Aunque me dé miedo Capítulo 43
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Capítulo 43

Lía

Cerré la pantalla del portátil para descansar unos minutos la vista. Llevaba todo el día sentada frente a él, y ya me bailaban las letras sobre la pantalla. Tendría que haberme impreso los apuntes de Enfermería Geriátrica; me resultaba más cómodo estudiar sobre el papel.

Me recliné sobre la silla del escritorio y me permití cinco minutos de pausa. Al menos, al llevar todo el día sola, me había sido mucho más fácil concentrarme, y apenas me quedaban por repasar un par de temas para terminar por ese día.

Cuando esos cinco minutos, que al final resultaron ser diez, terminaron, continué por donde lo había dejado. Abrí la tapa del portátil y volví a abstraerme en la valoración geriátrica integral.

Me pegué un pequeño susto cuando la puerta de la calle se cerró, aunque sabía que era Bastian. Desde que se fue por la mañana, no había vuelto y, aun así, me pareció pronto para que lo hiciera; solo eran las siete de la tarde.

Me concentré de nuevo en la pantalla sin darle mayor importancia, pero mi corazón se desbocó cuando escuché unas tímidas risas femeninas al otro lado de la pared.

Se había traído compañía.

Cuando les siguió la cálida y seductora voz de Bastian, algo se me revolvió por dentro.

Me tapé los oídos con fuerza para no escuchar lo que sabía que seguía a continuación.

Pero, en cuanto los golpes retumbaron contra mi pared y los gemidos de esa chica llenaron el silencio de mi habitación, sentí un tirón en el estómago que me dejó sin respiración.

No sabía por qué me molestaba tanto.

No podía molestarme.

No quería que lo hiciera.

Pero tampoco soportaba escuchar cómo hacía disfrutar a otra chica a mi lado.

Salí de la habitación y cerré los ojos con fuerza al pasar con rapidez por su puerta, como si así no los fuera a oír, y me salí a la terraza.

Al golpearme con la gelidez de la calle en esa primera semana de enero, me arrepentí de ir en pijama.

Crucé la barrera de seguridad y subí con cuidado de no resbalarme por la aguanieve que había mojado las escaleras de incendios y, haciéndome pequeña, me refugié en un rincón del descansillo.

A esperar a que terminaran y que esa chica se marchara.

Mientras tanto, me agarré el estómago, como si así pudiera hacer que dejara de molestarme tanto; de dolerme tanto.

No entendía por qué lo hacía.

No tenía por qué.

Pero me dolía.

Y me sentía ridícula por ello.

Tenía las manos entumecidas por culpa del frío. Me abracé a mí misma para cobijarlas. No sabía cuánto tiempo llevaría ahí, pero no me atrevía a bajar todavía. Alcé la cabeza y me fijé en la noche nublada de Lincoln. Desvié la mirada hacia las escaleras en cuanto noté su vibración.

Me removí incómoda; no me apetecía que subiera.

Con su pedante agilidad, Bastian alcanzó el último escalón y cruzó la barra de seguridad.

—Lía, te vas a congelar —dijo con calma, mirándome desde su altura.

Me encogí en mi rincón sin contestarle, quería que se fuera.

Sin que me lo esperara, se agachó frente a mí y me puso su chaqueta por encima de los hombros, provocándome un traicionero vuelco en el corazón. Miré hacia mis rodillas para ignorar lo cerca que estaban nuestras caras. No fue hasta entonces cuando me di cuenta de cuánto tiritaba.

Esa gruesa chaqueta me llenó de su calor y su olor. Y me confortaba. Y no quería que lo hiciera. Pero, aun así, me rendí a su abrigo y me refugié en ella.

Bastian se sentó frente a mí y encogió sus largas piernas.

—¿Escapando de mí? —bromeó con un deje lánguido tras unos segundos en silencio.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, átona, obviando la suya.

—Buscándote.

Levanté despacio la cabeza hasta hacer coincidir nuestros ojos.

—¿Por qué has dado por hecho que estaba aquí? Podría haber salido —inquirí con una voz seca.

Aunque, qué tontería. Esa posibilidad no me la creía ni yo. ¿A dónde iba a ir?

—Ya, lo he pensado. Pero he visto que habías dejado la luz de tu habitación encendida y que tu escritorio estaba revuelto con todos tus apuntes, así que me he imaginado que estarías aquí.

Fruncí el ceño en un gesto que esperé que pasara desapercibido para él. Salí tan angustiada de la habitación que ni siquiera recogí.

Guardamos silencio unos instantes. Yo, jugando con el tirador de la cremallera de su chaqueta y él…no sé. Preferí no mirarlo.

—Me faltaba algo que me marcara los ritmos —dijo de pronto con una floja sonrisa.

Apreté los dientes sin querer y, entonces sí, lo miré.

—Quería dejaros intimidad —respondí sin ningún tipo emoción.

Se quedó callado. Quizá, desconcertado. Mirándome como si me estuviera leyendo. Como si tratara de descifrar algo que no estaba dispuesta a admitir. Aparté mi mirada, por si acaso lo encontraba.

El aire se volvió pesado, y la noche, mucho más fría. Tiré de las solapas de su chaqueta para abrigarme más en ella, aunque no debiera hacerlo.

No me convenía encontrar calor en Bastian.

Cuando volví a él, tenía la vista clavada en sus rodillas y una expresión mucho más seria. Cogí aire y me aventuré a preguntarle lo que quizá no era de mi incumbencia.

—¿Por qué haces eso?

—¿El qué?

—Jugar con las chicas. Acostarte con ellas y luego olvidarte de que existen —dije casi de carrerilla, sintiendo como el corazón se me aceleraba a cada palabra. Tuve que hacer una pausa para respirar—. Así, solo las haces daño —terminé de decir con un hilo de voz.

Entrecerró la mirada, supuse que asimilando mis palabras. Igual me soltaba cualquiera de sus borderías, y quizá me lo merecía. Al fin y al cabo, yo no era nadie para reprocharle nada.

Ni pretendía hacerlo.

Solo quería entenderlo.

—Yo no juego con nadie, Lía —contestó con templanza.

Se me escapó una carcajada hueca.

—Antes de liarme con cualquier chica, siempre dejo bien claro qué es lo que busco y lo que no, para que después no haya malentendidos ni desilusiones —continuó—. Si los dos estamos de acuerdo, bien, y si no, no hacemos nada.

Cogí de nuevo la lengüeta de su chaqueta y me puse a jugar con ella.

—O sea… que solo te interesa el sexo —concluí con un murmuro.

—¿Qué problema hay?

Me encogí de hombros, pero no pude ocultar la mueca que hicieron mis labios.

—¿No te sientes vacío así? ¿Tirándote a chicas por las que no sientes nada solo por mero placer?

Bastian bajó la mirada unos segundos en los que su mandíbula se contrajo con dureza. Igual estaba siendo demasiado brusca.

—El sexo solo es sexo, Lía —respondió con una crudeza que me estremeció.

—Yo no lo veo así —le rebatí—. No entiendo cómo se puede compartir algo tan íntimo con otra persona sin que haya ningún sentimiento de por medio.

—Porque llevas toda tu vida leyendo historias románticas, y un día esperas vivir una de ellas —soltó sin tapujos. Sentí como se me enrojecían las mejillas por esa verdad que me avergonzaba reconocer—. Pero yo no. A mí no me hace falta el amor. Ni siquiera creo en él. Solo quiero pasármelo bien.

—¿Por qué? —la pregunta salió de mis labios antes de que pudiera pensarla.

Apoyó su cabeza en las barras metálicas que protegían el descansillo y miró hacia el techo.

—Porque no le veo nada bueno a depender de otra persona.

A vulnerar tu felicidad y tu vida por algo que en cualquier momento se puede romper.

—Vi el movimiento que hizo su cuello al tragar saliva y tuve que mirar hacia otro lado—.

El amor no es más que una edulcorada forma de condenarte a sufrir —bajó la voz.

Mis ojos lo escrutaron perplejos, intentado descifrar por qué tenía esa amarga visión del amor.

Tratando de entender qué le habría hecho tanto daño para considerar el amor como un castigo.

Yo había sufrido por amor, pero aun así no perdía la esperanza de encontrar uno que fuera verdadero. Uno que no doliera.

—Un día llegará una chica que te haga verlo de otra manera.

—No —respondió con frialdad.

De pronto, bajó la cabeza y nuestras miradas se enlazaron. Y la intensidad que desprendía la suya, aun en la penumbra, me formó un extraño nudo en el pecho.

—El amor no es una decisión, Bastian. Nace y te invade. Si llega, podrás negarlo, pero seguirás sintiéndolo. No podrás hacer nada por evitarlo.

Tensó los labios y negó con un rápido movimiento de cabeza.

—Siento desilusionarte, pero esas cosas no van conmigo —contestó, desviando su mirada. Y eso me hizo pensar que, quizá, la arrogancia con la que lo dijo no era más que una máscara bajo la que se autoengañaba.

Sin querer recordé las palabras de Caleb; sus caricias en mi pelo viendo la película; su media sonrisa frente al espejo mientras se limpiaba la marca de mis labios; su antebrazo girado hacia mí para que siguiera acariciándolo…

—Bueno, ¿bajamos o qué? Por si se te ha olvidado, te he dado mi chaqueta y me estoy quedando pajarito —dijo de pronto, devolviéndome a la realidad.

Sabía que utilizó ese tono burlón para rebajar la extraña tensión que nos envolvía, pero no funcionó. Me eché el pelo hacia atrás para despejarme la cara y le tendí su chaqueta antes de levantarme, pero no me la aceptó.

—Detrás de ti. —Con una sonrisa ladeada, me hizo un gesto para que pasara yo primero.

Entorné los ojos y resoplé mientras pasaba mis piernas por la barrera de seguridad, con él siguiéndome a mi espalda. Bajamos con cuidado y regresamos a nuestro piso.

Pasamos el resto de esa noche cada uno metido en su habitación, y con algo muy pesado flotando a mi alrededor.

Y mientras intentaba dormir, me reprendí a mí misma por lo que se había pasado por mi mente hacía un rato.

Qué estupidez.