Capítulo 50
Lía
Los domingos eran menos domingos si estaba repantingada en mi cama, con mis dos amigas a cada uno de mis lados, viendo Sabrina, cosa de brujas . Aunque estuviéramos apretujadas y muertas de calor por culpa de la calefacción central —la subían demasiado—, esa podría ser mi definición de felicidad.
Pero dos golpes decidieron alterar nuestra calma.
—¡No estamos! —vociferó Abril.
Se escuchó un «joder» irritado detrás de la puerta.
—¿Qué quiere? —bisbisó Claudia.
Por la forma de llamar, sabíamos perfectamente quién era.
Sin que nadie lo invitara, abrió la puerta y encendió la luz. Mi cuerpo se tensó de inmediato.
—¿Qué parte de que no estamos no has entendido? —inquirió Abril con retintín.
Bastian suspiró con gesto cansado y se cruzó de brazos.
—¿Me dejáis un momento a solas con Lía, por favor? Tengo que hablar con ella.
No quería hablar con él, seguía enfadada.
Llevaba todo el día sin dirigirle la palabra, desde que ayer por la tarde le cantara las cuarenta en el vestuario.
Prefería seguir así, pero mis amigas cedieron antes de lo que me hubiera gustado.
Farfullando algo que no logré escuchar, Abril paró el capítulo y se levantó, dejando el portátil en mi escritorio.
Claudia fue tras ella y juntas se dirigieron hacia la puerta.
Antes de salir, la pelirroja le dijo algo a Bastian en el oído y, por la cara de este, muy amistoso no parecía haber sido.
La puerta se cerró y puso en mí su mirada.
—Acaba de amenazarme con cortarme los huevos —se chivó, señalando con el pulgar hacia la puerta.
—No te mereces menos que eso —murmuré sin ningún tipo de humor.
Hundió las manos en los bolsillos de sus joggers negros con una lánguida sonrisa asomando en sus labios. Tras unos segundos de titubeo, se acercó hasta mi cama.
—¿Puedo? —Señaló con la barbilla hacia el sitio que quedaba a mi lado.
Resignada, me moví hacia la pared para hacerle espacio y que se sentara.
Lo que no esperaba era que se descalzara y se metiera en mi cama.
Apoyó la espalda en mi cabecero y cogió el cojín que antes estaba utilizando Abril para acomodárselo en los hombros.
Me encogí un poco para que no se rozaran nuestros brazos, pero la tela de su pantalón sí lo hacía con la piel de mis piernas y eso me distraía más de lo que debería.
Me puse un pantalón corto para no asfixiarme al estar las tres juntas y ahora me estaba arrepintiendo de tomar esa decisión.
—Tu dirás —dije al fin para desviar mi atención.
No me podía poner tan nerviosa por tenerlo al lado. No tenía sentido. No podía hacerlo.
—Siento mucho lo que hice ayer —se disculpó. No lo estaba mirando, pero por el rabillo del ojo me pareció ver que tenía la vista clavada en el techo—. No tengo ningún derecho a tratarte así.
—Metiste la pata hasta el fondo.
—Lo sé.
—Te comportaste como un auténtico estúpido.
—Toda la razón.
—Y me humillaste delante de todo el pabellón.
—No quise hacerlo.
No sé si fue por la forma en la que lo dijo, casi en un susurro, o por lo arrepentido que sonó, que algo se me removió por dentro. Pero ni aun así iba a conseguir que me ablandara.
—Por si te sirve de consuelo, me sancionaron.
Fruncí el ceño por el pinchazo de culpabilidad que se me clavó en el pecho. No porque lo hicieran, al fin y al cabo, se lo había buscado; sino por haberlo deseado. Giré el cuello para mirarlo; había bajado su mirada a sus dedos, que jugaban con los cordones de sus pantalones.
—¿Mucho?
—Nah. —Hizo un mohín con los labios—. Una simple amonestación. Me da mucho más miedo que Abril cumpla su amenaza.
Sin querer, se me escapó una pequeña carcajada. Me pareció que su cuerpo se relajaba a mi lado al escucharme, pero me resistí a imitarlo. Aunque respirar su olor tan cerca y notar el calor que emanaba no ayudaba.
—¿Por qué reaccionaste de esa manera? Ese chico estaba sufriendo una crisis respiratoria. Solo fue un susto, pero podría haber sido mucho más grave.
—Lo sé. No es por justificarme, pero estaba un poco nervioso y… —exasperó con un dejé derrotado— se me fue la pinza.
Por primera vez en mi vida, me pareció verlo avergonzado por sus actos.
—¿Nervioso? ¿Por qué?
Bastian apretó los labios, como si no quisiera contármelo. Se mantuvo unos segundos callado, quizá sopesando si hacerlo.
—Supongo que a medida que avanza la temporada, siento más presión y…
me cuesta mantener más la calma cuando las cosas no salen bien —admitió.
Eso pareció relajarlo un poco más, porque dejó caer las manos en sus piernas.
Los ojos se me fueron a sus venas—. El representante deportivo de la LUHS me ha dicho que ya hay varios equipos profesionales interesados en mí.
Por lo visto, cuando acabe la carrera, podría tener unas cuantas ofertas sobre la mesa.
En algún momento dado, mientras lo escuchaba hablar, mis desobedientes dedos comenzaron a trazar el trayecto de las venas de su mano y su antebrazo. Me gustaba el tacto y la calidez de su piel, pero, sobre todo, la sensación de su vello erizándose bajo la mía.
—Pero esa es una buena noticia, ¿no? —Me volví a él.
Parpadeó y se encogió de hombros.
—Supongo que sí.
No sabía por qué, pero a través de esa minúscula grieta que había abierto ante mí, pude intuir que él no lo sentía así, o no del todo. Y no entendía por qué, si en teoría era su sueño. Vivía por y para el voleibol.
Al verlo así, expuesto, casi vulnerable, humano, me dieron ganas de darle un abrazo; él también los necesitaría de vez en cuando.
Pero unos tímidos roces sobre mi pierna desnuda lograron borrarme la idea de la cabeza a tiempo.
Bajé la mirada y el corazón me dio un vuelco cuando descubrí que su brazo, al que yo seguía acariciando, estaba sobre mi pierna.
Él hacía lo mismo sobre mi muslo, provocándome un agradable y peligroso cosquilleo.
Retiré la mano de inmediato. Bastian tardó unos segundos más, pero cuando se dio cuenta, carraspeó y se separó un poco de mi lado para poner distancia.
Mejor.
La necesitaba.
De pronto, una pesada tensión me hundía en mi propio colchón.
Ninguno dijo nada; nos habíamos quedado demasiado cortados. Me pareció extraño que estuviera todo el día haciendo bromas sexuales con Asier, que tuviera una asquerosa facilidad para ligar y para estar con la chica que quisiera, pero que un simple roce lo cohibiera.
En mí si era normal; en él, no.
—Que sepas que te perdono, pero todavía sigo enfadada —rompí ese silencio tan incómodo.
Soltó una devastada carcajada.
—Lo asumo.
—No vuelvas a hacerlo —mi voz se tornó un poco más seria.
Se giró para mirarme con sus felinos y penetrantes ojos verdes.
—No lo haré.
Hacía solo unos pocos meses me resultaría imposible imaginarme a Bastian doblegarse de esta manera, pero confiaba en que estuviera siendo sincero. Quise creerlo.
—Era majo, ¿no? El chico al que le costaba respirar —aclaró cuando arrugué el ceño.
—¡Ah! Luke, sí. Bastante agradable. Quería agradecerme que lo atendiera y bueno, como a mí me da un poco de miedo ir sola de noche por estas calles, pues… Pero solo eso, no tenía ninguna otra intención —me apresuré a explicarle al recordarlo asomado en el descansillo.
Encogió los hombros y cabeceó con una mueca parecida a una sonrisa.
—No es asunto mío.
—Ya.
Sentí un pequeño arañacito en el pecho porque, igual… si me hubiera gustado que lo fuera.
Madre mía, ¿qué hacía pensando así?
Bastian exhaló un largo suspiro y se frotó las manos contra los muslos, y yo me perdí en ese movimiento.
—Te gusta mucho leer, ¿verdad?
—¿Eh? —Estiró el brazo para coger el libro que tenía en la mesilla y lo agitó para mostrármelo—. Ah, sí. Ahora no tengo mucho tiempo, pero cada vez que puedo…
Giró el libro y comenzó a leer la sinopsis.
—¿Y siempre lees romance?
Un estúpido calor me subió por las mejillas.
Me había enfrentado mil veces a que otras personas me dieran lecciones de literatura y que cuestionaran mi afición a la lectura porque solo me gustara el romance, hasta el punto de llegar a avergonzarme.
Pero para mí leer era un placer y si me imponía otros géneros que no me resultaban atractivos, dejaba de serlo.
—Sí. Bueno, yo… —Se me escapó una risita nasal—. Es lo que me gusta —admití.
Bastian asintió con la cabeza y abrió el libro por donde lo había dejado marcado.
—Lo de utilizar un marcapáginas normal no va contigo, ¿eh? —comentó divertido, jugueteando con el compresor que señalaba mi última página leída.
—¿No te vas a reír de mí? —pregunté de golpe.
—¿Por qué iba a hacerlo? —repuso despreocupado mientras pasaba las páginas del libro.
Lo miré casi perpleja. Si había alguien que podría ridiculizarme por mis gustos literarios, ese era Bastian.
—Pensé que te meterías conmigo. —Se volvió hacia mí con el gesto extrañado—. Por lo que me dijiste. Eso de que soñaba con vivir las historias de amor de mis libros —recordé nuestra conversación en el descansillo hacía ya un mes.
Y al hacerlo, una sensación desagradable invadió mi pecho. Por lo que escuché antes de subir. Por lo que me confesó cuando subió él.
—Cada uno se evade como quiere y como puede, Lía. —Se centró de nuevo en el libro—. Ojalá a mí me sirviera la lectura.
Me sentí aliviada porque no me juzgara; sabía que no tenía por qué, pero así era como me habían hecho sentir toda mi vida. Y también me sorprendí, porque, aunque pudiera sonar feo… no me lo esperaba de él.
Bastian siguió pasando páginas, ajeno a mi mirada.
Me hubiera gustado preguntarle a qué se refería con esa última frase.
Si él no tenía nada que lo ayudara a distraerse; nada en lo que pudiera refugiarse.
Y entonces volví de nuevo a nuestra conversación en el descansillo.
A cuando admitió que, para él, el sexo no era más que diversión.
Quizá no era una forma de pasárselo bien.
Quizá…
—Hostia —su voz me sacó de mis pensamientos—. Sabía que te gustaba el romantiqueo , pero no contaba con que eso incluyera también escenas guarras.
Me miró con diversión y el calor de mi cara se hizo mucho más intenso.
—Dame el libro. —Me giré hacia él para quitárselo.
Negó con una traviesa sonrisa y alargó el brazo para poner el libro fuera de mi alcance.
—Bastian… —le advertí, levantándome sobre mis rodillas.
Me apartó con la mano cuando me incliné sobre él y fingió seguir leyendo.
—Déjame, que quiero coger ideas.
Se me escapó una carcajada y su sonrisa se hizo mucho más amplia.
Atiné a agarrar el libro y tiré para quitárselo de las manos.
Y así, durante unos segundos, forcejeamos entre carcajadas, hasta que la puerta se abrió de golpe.
Me separé apresurada, con la risa de Bastian todavía apagándose en sus labios.
Claudia y Abril nos miraron con los ojos como platos, hasta que la pelirroja por fin se centró en Bastian.
—¿Piensas quedarte aquí toda la noche, o qué pasa?
—¿Por qué no? —Ladeó la cabeza—. Ni que fuera la primera vez que compartiésemos cama.
Una corriente fría me recorrió la espalda. Las miradas de mis amigas se me clavaron como flechas y yo me quedé congelada. Bastian se levantó como si nada y dejó el libro sobre el escritorio.
—Ah, ¿no os lo ha contado? —se pavoneó.
Pasó por detrás de ellas y, antes de salir por la puerta, me dedicó una media sonrisa mientras yo le lanzaba una mirada asesina.
Lo iba a matar.
Me había dejado a los pies de los caballos.
—¿Qué narices…?
Claudia y Abril seguían mirándome anonadas.
—No es lo que parece —solté con urgencia.
Y así, por culpa de Bastian, en lugar de continuar con el capítulo, me pasé las siguientes horas explicándoles a mis amigas por qué tuvimos que dormir juntos en mi habitación del hotel aquella noche de noviembre.
Y también tuve que soportar sin rechistar sus reprimendas por no habérselo contado antes.
Si no lo hice, fue porque no tuvo importancia.
O yo no quise que la tuviera. Y aunque no quedaran convencidas, conseguí que me dejaran en paz antes de traicionarme a mí misma reconociendo algo que no me permitía hacer.
Cuando por fin me acosté, vi el libro sobre mi escritorio, torcido.
Cerré los ojos con la esperanza de dormirme pronto y, sin querer, una vertiginosa sonrisa tiró de mis labios.
Me giré boca arriba y los abrí de nuevo, mirando el techo.
Y mi cabeza me llevó al recuerdo de esa tarde.
No me di cuenta de que estaba dando toquecitos despreocupados con el nudillo en la pared hasta que sonaron dos golpecitos desde el otro lado.
Paré unos segundos, frunciendo el ceño. Volví a dar otros dos, por si acaso.
El corazón me dio un vuelco cuando la pared me devolvió la respuesta con un par de toques más.
Repetí la llamada y Abril me chistó desde su cama.
Dejé la mano quieta sin dar el segundo toque y un instante después, sonaron otros golpes que se quedarían toda la noche sin respuesta.
Me giré, dándole la espalda a la pared, y me obligué a borrar la sonrisa, que se había hecho más grande.