Aunque me dé miedo Capítulo 54
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Capítulo 54

Lía

Cuando llegué a casa tras el partido, todos me esperaban con la cena ya puesta —preparada según sus mensajes, comprada según el ticket del restaurante japonés de enfrente—.

Nuestros amigos no habían acudido y Bastian siempre solía llegar antes que yo, ya que Liam los acercaba a él y a Raúl en coche.

Hoy era una de nuestras noches «especiales», como tanto le gustaba llamarlas a Asier.

Es decir, pedir pizza o sushi para cenar.

En este caso, fue sushi. Cuando la planearon, les dejé claro que no pensaba volver a jugar al estúpido «verdad o reto».

Jamás acababa bien. Para muestra, la última vez que jugamos, Bastian y yo acabamos discutiendo de una forma muy desagradable.

Y era curioso, porque ese fue el primer paso para que nuestra relación comenzara a mejorar, aunque en estos momentos, yo estuviera molesta con él.

Dejé mi mochila en la habitación y pasé primero por el baño para lavarme las manos y quitarme la coleta. Volví al salón atusándome el pelo con los dedos, odiaba que me dejara marca el coletero.

—Tu cena, súper enfermera. —Claudia deslizó una bandejita con seis piezas de sushi por la mesita de café alrededor de la que estábamos todos sentados. Sonreí al escuchar su voz. Siempre estaba llena de dulzura.

El resto de bandejas estaban dispuestas en el centro de la mesa, de donde todos cogían. Siempre me apartaban mis piezas porque tenía una rara intolerancia al aguacate, y era lo mejor para evitar correr riesgos.

Durante unos cuantos minutos, mis amigos estuvieron hablando sobre cómo iban con las clases y las prácticas.

También me pareció escuchar algo sobre el proyecto del laboratorio.

Resultaba agotador que casi siempre tuviéramos el mismo tema de conversación, pero, al fin y al cabo, nos pasábamos el día en la universidad; era lo normal.

Abril estaba mucho más contenta que en el cuatrimestre pasado, pues ahora rotaba varios días a la semana por el servicio de cirugía, y ya había aprendido las suturas más básicas; y Claudia estaba en su salsa en la unidad de pediatría.

Creo que no había mejor destino para ella.

Yo ya me había resignado a dejar de quejarme de lo mío; siempre les contaba lo mismo: que si estaba agobiada por la cantidad de temario, que si acababa en todas las guardias de urgencias un pelín desbordada, que si no me servían de nada las prácticas del equipo de voleibol…

¿Para qué iba a repetirlo? Si ya estaban cansados de oírmelo decir.

En algún momento dado, cambiaron de tema de conversación. Me había abstraído tanto que no me había percatado.

—No te preocupes por la mano de Bastian, Lía —comentó Nico, sacándome así de mis pensamientos—. Es una simple distensión de los ligamentos, pero el muy gilipollas la ha reagudizado al jugar. Unos cuantos días de reposo y como nuevo.

Suerte con ello.

Me encogí de hombros y miré a Bastian, que intentaba coger sin mucho éxito las piezas de sushi con la mano derecha. Ya no quedaba rastro del rostro crispado que cargaba hacía un rato. Como si me estuviera leyendo la mente, levantó su mirada hacia mí y yo la desvié de inmediato.

—A ver cómo te las apañas para sacarle brillo a tu amigo siendo zurdo —soltó de repente Abril antes de llevarse comida a la boca.

Asier la miró asombrado y se le escapó una seca carcajada. Claudia se atragantó al escucharla y Nico tuvo que darle unos golpecitos en la espalda.

—No te preocupes por mis necesidades sexuales, pelirroja —contestó Bastian con una ladina sonrisa—. Dudo que tenga problemas en encontrar a alguien que lo haga por mí.

Todos estallaron en carcajadas ante su tan ingeniosa broma. O quién sabe, quizá no era broma. Todos menos yo. No le encontraba la gracia por ningún lado.

De pronto, la comida se me agrió en el estómago.

Me sentía muy incómoda, o molesta, otra vez.

No sabía lo que era. Y no era por su comentario, sino porque mientras yo me preocupaba por que no se hiciera daño y tirara por la borda el trabajo de toda la temporada, él bromeaba con ello como si no pasara nada.

—Me voy a la cama, estoy agotada —anuncié, levantándome del suelo.

—¿Tan pronto? —me cuestionó Nico, sorprendido.

—Pero si tienes la cena entera, Lía —intervino Asier, mirándome con el ceño fruncido.

Asentí con un rápido cabeceó y no di tiempo a que nadie me retuviera. No sabía qué me pasaba, pero necesitaba apartarme un momento. A lo mejor sí que me había molestado su comentario. O quizá estaba exagerando demasiado.

No me entendía ni yo.

Me metí rápidamente en la habitación, dejándolos a todos con la pieza de sushi a medio camino de la boca. Me giré para cerrar la puerta y di un pequeño respingo cuando casi me choqué con Bastian.

No quería que me siguiera.

Precisamente quería apartarme de él .

—¿Le acabas de cerrar la puerta a mis amigas en las narices? —pregunté, incrédula. Me había parecido ver a Claudia y a Abril intentando entrar tras él.

—Ya me lamentaré cuando salga. —Se encogió en sus hombros y me miró con la cabeza ladeada—. ¿Por qué te has ido así? —su voz desprendía casi tanta calidez como cautela.

—Por nada —mentí, yendo hasta mi escritorio ya ordenado para reordenarlo.

—¿Te ha sentado mal la comida? Nico ha dicho que en el restaurante habían preparado tu bandeja aparte.

Negué con la cabeza.

—¿No habrá sido por lo que te he dicho antes, no? —insistió—, lo de que eras un grano en el culo. —Por el rabillo del ojo vi que se acercaba con las manos hundidas en los bolsillos del chándal—. Era una broma, Lía.

—No —volví a mentí.

Claro que tenía algo que ver, pero no se lo iba a decir.

—¿Entonces?

—Que no es nada —respondí, volviéndome a él.

Sus ojos me observaron confusos, parecían incluso inquietos.

Abrí la boca, dispuesta a decirle que me repateaba que me preocupara más a mí que a él su integridad física, su continuidad en la temporada, sus posibilidades y oportunidades de futuro.

Pero la cerré de inmediato, porque no tenía sentido que fuera así.

Solté un suspiro cansado y me pasé la mano por la nuca.

—Estoy agotada. He tenido una guardia pesadísima. Apenas he dormido y luego encima hemos tenido el partido. Tengo la espalda agarrotada y me duele la cabeza —empecé a enumerar todas las excusas que se me ocurrieron para justificar mi irracional desazón.

—Si quieres… puedo ayudarte.

—¿Eh?

—Con la espalda. Acabas de decir que la tienes agarrotada, ¿no?

—Sí, pero…

Bastian acortó la distancia que nos separaba y se situó detrás de mi espalda. Todos mis músculos se tensaron al acertar lo que tenía en mente hacer.

—No. No hace falta, de verdad —me apresuré a decir, dando un paso al lado para apartarme.

—Hazme caso. —Sí, el que no me hacía él a mí—. Ya verás lo bien que te sientes después.

Dudé unos segundos, pero no sé por qué me resistí a mis intentos y dejé que se acercara de nuevo.

—Pon los brazos en cruz sobre el pecho.

El corazón me pegó un pequeño vuelco al escuchar su voz tan cerca de mi oído.

Ignorándolo, obedecí, y él pasó a rodearme con los suyos.

El calor de su cuerpo me invadió, al igual que su olor y, sin quererlo, me relajé sobre su pecho.

Me estrechó con fuerza entre ellos y dio un pequeño tironcito sobre mi cuerpo.

Ni siquiera noté el clic . No sé si me molestó.

Tan siquiera sé si me dolió. Me sentía tan a gusto ahí, cobijada en su circunstancial abrazo, que no fui capaz de pensar en nada más.

—¿Mejor? —Su voz retumbó en mi espalda y esa tan íntima cercanía me ocasionó un cosquilleo.

Asentí con una tímida sonrisa y escuché que dejaba escapar una risita nasal. Y no era mentira, me encontraba mucho mejor; igual si era verdad que me dolía la espalda. Tardó unos segundos de más en liberarme de sus brazos y, cuando lo hizo, me asoló una angustiosa sensación por echarlos de menos.

Lo que me faltaba.

Quería echarme a llorar.

Haciendo caso omiso a ese sentimiento, me giré de nuevo hacia él. Volvía a tener las manos metidas en los bolsillos y se había alejado unos cuantos pasos.

—Gracias —murmuré mientras me retiraba el pelo hacia un lado.

—Vente con todos al salón, anda —su voz se volvió mucho más suave—.

Si consigo que salgas, a lo mejor me libro de que Abril cumpla su amenaza.

Te juro que le tengo miedo, ¿eh? Y más ahora que estoy indefenso —bromeó, alzando la mano vendada.

Negué con la cabeza mientras se me escapaba una pequeña carcajada—. Además, se nos a enfriar la cena.

—Bastian. —Parpadeé—. El sushi se come frío.

—Tengo que seguir demostrándote lo estúpido que soy —se burló, dándose la vuelta para abrir la puerta. Torció el cuello para mirarme de nuevo—. A ratos.

Me reí con una risa un poco ronca mientras lo seguía, y me pareció verlo sonreír. Abrió la puerta y me hizo un gesto para que pasara.

—Detrás de ti.

Pasé por su lado, con su penetrante mirada clavada en mi espalda y conteniendo una sonrisa que no quería dejar salir.

Jamás pensé que Bastian pudiera preocuparse así por mí.