Aunque me dé miedo Capítulo 47
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Capítulo 47

Lía

—Ey, chicos —Nico llamó nuestra atención con la mirada puesta en su móvil—. Ya están las notas, me acaba de llegar el correo.

El corazón me dio un vuelco y casi me atraganté con la comida. Hacía más de tres semanas que terminamos los exámenes finales y aún no sabíamos nada de las calificaciones; ya me había olvidado prácticamente de ellas. Vivía más tranquila en la ignorancia.

Y más feliz.

—No quiero ni mirarlas —negó Claudia temerosa, con la vista puesta en su plato.

—Venga ya, pequeña cerebrito. Si les habrás pegado un repaso a todos los de tu curso —dijo Nico, curvando sus labios de una forma encantadora.

A Claudia se le escapó una tímida sonrisita que me llenó de ternura. Abril exageró un carraspeo, dándose por aludida.

—No te pongas celosa, pelirroja. —Le lanzó un beso al aire burlón, a lo que ella respondió haciéndole una peineta.

Prefería presenciar su absurdo pique a comprobar mi correo.

Quien sí lo estaba haciendo era Bastian, sentado frente a mí.

Ahora que con el segundo cuatrimestre los horarios habían vuelto a la normalidad, volvimos a comer todos juntos en la cafetería de la LUHS.

Bueno, no del todo. Les habían reducido las horas del voluntariado liberándoles de la tarde de los viernes, así que ese día directamente se iban a casa a comer; de forma que Bastian se iba con los del equipo y yo comía sola.

Me sentía un poco como un bicho raro ocupando toda una mesa de la cafetería para mí, pero lo prefería a estar solas con él.

Desde el jueguecito con el preservativo, intentaba evitarlo. Aunque él parecía que ni se acordaba.

—Pf —resopló Asier con alivio y se guardó el móvil en los pantalones—. Limpio. Menos mal, estaba cagado.

—¿Por encima del C?

—Sí, tío.

—Yo igual.

Mis amigos chocaron los puños con camaradería. Abril soltó un dramático gemido de alivio y en la cara de Claudia desapareció todo ápice de tensión. Saqué mi móvil yo también de la mochila y, con el corazón en la garganta, comprobé el correo, pero me abofeteó un golpe de decepción.

—Las mías todavía no están. Parecen que disfrutan alargándonos la agonía a los de Enfermería.

—¿Y las tuyas, Bastian? —inquirió Nico

Este asintió con la cabeza, sin demasiado entusiasmo.

—Todo C. Suficiente.

—Qué mamón —intervino Asier—, a ti con rendir en el equipo ya te vale. —Bastian se encogió de hombros, despreocupado—. ¿Te queda alguna este cuatri?

—Intervención y tratamiento psicológico; la que tengo pendiente de tercero. Bueno, más el Proyecto de Fin de Carrera y terminar las prácticas.

Sentí un pequeño pinchazo en el estómago.

—¿Y cómo vais en la liga? —preguntó de pronto Nico—. Ya en nada os metéis en octavos, ¿no?

Bastian asintió dando un trago de agua a su botella. Miré hacia otro lado para no fijarme en el movimiento de su cuello.

—A finales de febrero, sí. En un par de semanas —confirmó mientras cerraba el tapón de la botella con fuerza.

—Eso es pan comido, si habéis ganado prácticamente todos los partidos de la fase de grupos.

—Ya, pero este sábado nos toca contra los Raging Storm , de la Universidad de Omaha. Son los más jodidos.

—Esos son los vigentes campeones de la liga de la NCAA, ¿no?

—Sí —respondió Bastian entre dientes.

Por lo que tenía entendido, les ganaron el partido final en la temporada pasada, por lo que los Silver Jaguars eran los subcampeones.

—No creo que tengáis mucho que temerles —le tranquilizó Nico—. Este año estáis ganando los partidos con muchísima diferencia de puntos, y casi siempre los habéis sacado con tres sets.

Bastian suspiró, pero no contestó. Pegué un pequeño brinco cuando me dio un golpecito con el pie por debajo de la mesa.

—Termina de comer, niñata; que llegamos tarde al entrenamiento.

Lo fulminé con la mirada y él me dedicó una media sonrisa.

Odiaba que me mirara así.

De verdad, prefería que no lo hiciera.

—Suficiente por hoy, chicos. A las duchas.

Oliver dio una sonora palmada que retumbó entre las paredes del pabellón, dando así por finalizado el entrenamiento.

Los jugadores armaron su típico revuelo al que ya me tenían acostumbrada mientras recogían sus cosas para marcharse.

Me levanté del banquillo para hacer lo mismo, pero justo mi móvil me vibró en el bolsillo.

Lo saqué con un poco de reticencia, y vi en la pantalla la notificación del correo.

Las notas.

La respiración se me quedó atascada en la garganta y me senté por si acaso las piernas me echaban a temblar.

Abrí el correo y me quedé con el dedo a medio camino de pulsar el enlace que me redirigiría a las calificaciones.

No me atrevía. No me habían salido muy mal lo exámenes, pero tampoco muy bien.

Y eso podría significar una D, es decir, un suficiente; lo cual no era suficiente para mantener la beca.

Cuando por fin me convencí de hacerlo, intuí un cuerpo dejándose caer en el centro de la pista.

Me olvidé un momento del móvil y resoplando, me acerqué a él.

—¿Se puede saber qué haces?

Me planté a su lado, con los brazos en jarra. Bastian estaba tendido en el suelo, bocarriba y con los brazos y las piernas extendidas. Todavía llevaba puesta la cinta que usaba para que no le estorbara el pelo.

—Estoy reventado, el cabrón de Oliver nos ha machacado —respondió con los ojos cerrados. Hizo una mueca de dolor—. Tengo la espalda destrozada.

—¿Y hacer la estrella de mar en el suelo te ayuda?

—Relaja…

Me mordí el labio para contener una risa. Últimamente hacía demasiado el payaso. O quizá siempre había sido así, pero yo nunca me había fijado. Me quité la coleta, me dolía la cabeza de llevarla tantas horas, y el pelo me cayó por la cara como una cortina.

—Venga, levántate —le pedí, peinándome con los dedos—. Que hasta que no te duches tú, no puedo hacerlo yo. A este paso, voy a llegar tarde a la guardia del hospital.

Me tendió la mano para que le ayudara. Puse los ojos en blanco, pero se la cogí para no perder más tiempo y tiré de él con fuerza. El muy idiota hizo palanca con una traviesa sonrisa en los labios y me llevó con él al suelo, cayendo de rodillas a su lado.

—¡Bastian! ¿Eres tonto o qué te pasa?

—Llevas año y medio pensándolo, no te hagas ahora la sorprendida.

—Me podías haber hecho daño —espeté, irritada.

—Anda ya, si ni siquiera he hecho fuerza.

Bufé con hastío y apoyé las manos en el suelo para levantarme.

—No, espera —me paró Bastian, que ahora estaba sentado—. Crújemela, porfa .

El corazón me dio un doloroso —y aterrador— vuelco en el pecho.

—¿¿Qué??

Abrió los ojos casi tanto como yo.

—La espalda —aclaró.

Respiré, sintiendo como mi pecho se desinflaba. Menuda ridícula estaba hecha.

—Pídeselo a Nico en casa, para algo es el fisio.

—Es que me lo cobra en cervezas.

—Como si eso fuera un problema para ti.

Soltó una carcajada con la que me dio la razón mientras me daba la espalda y cruzaba los brazos sobre su pecho.

—Anda, si es solo un apretón.

Sabía perfectamente que se refería a la espalda y no a otra cosa, pero a mi cabeza últimamente le daba por ir por libre. Dejé de resistirme y lo rodeé por la espalda; cuanto antes lo hiciera, antes me largaba de ahí. Apreté con fuerza e intenté pegar un tirón hacia arriba.

—¿A qué pensabas que me refería? —me preguntó de pronto con una voz divertida.

Se me aceleraron dos latidos de más y la fuerza se me escapó.

—A nada —me apresuré a contestar. Menos mal que estaba detrás de él y no podía ver lo roja que me había puesto.

Soltó una risita por la nariz y, pasando de él, lo volví a intentar.

—Lía, con más fuerza y un poquito más de ganas. Que así no sale nada.

Lo solté de golpe. No dejaba de encontrar segundas intenciones a sus palabras y me estaba costando demasiado mantener la compostura. Lo peor era que solo eran cosas mías.

—¿Por qué te quitas? —Torció el cuello para mirarme, extrañado.

—Estás sudado y me estás pringando —mentí.

Me levanté, dejándolo ahí plantado. Cogí mis cosas del banquillo y me encaminé hacia la consulta de enfermería, notando mis latidos demasiado alterados. Pero no pude respirar tranquila, ya que Bastian me siguió.

—¿Qué quieres ahora? —arrastré las palabras con impaciencia mientras dejaba mis cosas en la camilla.

—¿Te han dado ya las notas? —preguntó a mi espalda.

Mierda.

Ni me había acordado de que me había quedado con el enlace a medio pulsar. Me giré despacio. Los ojos de Bastian esperaban mi respuesta con una inusual curiosidad.

—Sí.

—¿Y…?

Me mordí el carrillo ¿Por qué no se iba y me dejaba en paz? Jamás le había importado cómo me iba en la carrera.

—No me atrevo a mirarlas —admití con la boca pequeña.

—Dame el móvil. —Me tendió la mano para que se lo diera. Al ver que fruncía el ceño y no lo sacaba, insistió—. Es más fácil si las miro yo, ¿no? No vas a tirarte toda la vida sin saber si has aprobado.

Titubeé unos segundos. En el fondo, tenía razón. Desbloqueé el teléfono y se lo di con el correo abierto. Bastian se apoyó en la camilla, a mi lado, y empezó a leer. Y yo esperé, con el pulso martilleándome en los oídos, a que me liberara de una vez de la agonía. O a que me condenara a ella.

Deslizó su dedo por la pantalla. Luego lo retrocedió y juntó las cejas.

Lo volvió a comprobar.

Tenía el gesto demasiado serio.

Un sudor frío recorrió todo mi cuerpo.

No había pasado del suficiente.

Estaba claro.

—Qué cabrona —masculló con una pequeña risa incrédula.

—¿Qué pasa? —Me acerqué mucho a él, llevándome las manos a la boca con temor.

Levantó la vista de la pantalla y me miró con complicidad.

—Míralo tú.

Como no quería hacerlo, me puso el móvil en las manos a la fuerza y casi se me cayó. Me temblaban demasiado. Alzó las cejas para apremiarme a que lo hiciera. Tragué saliva y comencé a leer las calificaciones con una dolorosa presión en el pecho, hasta que llegué al final de esa sección.

Sin pensarlo, salté a abrazarle mientras soltaba un gritito de emoción.

Otra vez.

—No me lo puedo creer —murmuré con una risa emocionada, abrazándolo más fuerte.

El pánico de hacía un rato se disipó de mi cuerpo y lo sustituyó una repentina ola de adrenalina. Había obtenido todo sobresalientes y, en la asignatura en la que él me ayudó, me concedieron una matrícula de honor.

Bastian me envolvió con sus brazos con lentitud y me susurró al oído:

—¿Ya no te importa que esté sudado?

La piel se me estremeció por la cercanía de su voz. Me separé de inmediato. Dibujó su burlona media sonrisa y yo quise que en ese preciso momento me tragara la tierra. Maldita impulsividad.

—Perdón —dije en voz baja—, ha sido la emoción del momento. —Me giré para fingir que tenía que cerrar la cremallera de mi maletín ya cerrado.

—Me alegro por ti. —Su voz sonó tan sincera que hasta me descolocó.

—Hasta hace poco solo me deseabas lo peor —bromeé, sonriendo yo también, y agradecida porque dejara pasar lo que acababa de hacer.

—Supongo que las cosas están cambiando.

Torcí el cuerpo y me encontré con una mirada que no supe descifrar, y que volvió despertar en mi estómago un cosquilleo inquieto.

—Eso parece —contesté yo.

Permanecimos unos segundos fijos en los ojos del otro. Su sonrisa arrogante había dado paso a otra más tenue pero mucho más bonita, y creo que la mía también. Parecía que el tiempo se había parado, hasta que Bastian se aclaró la garganta y rompió así ese raro y tenso mutismo que nos envolvía.

—Bueno, me voy a la ducha. Que no quiero que luego me eches la culpa si llegas tarde.

Me revolvió el pelo con un rápido gesto y se marchó antes de que me diera a tiempo a protestar. Me quedé con la vista clavada en la puerta y con la sonrisa todavía dibujada, atusándome con los dedos los cabellos que él mismo me acababa de despeinar.

La borré de inmediato.

No podía sentirme así con él.

Bastian no era un chico que me pudiera gustar.

Me lo repetiría a mí misma todas las veces que hicieran falta.