Aunque me dé miedo Capítulo 49
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Capítulo 49

Bastian

Bajo la oscura y fría noche de Lincoln, reía y le sonreía. Parecía relajada. Estaba a gusto con él, aunque lo acabara de conocer.

Dudaba que alguna vez la pudiera ver así conmigo.

Me lo tenía merecido. Por estúpido. Por impulsivo.

Y quizá, era lo mejor para mí. Que ella no me viera de otra manera que no fuera esa.

Pero mi blindaje llevaba semanas fisurado, y con cada segundo compartido, se abría más. Aunque el recuerdo de su sombra y mi culpa me atenazaran la garganta, cada vez me costaba más mantener esa máscara frente a ella .

Y ese era mi mayor problema y dilema.

Me sentía a salvo sin ella.

Me sentía muy bien cerca de ella .

Agaché la mirada cuando se quitó la coleta y su cabello comenzó a caer como una cascada. Prefería no verlo. La vibración del metal me obligó a desviarla hacia las escaleras.

—Te juro que no entiendo esta estúpida manía que tenéis Lía y tú de jugaros la vida subiéndoos aquí cada vez que os entra la depresión.

Suspiré con un pinchazo amargo en el pecho.

—¿Para qué subes? —Seguí con mis ojos cómo alcanzaba los últimos escalones con pasos temblorosos.

—Para que bajes tú.

Nico se colocó a mi lado y se agarró con fuerza a la barandilla de aquel descansillo. Solté una carcajada seca viendo cómo luchaba porque sus piernas se mantuvieran firmes.

—Estás cagado, ¿eh?

—Pues sí, para qué te voy a mentir. Pero estoy faltando a mi instinto de supervivencia por ti.

Borré los restos de risa que quedaban en mis labios y clavé la mirada de nuevo hacia el suelo. A diferencia de Nico, yo no tenía vértigo a las alturas.

Aunque a otras cosas, quizá demasiado.

—¿Qué ha pasado antes en el partido? —inquirió tras unos segundos en silencio. Lejos del reproche, su voz sonaba a una invitación a que me abriera.

Me hundí en mis hombros. Era un castigo recordarlo.

—Nada.

¿Para qué se lo iba a contar?, si todos lo habían visto. Para mi mala suerte, estaban en las gradas. Todavía sentía la mirada asesina de Abril quemándome la piel.

—La has cagado.

—Lo sé.

Me dio unas palmaditas en la espalda, que no sabía si eran un consuelo o más bien una forma de grabármelo a fuego, y cruzó la barrera de seguridad con todo su largo cuerpo sacudiéndose como si fuera un flan.

—Tira para abajo, que sigues teniendo la espalda muy cargada. Te voy a crujir.

Su amenaza se perdió por las escaleras de emergencia y un recuerdo me hizo sonreír.