Aunque me dé miedo Capítulo 51
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Capítulo 51

Lía

Los días pasaron y marzo llegó. Y algo fue cambiando.

Seguía igual de agobiada con aquellas asignaturas que cada vez se complicaban más; igual de estresada por culpa de las guardias; y con la misma sensación de no llegar a todo.

Pero mi relación con Bastian se había transformado y eso alteró el equilibrio de mi vida de una forma peligrosa.

Desde que vino a pedirme perdón a mi cuarto, entre nosotros se creó algo no hablado.

Fue como un punto de inflexión. Cada vez estaba más a gusto con él; me sentía bien estando a su lado, incluso cuando se empeñaba en sacarme de quicio.

Me hacía reír y, aunque sonara extraño, su sonrisa se agrandaba cuando escuchaba mi risa.

Después de todo lo que habíamos pasado, parecía que nos caíamos muy bien.

Quién nos lo iba a decir. A nosotros… y a nuestros amigos también, a juzgar por sus miradas desconfiadas.

Tras esa conversación en la que me permitió ver su pequeña grieta, quise saber más de él; conocerlo más.

Pero seguía siendo puro hermetismo, eso no cambiaba.

Aun así, descubrí muchas de sus manías en las que antes jamás me había fijado, como, por ejemplo, que nunca le echaba azúcar al café y siempre lo tomaba ardiendo; que cada vez que anotaba un punto en los partidos, se recolocaba la cinta del pelo, y que jugueteaba con cualquier cosa entre sus manos cuando se ponía nervioso.

Además, me di cuenta de que utilizaba la música cada vez que necesitaba concentrarse, ya fuera para estudiar o antes de los partidos; pero, asimismo, recurría a ella cuando le tocaba limpiar los baños o la cocina, o cuando, simplemente, estaba tumbado en su cama.

Y eso me hizo pensar que, tal vez, la música era una forma de acallar su cabeza cuando estaba a solas con ella, aunque no entendiera el por qué.

Siempre tenía el móvil cerca, y cada dos por tres estaba enredando con él; consultándolo o mandando audios.

A veces, cuando estábamos todos juntos, se apartaba para que no lo escucháramos hablar.

Y yo prefería no pensar con quién lo haría, ni cuántos mensajes intercambiaría a lo largo de la semana con diferentes chicas porque, de hacerlo…

el estómago se me retorcía, aunque no tuviera ningún derecho.

Solo había que ver el número de seguidores que tenía en Instagram para saber la amplia vida social que tenía; una barbaridad.

No como yo, que apenas pasaba de los doscientos entre amigos del instituto, los becados, algún compañero de clase y mi propia familia.

Lo había descubierto hacía poco, ya que, según nos encontramos por redes tras conocernos, nos bloqueamos los dos.

Y ahora no solo nos habíamos desbloqueado, sino que también nos seguíamos.

Yo apenas subía publicaciones; si acaso, alguna historia con Claudia y Abril, pero Bastian nunca las veía.

Y no sabía cómo sentirme al respecto.

Imaginé que él también estaría a gusto conmigo, porque, cada vez que podía, venía a mi consulta con la excusa o el objetivo de chincharme, todavía no lo tenía claro. Siempre acababa por echarlo, ya desquiciada, pero cuando se iba, volvía esa vertiginosa sonrisa.

Él no era el único que me buscaba. Cada vez me cundía menos el estudio durante las horas muertas en el banquillo cuando entrenaban o jugaban, porque me entretenía más viéndolos a ellos.

Viéndolo a él. Hasta me aprendí algunas de las reglas de voleibol.

A veces nuestras miradas se cruzaban. Él me sonreía y yo bajaba la cabeza con timidez, cautela y represión.

Mucha represión.

Y de todo lo que estaba cambiando, lo que más me descolocó fue que no volví a comer sola en la universidad.

Al viernes siguiente de esa conversación, mientras removía la poco apetitosa sopa que me había cogido para comer, los Silver Jaguars invadieron mi mesa.

Raúl me dio un tironcito en el pelo y se sentó a mi lado, y Liam me robó un trozo de pan.

Y, desde la otra punta de la mesa, Bastian me sonrió, y algo muy cálido se instauró en mi pecho.

Pero quise ignorarlo.

Quise seguir negándolo.

Porque Bastian no era un chico que me pudiera gustar, y me daba miedo que, al final, se hiciera realidad.