Aunque me dé miedo Capítulo 48
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Capítulo 48

Lía

La tensión que flotaba dentro de ese pabellón era insoportable, sobre todo desde el banquillo.

Lo notaba en cómo se llevaban las manos a la cara con frustración los jugadores suplentes y el propio entrenador cada vez que en la pista los Silver Jaguars perdían un punto, o en cómo chasqueaban la lengua cuando fallaban el saque.

El marcador iba muy igualado y, por lo que sabía, ganar este partido contra los Raging Storm , de la Universidad de Omaha, para ellos no solo suponía unos cuantos puntos más en la tabla de la clasificación, sino que era una cuestión de orgullo.

En fin, problemas del primer mundo.

—¿Qué cojones haces, Lassard? ¡Controla el golpe, joder!, ¡que pareces nuevo! —vociferó Oliver a Bastian desde la banda cuando remató con tanta fuerza que el balón se fue fuera.

Bastian apretó los dientes asumiendo su error. Tenía los brazos en jarra y su pecho subía y bajaba con brusquedad. Raúl le dio una rápida y cómplice palmada en el pecho al pasar por su lado, a la que él respondió con otra en la espalda, y retomaron el juego.

Y yo volví a mis apuntes. No sabía por qué, pero tenía pinta de que Gestión de los Servicios de Enfermería iba a ser una asignatura que me costara unos cuantos lloros.

Estaba repasando los conceptos de los sistemas de salud, que diferían claramente de los de España, cuando un revuelo me obligó a mirar de nuevo hacia la pista.

El árbitro había parado el partido y los jugadores del equipo contrario se arremolinaban alrededor de uno de ellos en el campo contrario. Sin pensarlo, salí corriendo.

—¿Qué ha pasado? —pregunté al llegar hasta ellos. Tenía el pulso trepándome por la garganta, pero creo que no lo percibieron.

Me arrodillé junto a un chico rubio sentado el suelo de la pista. Tenía una mano en el pecho y respiraba con cierta dificultad.

—Es solo un poco de asma —quiso tranquilizarme, pero consiguió el efecto contrario.

—Déjame ver un momento —le pedí, tratando de mantener la calma.

Saqué el fonendo de mi bolsillo —por fin le iba a dar uso para algo más que no fuera tomar tensiones a jugadores deshidratados en seis meses— y el chico se levantó la camiseta para que pudiera auscultarle.

Antes de poder pegar la campana a su espalda, alguien me agarró con fuerza del brazo y me levantó de un tirón.

—¿Qué cojones haces? —Bastian, a un palmo de mi cara, me miró con unos ojos prendidos—. Eres de nuestro equipo. No estás aquí para ayudar al rival.

Parpadeé, perpleja. No me podía creer que me estuviera recriminando que atendiera a un pobre chico en plena crisis respiratoria por un maldito partido de mierda.

Mucho menos, que se creyera con el derecho de hacerme sentir así de sumisa.

Lo miré con desagrado, de una forma que hacía mucho que no lo miraba, y luego bajé la vista al punto exacto en el que sostenía mi brazo.

Su agarré se aflojó y me zafé de él con un jalón.

Me agaché de nuevo frente al jugador, con la mandíbula tan apretada que me dolía.

Me incliné sobre él para poder auscultar su espalda, y traté de concentrarme en los sonidos que hacía al respirar.

Ignoré si Bastian seguiría ahí plantado.

Tenía tanta rabia que, por un segundo, deseé que lo sancionaran por haber cruzado la red.

—Tienes sibilancias —le informé al escuchar el pitido que hacían sus pulmones al soltar el aire—. Pero son tenues, tranquilo.

—No te preocupes por mí. —Tosió—. Si esto no es nada, con echarme unos pufs del inhalador se me pasa.

Se levantó con ayuda de otro de los jugadores e inspiró hondo para coger más aire.

—Te acompaño a que te lo eches.

Tenía buen color de labios y aunque tosiera, podía hablar, por lo que la situación era completamente manejable; pero así me quedaba más tranquila.

Lo acompañé hasta el banquillo de su equipo y no regresé al mío hasta que me aseguré de que respiraba con normalidad.

Después, volví a mi lugar, pero ya no pude estudiar más.

Tenía una ira brotando por mis venas por culpa del chico que se mesaba el pelo con frustración por haber perdido otro punto.

El otro día en mi consulta me dijo que las cosas estaban cambiando. Y una mierda. Él seguía siendo un estúpido con el ego del tamaño de una catedral, creyéndose siempre superior a los demás

Cuando el árbitro señaló el final del partido, declarando así la victoria de los Raging Storm , guardé con rapidez todos mis apuntes y cogí mi maletín para largarme cuanto antes de ahí. Sin embargo, el chico del ataque de asma me paró antes de que pudiera hacerlo.

—Quería darte las gracias por lo de antes… —se quedó con la palabra flotando en el aire.

—Lía —le hice saber con una sonrisa.

—Encantado, Lía. —Me devolvió el gesto—. Yo soy Luke.

—Encantada, Luke —le correspondí—. No me las des, al fin y al cabo, es mi trabajo. —Bueno, mis prácticas. Pero decir eso no quedaba tan bien—. ¿Estás mejor?

—Sí, no te preocupes. Estoy acostumbrado a que me pasen estas cosas. —Se pasó la mano por los mechones todavía sudados—. El asma es una putada, pero el mío es fácil de controlar.

—Deberías echarte el inhalador unos quince minutos antes de los partidos —dije, recolocándome la carpeta con los apuntes bajo el brazo. Se me estaba resbalando.

—Sí, lo sé —admitió con una risa cansada—. Déjame compensarte de alguna forma por haberte enfrentado a tu capitán por mí.

Justo entonces, Bastian pasó por nuestro lado con el mentón contraído sin tan siquiera mirarnos. Y mi enfado se reavivó.

—Nada con lo que no pueda lidiar. —Me volví a él, fingiendo una sonrisa—. No hace falta, de verdad. Además, es tarde y tendrás que volver a…

—Déjame acompañarte a casa aunque sea. —Lo miré sorprendida—. Bueno, perdona. Quizá vas en coche o ya tienes otros planes.

—No, no. Tranquilo. Vivo un poco apartada de aquí y no me gusta caminar sola de noche, así que… bueno, no me vendría mal.

La curva de su boca se ensanchó.

—Pues me ducho y te espero en la salida.

—Genial.

Me despedí de él a la salida del pabellón, convencida de que no era ninguna locura haber aceptado su propuesta.

El chico parecía majo y eran más de las ocho de la tarde, por lo que las calles ya estarían a oscuras.

Siempre me había dado un poco de miedo moverme sola por esta ciudad de noche, por lo que no lo veía tan mala idea.

Me encaminé hacia la consulta de enfermería, pero antes de llegar, me paré en la puerta del vestuario.

No pensaba dejar que se saliera con la suya una vez más.

Abrí la puerta de sopetón y caminé con paso firme buscando a Bastian.

No me importaba ni lo más mínimo que algún jugador estuviera desnudo.

Que se taparan, ese no era problema mío.

Algún murmullo escuché, pero lo ignoré. Una nueva chispa de rabia me prendió cuando lo localicé de pie frente a su taquilla, sin camiseta, preparándose para la ducha.

Me acerqué por su espalda —obligándome a no fijarme en lo musculada que era— y, al igual que hizo él conmigo, lo agarré de la muñeca, provocándole un pequeño susto.

Me lo llevé a un rincón apartado, y él me siguió sin resistirse.

Lo solté y me planté frente a él.

—Ni se te ocurra volver a cogerme de esa manera ni a hablarme así.

Ni delante de nadie ni a solas —le espeté a la cara—.

La enfermera soy yo , y yo decido cuándo tengo actuar.

Tú —le clavé el dedo en el pecho— no me lo tienes que mandar.

Me importa una mierda que seas el capitán y me da igual que fuerais perdiendo.

No eres quién para decirme lo que tengo que hacer, y no tienes ningún derecho a humillarme como lo has hecho.

Terminé de hablar sintiendo como volvía esa ola de adrenalina.

Tenía la respiración acelerada e imaginé que la vena del cuello a punto de reventar.

Bastian permaneció inmóvil escuchando mis palabras, con la mirada fija en mí.

Pero no era afilada. Tampoco cómplice. Era rara, como cansada.

Y ahora que por fin había terminado, se quedó callado.

Lo único que hizo fue apretar los labios y agachar la mirada al suelo.

—¿No piensas decir nada?

La rabia me tenía nublada. Quería que me rebatiera. Que me pidiera perdón o que peleara. Que me llamara niñata o que se crispara, como siempre hacía. Pero no hizo nada y eso me enfadó mucho más. Y la inexplicable ambivalencia que creía dentro de mí solo lo empeoró.

Dejé escapar toda mi frustración con una exhalación.

—Soy de vuestro equipo para lo que queréis —murmuré, más dolida de lo que me gustaría admitir.

Me marché del vestuario deseando perderlo de vista.

Luke me pareció un chico muy agradable, incluso gracioso; hasta me hizo alguna que otra broma sin maldad durante el camino.

Respiré aliviada cuando comprobé que su intención por acompañarme a casa era genuina y que no tenía ningún tipo de interés romántico en mí.

No hubiera sabido cómo quitármelo de encima.

Me contó que estaba en el último año de la carrera de Ciencias del Deporte y que, al terminar, le gustaría ser preparador físico.

También me confesó que le resultaba extraño que mis prácticas fueran en el equipo de la universidad.

Normal, yo aún no les había encontrado el sentido.

Tras un agradable pero frío y húmedo paseo de veinte minutos, llegamos a la entrada de la residencia. La despedida fue rápida, con un breve intercambio de sonrisas. Imaginé que en algún momento volveríamos a cruzarnos. No tenía duda de que volverían a enfrentarse en la pista.

Me quité la coleta —tenía que dejar de hacérmelas tan apretadas— mientras me encaminaba hacia el portal.

Sin querer miré hacia arriba, hacia el descansillo.

Bastian estaba apoyado en la barandilla, cabizbajo.

No sabía si nos habría visto. Abrí la puerta del edificio con una incómoda sensación acompañándome.

No tenía sentido que me sintiera mal, porque no había hecho nada con ese chico.

Y aunque así hubiera sido, tampoco.

Aun así, subí a nuestro piso con algo muy molesto apretándome dentro del pecho.