Capítulo 45
Lía
Conseguí que, durante las dos semanas siguientes, los exámenes finales fueran lo único que captaran mi atención.
Tanto fue así, que durante los entrenamientos y partidos no levanté ni una sola vez la mirada de los apuntes para echar un vistazo a los jugadores.
Total, si pasaba algo, estaba al lado para salir corriendo. Y así no miraba a quien no debía.
Por otro lado, mi tutora tuvo la consideración de quitarme las guardias para que no interfirieran con los exámenes, aunque sabía que tendría que devolverlas y con intereses; de hecho, así era.
Había empezado a saldar mi deuda el mismo viernes noche que terminé el último examen.
Por eso, tras doce horas de guardia en urgencias —más dos interminables horas de partido—, aquel sábado por la tarde nada me apetecía más que estar repantigada en la mitad de mi cama.
Cumpliendo mi deseo, mis amigas ocupaban la otra mitad y, mientras tanto, Abril nos contaba sus penas.
Ella también había terminado los exámenes, como el resto, y por fin se había permitido dar paso en su cabeza a lo que llevaba días agobiándola.
—No podía seguir con él, chicas. Es un chico increíble; atento, cariñoso, pero… durante las vacaciones de Navidad, al estar separados… no sé. Me di cuenta de que eso no era suficiente —relató con lástima.
Tenía la vista clavada en el techo, y mientras hablaba, se acariciaba el centro del pecho, como si así pudiera consolarse a sí misma la pena que sentía por Connor. Había terminado con él esa misma mañana; quiso esperar a que acabaran los exámenes para no descentrarlo de los estudios.
—Has hecho lo mejor, Abril. Para ti y para él —dije yo, estirando mi mano para llegar hasta su cabellera pelirroja y enredársela en los rizos.
Exhaló un largo y pesado suspiro.
—Sí, lo sé. Es solo que… no sabéis como se ha quedado el pobre. —Se tapó la cara con las manos y negó—. No se lo esperaba.
—Ya, normal. Pero piensa que es mejor una desilusión a tiempo que una herida que le deje cicatriz —intervino Claudia, ladeada hacia ella.
Abril se incorporó en la cama y se adecentó el pelo alborotado por llevar tanto tiempo tumbada.
—Bueno, se acabó. No quiero oír hablar más de exámenes, ni de bibliotecas, ni de Connor, ni de Asier —farfulló con hastío.
Claudia y yo nos miramos extrañadas.
¿Quién había nombrado a Asier?
—¿Asier? —preguntamos al unísono.
Abril, incómoda, se levantó de la cama con rapidez.
—¿Vais mover el culo de una vez o pensáis tiraros toda la tarde en la cama? Al final acabaré haciendo yo sola las masas de las pizzas, como siempre.
Salió por la puerta sin atreverse a mirarnos.
Tenía clarísimo que la indignación que arrastraba se la había provocado ella misma por haberse ido de la lengua.
Claudia y yo nos reímos con una cómplice carcajada.
Se puso en pie y tiró de mi mano para obligarme a levantarme y, casi arrastrando los pies, la seguimos.
Abril daba órdenes a Nico y Asier, ataviados los dos con unos delantales morados que no sabía de dónde habían salido, mientras cogía de las baldas comunes del armario y de la nevera todos los ingredientes para la masa.
Mientras estábamos en el partido, ellos se habían encargado de comprar lo necesario.
—Venga, ¿qué hacemos nosotras? —dijo Claudia mientras se frotaba las manos.
—Ayuda a Nico con la masa, que está confundiendo la levadura con la sal.
—No estoy conf…
—Lía —no le dio al pobre ni la oportunidad de hablar—, tú prepara otra para que no nos quedemos cortos.
—Se movía acelerada por la pequeña cocina sacando los boles y las rasquetas que nos faltaban—.
¡Asier! Te estás pasando con el aceite ¿Qué quieres?
, ¿que nos peten las arterias? —le reprendió quitándole la botella de las manos.
Asier se hizo a un lado con las manos alzadas, e hizo esfuerzos por aguantarse la risa. Estaba desquiciada.
Si supiera el verdadero motivo…
Mientras la pelirroja seguía lanzando ordenes caóticas al aire, cogí el bol y empecé a verter la harina. Teníamos una báscula para medir las cantidades, pero yo me apañaba mejor haciéndolo a ojo.
—¿Qué hacéis? —la voz de Bastian nos sorprendió a todos.
Con el revuelo que Abril había montado en un momento, no lo escuchamos llegar. Venía de una comida del equipo tras el partido. Yo en teoría también estaba invitada, y aunque mi relación cada vez fuera más cordial con los jugadores, seguía sintiéndome demasiado fuera de lugar, así que preferí no ir.
—La cena de esta noche —respondió mi amiga—. ¿Nos vas a ayudar o te vas a quedar ahí mirando como un pasmarote?
Bastian parpadeó, perplejo. Antes de que Abril volviera a gruñir, se quitó el jersey azul y lo lanzó hacia el sofá, quedándose solo con una básica camiseta blanca de manga corta, y se metió en la cocina con nosotros.
Llevaba también los pantalones de pinzas que vistió la noche del hotel.
Para no fijarme en lo bien que le quedaban, me giré y me concentré en la masa.
Abril le encargó hacer otra masa —no sabía qué pretendía hacer con tantas—, y así, comenzamos a faenar.
Seis personas. Algunas —no me incluyo— con la madurez mental de un preadolescente.
En una cocina americana minúscula. Los roces al movernos por el reducido espacio se convirtieron en juguetones codazos; las conversaciones banales dieron paso a las risas y, no sé cómo, la harina acabó volando.
Abril estaba que trinaba. Para alegrarle un poco la cara, Asier tomó su cabeza con las manos llenas de harina y le plantó un beso en la mejilla, ensuciándole deliberadamente el cabello.
En ese momento, pude ver en los ojos de mi amiga cómo tramaba su muerte.
Asier echó a correr para escapar de su ira y, en un visto y no visto, nos vimos envueltos en una guerra de arrojadizos polvos blancos e incluso de pegajosos trozos de masa, pisotones, gritos y carcajadas.
Aproveché que Nico estaba distraído inmovilizando a mi pobre Claudia con un brazo, cuyo jersey había dejado de ser rosa palo para convertirse en rosa empolvado, para atacarle por la espalda. Antes de poder plantarle mis huellas en su sudadera negra, una voz me detuvo:
—Niñata.
Me volví con lentitud hasta quedar frente a él. Sin que me lo esperara, Bastian me plantó las manos en la cara, provocando una neblina de harina a mi alrededor. Pestañeé, asimilando todavía el ataque.
—¿Por qué te giras? —Esbozó una media sonrisa que me dieron ganas de borrársela de un plumazo.
—Me había parecido escuchar a un estúpido hablar.
La curva de su boca se agrandó. Lo que él no sabía, era que yo también tenía las manos listas para atacar.
Con mi sonrisa más inocente, le di una palmadita en la mejilla y deslicé mi mano por su cuello hasta llegar a su pecho, dejándole así un rastro blanco; lo mismo que hice cuando nos conocimos en la novatada, solo que con harina en lugar de pintura.
Y, como ese día en el laboratorio, percibí el calor de su piel bajo la palma de mi mano, aunque esta vez me estaba provocando otras cosas muy distintas.
Me mantuve firme para que ese cambio no se notara.
Lejos de quitarle ese arrogante gesto, se volvió más divertido y peligroso. Di un paso hacia atrás cuando vi que cogía el paquete de harina, pero me topé con un cuerpo, y unos brazos me agarraron.
Maldito Nico.
Me revolví y pataleé como una posesa viendo como Bastian se acercaba; creo que hasta chillé desesperada. Nico se llevó algún que otro codazo en el estómago, pero ni aun así me soltó. Y sin poder hacer nada para evitarlo, me tiró encima toda la harina.
A la mierda mis mallas negras.
Tosí y estornudé varias veces. La garganta se me quedó tan seca, que ni siquiera pude insultarlo. Ni a Nico tampoco, que se me había escapado.
A través de la enorme nube blanca que distorsionaba la visión de la cocina y hasta la del salón, vi cómo Claudia y Abril intentaban vengarme. Sin embargo, Bastian fue más rápido que ellas y les tiró los restos que le quedaban en el paquete.
No es que fuera rencorosa, pero aproveché que estaba distraído para rodearlo por la espalda, fijándole los brazos a los costados, para que así mis amigas pudieran ensañarse con él.
Con la fuerza que él tenía y toda la que a mí me faltaba, podría haberse zafado sin ningún esfuerzo.
En su lugar, se dejó inmovilizar mientras reía, cansado, y se resignó a acabar el también bañado por harina; y lo que es peor, por esa masa pegajosa.
Sentí un extraño revoltijo en el estómago cuando noté en mi pecho su espalda sacudiéndose por las carcajadas.
Quizá por eso me pilló tan desprevenida que se girara con rapidez y me derribara sin querer, cayendo los dos al suelo.
Antes de que mi cabeza golpeara contra la tarima, su mano se puso de por medio, protegiéndola.
Nos quedamos mirándonos en silencio, con las respiraciones todavía algo entrecortadas por el susto.
La mitad de su cuerpo estaba encima del mío, y me estaba aplastando un poco, pero no fui capaz de prestarle atención a eso.
Tampoco a mis amigos, que seguían con su propia lucha.
Solo podía fijarme en él y en su cara, a escasos centímetros de la mía.
Tenía las pestañas blancas y su cabello castaño, alborotado.
Podría haber aprovechado y llenárselo de harina, como lo estaría el mío, pero no pude más que prenderme de sus ojos.
De su verde tan intenso que me quemaba. De la intensidad con la que me miraba, como si solo existiera yo en esa cocina.
¿Dónde había quedado su mirada afilada? Me sentía más segura cuando era la única que tenía para mí.
Bastian tragó saliva y se levantó de golpe. Y yo me quedé en el suelo, incapaz de ponerme en pie. Con el corazón acelerado y demasiado aturdida.
Pero, sobre todo, asustada.