener guardias de noche me trastocaba un poco los horarios y no dormía tan bien como me gustaría, pero yo no me veía tan mal.

No sabía qué pretendía Abril, pero al final me iba a acomplejar.

—…así que he pensado que en los poquísimos —entonó con dramatismo— ratos libres que tenemos, podríamos practicarlo juntas.

—Y eso lo has decidido tú sola, ¿no? —inquirió Claudia con ironía al verse incluida.

—Alguna tenía que hacerlo.

Ladeé un poco la cabeza cuando, a mi lado, sonó un chistido sarcástico.

Bastian estaba con los brazos flexionados detrás de su cabeza, los ojos cerrados, y una mueca burlona en los labios.

Su mano seguía vendada y, aunque el dolor había remitido, por fin parecía haberme hecho caso.

Llevaba toda la semana entrenando aparte del resto de jugadores y a menor intensidad; ni siquiera jugaría el partido del sábado, por precaución.

Quizá por eso estaba que se subía por las paredes.

Pero eso era lo de menos; me gustaba saber que había entrado en razón y por fin cuidaba algo que era tan importante para él.

—Tú como casi psicólogo deberías saberlo mejor que nadie —alegó Abril, ofendida—. De hecho, eres al que mejor le vendría probarlo.

—No me imagino a Bastian en mallas y abierto de patas —soltó Nico.

Asier y Bastian le siguieron con unas sonoras carcajadas que nos asustaron a Claudia y a mí.

—Mirad que sois tontos ¿eh? Los tres —espetó Abril con desdén, pero por el rabillo del ojo vi que esbozaba una sonrisilla.

Y así, sin comerlo ni beberlo, solo un par de días más tarde y tras el partido del sábado por la mañana —que dio el pase a los Silver Jaguars a los cuartos de final—, me vi vestida con un conjunto de mallas y un top deportivo que en mi vida me hubiera atrevido a utilizar, haciendo estiramientos imposibles delante de un iPad y acompañada de mis amigas en nuestro salón.

Y con tres pares de ojos demasiados atentos a nuestros movimientos, de los cuales, los felinos eran los que más me ardían en la piel.