Aunque me dé miedo Capítulo 53
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Capítulo 53

Lía

Al día siguiente, justo antes del partido, Bastian apareció por mi consulta. No me atrevía ni a mirarle a la cara; me moría de la vergüenza. A saber qué habría pensado de mí con esos mensajes.

Debería darme igual. Pero no, no lo hacía.

—¿Me la vendas? Es que la tengo muy dura. La muñeca, digo —me pidió con una sonrisa burlona mientras apoyaba su cadera en el borde de la camilla.

La cara comenzó a arderme de inmediato, así que me giré a buscar el vendaje para que no lo viera. No me hacía gracia que continuara con esa broma, y no pensaba seguírsela, pero, aun así… que me la repitiera ayudó a que me sintiera un poco menos patética.

Me senté en la camilla para estar más cómoda y tomé su mano con cuidado.

—Bastian, la tienes hinchada. —Ignoré la mirada mordaz que me lanzó—. Así no puedes jugar —le advertí mientras empezaba a enrollar la venda alrededor de su articulación izquierda.

En ese momento agradecí que Nico me hubiera enseñado a hacer vendajes preventivos.

—Por eso quiero que me la vendes. Así la llevo reforzada y me siento más seguro.

Negué con la cabeza mientras seguía colocándole el vendaje. Volvió a clavar en mí su fija mirada. Resoplé, al borde de perder la calma, provocándole a él una carcajada.

—Que sepas que eres un irresponsable. Si te lesionas por emperrarte en jugar, quizá te haces algo mucho más grave y mandes a la mierda todo el trabajo hecho hasta aquí. Y todo tu esfuerzo no habrá servido de nada, y luego te arrepentirás —solté casi de carrerilla, terminando de fijar la sujeción.

—Joder, Lía. Qué agonías eres —espetó con amargura, apartando su mano ya vendada.

Me miró una última vez, ya sin rastro de diversión, y después salió de la consulta con el ceño fruncido.

Y yo me sentí una tonta por preocuparme por él.

No tenía que hacerlo.

—Te lo dije —le reproché apenas una hora y media después mientras le retiraba el vendaje para examinarle la muñeca—. Te dije que te harías daño, y no me hiciste caso. Y mira dónde estás ahora.

Bastian echó la cabeza hacia atrás, apoyando la cabeza en la pared. Esta vez, era él el que estaba sentado en la camilla, con gesto derrotado. La cinta le colgaba del cuello y el flequillo le caía por los ojos.

—Que sí, Lía —contestó, cansado.

—¿Y ahora qué, eh? Ahora a rezar porque no te la hayas fisurado.

—¿Qué me la voy a haber fisurado? Está resentida, nada más —dijo, claramente irritado.

Me forcé a no hacerlo durante el partido, pero, las veces que me sorprendí mirándolo, siempre se estaba tocando la muñeca. Estaba claro que le dolía. Pero él no podía parar, no. Tenía que forzar y aguantar hasta el final del partido.

Por lo menos, habían ganado.

Comencé a mover la muñeca con cuidado para comprobar que no hubiera limitación del movimiento antes de volver a vendársela, pero esta vez, con un vendaje más restrictivo. Bastian cerró los ojos con fuerza y ahogó un quejido de dolor.

—Te jodes, por no escucharme.

—Eres peor que un grano en el culo, tío —soltó entre dientes, exasperado.

Pegué un pequeño tironcito para terminar de fijarle el vendaje, ocasionándole otra mueca de dolor contenida. Parecía incapaz de mostrarse frágil ante nadie; siempre tenía que llevar esa máscara que fingía soportar todo. Hasta para un mísero dolor de muñeca.

Sabía que su actitud no era nada personal contra mí; que no era más que una muestra de que le preocupaba más de lo que quería admitir una posible lesión a esas alturas de la competición.

Y, aun así, me molestó. Mucho. Hasta hacía unos meses, sus malas formas y salidas de tono solo me provocaban rabia; pero ahora, generaban en mí otra cosa muy diferente.

Y eso no me gustaba nada.