Aunque me dé miedo Capítulo 42
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Capítulo 42

Lía

Entré por la puerta de nuestro piso y me dejé caer en el sofá. Así, tal cual estaba, sin quitarme ni el abrigo. Odiaba esos vuelos tan largos.

En teoría la Navidad debería haberme ayudado a desconectar un poco, pero solo me sirvió para agobiarme más al darme cuenta de lo verde que estaba de cara a los exámenes que me quedaban.

Pero bueno, ya me preocuparía de eso mañana.

Me levanté y prendí la luz; en Lincoln seguía siendo de noche mientras que en España ya estaría amaneciendo.

Saqué el móvil del bolsillo del abrigo y avisé por el grupo que tenía con el resto que por fin había llegado; tuve que volver dos días antes que ellos porque no había más vuelos de Madrid a Chicago en lo que quedaba de semana.

Me dirigí hacia mi habitación con la intención de irme ya a dormir, pero antes eché un rápido vistazo a la de los chicos.

A tres días de volver, Bastian me escribió para decirme que no lo esperara en el aeropuerto; volaría un día antes ya que tenía entradas para ver con Raúl el partido de los Nebraska Titans , el equipo líder de la liga profesional.

No sé cómo no se cansaban de tanto voleibol.

Había una mochila a los pies de su cama y sus cascos estaban sobre el escritorio, pero no había rastro de él.

El partido ya habría terminado, pero quizá no pensaba pasar la noche en casa.

Convencida de ello, me encerré en mi habitación. Me puse un cómodo y calentito pijama y me metí en la cama. Di vueltas, enredándome en las sábanas, hasta que me sumí en la oscuridad de mi inconsciencia, aun con la molesta inquietud de pasar la noche sola.

Cuando desperté al día siguiente, me encontré a Bastian apoyado en la encimera de la cocina.

Se tomaba un café, despreocupado, mientras trasteaba con su móvil.

Iba en pijama y descalzo, y estaba despeinado, parecía recién levantado.

No debí escucharlo cuando llegó. Me quedé parada en la puerta mirándolo, y tardé unos segundos en reaccionar.

No esperaba encontrármelo así, ni sentir algo tan… no sabía ni lo que sentía.

Alzó la cabeza y enarcó las cejas cuando me vio. Él también parecía sorprendido.

—Ah, hola. No sabía que ya estabas despierta. —Me esbozó una ligera sonrisa y volvió la mirada a su móvil.

Todavía me resultaba raro que lo hiciera.

Me atusé el pelo alborotado por el sueño y me froté los ojos. Después, me acerqué a la nevera, saqué un yogur de melocotón —menos mal que me pude comprar un pack en el aeropuerto— y cogí la leche para prepararme yo también un café.

—Llegué tan cansada que se me olvidó poner la alarma… ¿Qué tal las vacaciones?

—Bien —contestó, aún con los ojos puestos en lo que estuviera escribiendo en su móvil—. ¿Y las tuyas?

—Bien también.

Bastian soltó una risita nasal que más bien tendría que ver con lo que leía sobre su pantalla. Asumí que ni me habría escuchado y esperé a que la cápsula de la máquina manchara la leche con el café.

No sé qué me hacía pensar que le interesaría mi vida después de pasar todas las vacaciones sin hablar.

—Bueno. —Dejó escapar un largo suspiro—. Me voy a duchar, que se me hace tarde —dijo, sin tan siquiera mirarme.

Apreté los labios con tirantez escuchando cómo cerraba la puerta del baño y me metí con mi yogur y el café recién hecho en mi habitación. A diferencia de él, yo no tenía otro plan en los próximos días más que estudiar.

Y eso era en lo único que tenía que pensar.