Aunque me dé miedo Capítulo 41
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Capítulo 41

Lía

Esa vez pudimos volar todos juntos hasta Chicago.

La universidad tuvo el detalle de gestionar los horarios para que coincidiéramos en el vuelo.

Después de dos horas de entretenido trayecto, nos despedimos con rapidez a la salida del avión con una contenida emoción en el pecho.

Abril, Claudia y yo nos prometimos hacer una videollamada por el cumpleaños de Claudia dentro de tres días y, después, nos separamos, encaminándonos cada uno a nuestro destino.

Asier a Donosti; Abril, a Barcelona; Nico y Claudia, a Valencia; y Bastian y yo a Madrid.

El primer vuelo se retrasó bastante, por lo que tuvimos que correr para llegar a tiempo a la puerta de embarque del segundo. Bastian me sacaba bastantes metros de ventaja, pero, al menos, de vez en cuando se giraba para asegurarse de que lo seguía.

Cómo habían cambiado las cosas.

Llegamos a nuestros asientos exhaustos. Yo un poco más que él, claro.

Me cedió el sitio de la ventanilla y nos acomodamos en ese reducido espacio.

Pasamos las horas en un tranquilo silencio, yo mirando por la ventanilla cómo dejábamos atrás un Chicago frío y apagado bajo la luz de ese día tan invernal, y Bastian escuchando música en sus auriculares de diadema.

Lo miré de reojo; todavía se me hacía muy raro observarlo y no irritarme.

Tenía la cabeza echada hacia atrás, reposándola en el asiento, y los ojos cerrados.

Su rostro parecía sereno. En los últimos días parecía algo más animado, y de vez en cuando sacaba su lado más tocanarices conmigo, aunque esas fueran las menos.

Aun así… me daba la sensación de que estaba nervioso por algo, pero no tenía ni idea de por qué.

En verdad, no sabía apenas nada de su vida, y no sabía por qué, pero me picaba la curiosidad descubrirla.

—Estarás deseando llegar a Madrid y ver a tus amigos, ¿no? —pregunté para tener algo de lo que hablar. Giré mi cuerpo un poco hacia él.

Bastian abrió los ojos y se bajó los cascos al cuello. No debía tener la música muy alta si pudo oírme.

—Sí, bueno. —Hizo un mohín con los labios, desinteresado—. Lo normal.

Era una persona tan popular en la universidad y con una vida social tan activa, que me sorprendí ante esa respuesta tan ambigua.

—Serán unas Navidades tranquilas —prosiguió, mirando hacia el frente—. Tengo que estudiar y ponerme de una vez con el Proyecto de Fin de Carrera. Bueno, y entrenar, claro.

Alcé las cejas, no me acordaba de que en unos meses él terminaba la universidad.

—Pero siempre puedes sacar un hueco para socializar —enfaticé la palabra con sorna, recordando lo que él me dijo la noche del hotel—. Y para ver a tu familia también, claro.

Se reacomodó en el asiento, como si estuviera incómodo.

—Supongo.

Nos quedamos unos instantes en silencio tras su escueta respuesta, pero ese me resultó más cargante que el de antes. Quizá no le gustaba demasiado la Navidad.

—¿En España vives con tu padre?

—Sí. —Emitió un largo suspiro—. Y con mi perro.

Abrí mucho los ojos y mi expresión se volvió risueña.

—¡No sabía que tenías un perro! —exclamé, tan entusiasmada como sorprendida.

Asintió con una sonrisa y sacó el móvil del bolsillo de sus vaqueros para enseñarme una foto. Se lo cogí de las manos y me fijé en ese animal de mediano tamaño y color canela que tenía cara de ser el ser más travieso del mundo.

—Se llama Balto. Lo adoptamos hace unos años —me contó mientras yo seguía observando la pantalla.

—Me encantan los perros —contesté, devolviéndole el móvil.

—Y a mí.

Compartimos una sonrisa cómplice.

—¿Y tú?, ¿qué vas a hacer estas vacaciones?

Me sentí aliviada porque me preguntara a mí también; parecía que le estaba haciendo un interrogatorio.

—Poca cosa. —Solté una pequeña risita—. Estudiar, estar con mi familia y quedar alguna tarde con mis amigas del instituto.

Hizo un gesto de asentimiento, pero ya no dijo nada más.

Quizá había sido más cortesía que interés.

Decidida a no molestar más, me recoloqué sobre mi asiento y fijé la mirada en la película que mostraba la pantallita incorporada en el asiento delantero.

Bastian me rozó el brazo sin querer al apoyar el suyo en el reposabrazos.

Tenía la sudadera arremangada, por lo que su tatuaje quedó a la vista, y mi lengua seguía demasiado curiosa.

—¿Qué significa?

—Nada —contestó al cabo de uno segundos.

Casi sin pensar, tracé con mi dedo el recorrido que dibujaba el tallo fino de flores.

Sus músculos se tensaron y su piel se erizó con mi contacto.

Bajo la cinta negra, había una frase escrita en letras curvadas muy pequeñas.

« Out of death comes rebirth ». Algo así como que el renacer surge de la muerte.

A pesar de lo que dijera, seguía creyendo que tendría algo que ver con su madre.

Mientras pensaba en ello, del tatuaje, mis dedos pasaron a recorrer el trayecto de sus venas.

Bastian giró un poco el antebrazo, como si me lo ofreciera para que siguiera acariciándolo.

En cuanto me di cuenta de lo que estaba haciendo, retiré mi mano, igual que si su piel quemara, y Bastian apartó el brazo.

Carraspeó y lo cubrió con la manga de la sudadera.

Entonces sí, me obligué a concentrarme en la aburrida película que tenía delante. Lo prefería antes que hacer cualquier otra tontería.

Pasaría a lo mejor una hora en la que cabeceé varias veces hasta que dejé de luchar contra el aburrimiento y apoyé mi cabeza en la ventanilla, sumiéndome así en un placentero sueño.

Bastian me despertó unas horas después, zarandeándome el brazo para avisarme de que ya habíamos aterrizado. Apenas unos meses antes, me habría dejado ahí dormida.

Nos despedimos en la salida deseándonos una feliz Navidad con una incómoda sonrisa, y nuestros caminos se separaron.

El suyo, hacia Alcalá; y el mío, hacia Móstoles.

Y, por primera vez desde que nos conocimos, no tuve el deseo de no volver a encontrarnos.