Capítulo 46
Lía
Lo malo de acabar, por fin, el primer cuatrimestre, era empezar el segundo.
Y con él, sus trabajos. Como los profesores de la LUHS creían que vivíamos única y exclusivamente para la universidad —y en parte era verdad—, no tenían mayor inconveniente en asignarnos tareas complementarias de un día para otro.
Y ahí estaba yo, encerrada en mi habitación e intentando prepararme a tiempo esa clase de Educación para la Salud.
Escuchaba a los demás reírse desde el salón mientras veían un programa de televisión, pero no me molestaban; no me hacía falta tanta concentración. Lo que si me molestó fueron los dos golpes que llamaron a mi puerta, pues sabía quién era.
—¿Tú no estabas mala? —inquirió Bastian con un tono acusador desde el umbral de mi cuarto.
Asentí sin mirarlo.
Me tensé en cuanto escuché sus pisadas aproximándose. Desde el incidente de la harina, no sabía por qué, pero mi cuerpo reaccionaba así cuando se me acercaba. Le lancé una rápida mirada. ¿Por qué narices había juntado la puerta?
—Tenía entendido que habías faltado al entrenamiento por encontrarte mal.
—Ya me he recuperado —mi propia voz delataba mi mentira.
Chistó y se le escapó una carcajada.
—Menudo morro tienes.
—Morro no. Me han puesto un trabajo para mañana; tengo que dar una charla en un instituto y tenía que prepararla. No me ha quedado más remedio.
No me quedó otra que mentirle al entrenador y decirle que estaba indispuesta; con toda la tarde ocupada por las prácticas, me hubiera sido imposible tener la charla lista. Por suerte, Oliver se fio de mi palabra y no me pidió ningún tipo de justificante médico.
Bastian, en lugar de replicarme, se plantó frente a la estantería que tenía al lado del escritorio y se detuvo a mirar mis libros; lo más seguro era que ni siquiera me hubiera escuchado.
Lo miré por el rabillo del ojo. No iba vestido con el chándal del equipo, como siempre, sino que llevaba unos joggers grises y una camiseta blanca deportiva.
Todavía tenía el pelo un poco húmedo por la ducha.
Desde donde estaba, me llegó su olor y se me formó un pequeño nudo en la garganta.
Ignorándolo, me volví a mi ordenador. Con suerte, si no le hacía caso, se marchaba.
Ya nada quedaba de ese Bastian apesadumbrado que tanto me preocupó ver en las semanas previas a la Navidad.
Había vuelto su versión tocanarices, pero al menos se había dejado la malicia por el camino.
Me pegué un pequeño susto cuando se le cayó uno libro al suelo.
Dios, ¿por qué no se iba?
—¿Puedes estarte quieto? —lo increpé, irritada.
Negó con un atisbo de sonrisa asomándose en su boca mientras colocaba de nuevo el libro en su sitio.
La camiseta era tan ajustada que se intuían los músculos de su espalda contrayéndose al moverse.
Me costaba reconocerlo, pero desde la noche que pasamos juntos en el hotel, quizá me fijaba demasiado en esa parte de su cuerpo.
Cogió otro libro para hojearlo. Me volví hacia mi trabajo, resoplando, y el soltó una risita nasal.
Le encantaba desquiciarme y lo peor era que se le daba de maravilla.
—Hostia.
—¿Qué?
Bastian me señaló con la barbilla el preservativo que tenía al lado del portátil.
—Es para la charla —me apresuré a aclarar—. Tengo que dar una sesión de Educación Sexual a una clase de décimo grado.
Eso era el equivalente a cuarto de la ESO; es decir, adolescentes en plena ebullición hormonal.
Enarcó las cejas con un gesto escéptico. Mi paciencia amenazaba con agotarse.
—¿Qué pasa?, ¿nunca te dieron en el instituto la típica charla para enseñarte a usarlo?
—No me hizo falta. —Cogió el preservativo y lo examinó—. Aprendí rápido.
—Qué aplicado.
—Para lo que quiero, mucho. —Se concentró en las letras del envoltorio y bufó—. Bah, me queda pequeño.
Venga ya.
Esbozó una sonrisa arrogante y no pude evitar poner los ojos en blanco.
Pedazo de creído.
Decidida a hacer como si no existiera, me volví a mi pantalla; aún me faltaban algunas diapositivas por montar. Se asomó por encima de mi hombro para ver lo que estaba haciendo y así me era imposible concentrarme.
—O sea, que vas a explicárselo tú a esos chavales.
Asentí, seria, sin despegar la mirada de la pantalla y disimulando cómo la vergüenza me comía por dentro.
—Lía, que seguramente sepan ellos más que tú —dijo en tono burlón. Tiró el preservativo, cayendo en el teclado.
Menudo idiota.
Giré con la silla del escritorio para encararlo.
—¿Y tú qué sabes qué es lo que sé yo?
Me miró sorprendido, aunque sabía que solo me estaba vacilando.
—¿Sabes muchas cosas? Te hacía aplicada en los estudios; no tanto fuera de ellos.
El calor subió por mis mejillas, y azorada, me levanté de la silla y lo cogí del brazo.
—¡Fuera!
Se zafó de mi agarre y me quitó otra vez el preservativo. Se lo estaba pasando pipa.
—Venga, explícame cómo se usa. —Se sentó en mi cama y me miró con la cabeza ladeada.
—Bastian, déjate de tonterías y dame el condón —le pedí, acercándome para quitárselo.
Negó y se llevó la mano hacia atrás para esconderlo.
—¿De dónde lo has sacado?
—¿Y a ti que narices te importa? —espeté, perdiendo un poco los nervios.
Se rio con una carcajada y ahí sí llegué al límite de mi paciencia.
Apoyé mi rodilla en el borde del colchón para tratar de quitarle el preservativo, pero él se echó hacia atrás, obligándome a inclinarme sobre él.
Forcejeamos durante unos segundos, y por un mal movimiento, acabé cayendo sentada encima de él.
Mi corazón se desbocó al notar su cuerpo bajo el mío.
Nos quedamos quietos, mirándonos. Me invadió su olor, y su mirada me volvió a provocar un hormigueo en el estómago.
Desvié mis ojos para que desapareciera, pero cayeron en sus labios sin que yo quisiera.
Siempre quería borrarle las sonrisas que ponía, pero en ese momento, me dieron ganas de hacer otra cosa con su boca.
Me puse rojísima en cuanto fui consciente de lo que estaba pensando.
De pronto, Bastian puso el preservativo entre nuestras caras, quitándome esa malísima idea de la mente. Se lo quité con un tirón y me levanté de un brinco.
—Fuera —repetí con brusquedad.
Permaneció unos instantes observándome en silencio y matándome de nervios, hasta que, al fin, se levantó y alzó las manos en son de paz.
Pero la maldita sonrisa petulante no la borraba.
Sin decir media palabra, salió de la habitación, cerrando la puerta tras él, y yo me dejé caer en mi silla, tremendamente aliviada.
Intenté concentrarme de nuevo en mi trabajo, pero no podía. Su olor se me había impregnado en la ropa, y todavía notaba el calor de su cuerpo bajo el mío.
Me estaba metiendo en un lío.
Muy gordo.
Porque esas sensaciones me gustaban.
Y Bastian no era un chico que me pudiera gustar.