Capítulo 40
Lía
El día amaneció tan nublado como mi cabeza. Me dolía la espalda por haber pasado tanto tiempo sentada en el descansillo, pero hasta que Bastian no se rindió y se bajó allá por la madrugada con cara de muy pocos amigos, yo tampoco lo hice.
Quizá eso dinamitaba nuestra tregua, pero bueno.
Eran más de las diez de la mañana. Todos habíamos desayunado ya, pero él seguía en la cama.
—Bastian no se ha levantado todavía, ¿no? —inquirí despreocupada, mientras lavaba los platos de las tostadas.
—El partido es por la tarde y dudo mucho que tenga en mente ponerse a estudiar —comentó Nico entre risas. Pasó por mi lado para dejar las tazas en lo alto del armario modular, y añadió—: Ayer se acostó tardísimo, así que no lo esperéis hasta la hora de la comida por lo menos.
Me sequé las manos con el papel de cocina mientras sopesaba si hacer la siguiente pregunta.
—No lo veis un poco más… ¿raro?
—¿Y a ti desde cuando te importa tanto? —Abril me escrutó con la mirada entrecerrada.
—¿A mí? —la pregunta tembló en mis labios—. No me importa. —Sacudí la cabeza, arrugando la nariz—. Pero lo veo muy desanimado en los entrenamientos y eso en él no es muy normal.
Desanimado se quedaba corto, pero prefería dejarlo así.
—Hombre, ayer sí que parecía un poco decaído —intervino Claudia, apoyando su cadera en la encimera de la mesa—. Cuando llegó, ni siquiera quiso cenar.
Abril meneó los labios, como si tramara algo y, después, esbozó una triunfal y peligrosa sonrisa.
—Se me ha ocurrido una forma para que se despierte de buen humor.
—¿Cuál? —preguntó Nico, enarcando las cejas.
—A ver, ¿qué es lo que más le gusta en el mundo a Bastian?
—El vóley —respondió Claudia con una risa incrédula, como si fuera obvio.
—Apaaaaarte.
—Las tías —contestó Asier, que ponía la oreja desde el sofá.
Todos le reímos la gracia, aunque a mí no me hizo tanta.
—Exacto. —Abril señaló hacia Asier con las palmas hacia arriba—. ¿Qué más le puede animar que despertarse con tres mujeres en la cama?
Mi corazón dio un vuelco inesperado.
—¿Qué dices? —A Claudia le debió pasar como a mí. Seguro que compartíamos la misma cara de susto.
—Hacedme caso —dijo la pelirroja, firmemente convencida, mientras se metía en nuestra habitación.
No tenía ni idea de lo que su mente enrevesada habría maquinado, pero no tenía pinta de ser una buena idea.
Bastian dormía girado hacia el lado de la pared. Su espalda se movía con un lento vaivén, parecía que todavía descansaba con un sueño profundo. Mientras, nosotras lo observábamos desde la puerta.
Las tres con los labios pintados de diferente color. Los míos, en contra de mi voluntad.
Efectivamente, la idea de Abril era malísima.
—Vamos —bisbisó esta con una risita.
—No creo que le haga mucha gracia que le llenemos la cara de pintalabios.
—Es solo una broma, Lía —Claudia puso los ojos en blanco y en ese preciso momento me pareció una traidora.
Era una broma, sí. Pero demasiada invasiva para mi gusto. ¿Cómo íbamos a llenarle la cara de besos a Bastian? ¡A Bastian! Se habían vuelto locas.
—Callaos. Al final lo despertáis antes de tiempo, pedazo de cotorras —nos reprendió Asier a nuestra espalda.
Claro estaba que ni él ni Nico pensaban perderse el espectáculo.
Abril y Claudia se acercaron sigilosas hasta su cama.
Yo lo hice a desgana tras el empujoncito que me dio Nico.
La cama no es que fuera muy grande, pero nosotras tampoco.
Abril se sentó muy despacio a su lado en el colchón y Claudia gateó hasta el otro.
Apoyé mi rodilla en el borde de la cama, titubeando.
No tenía más espacio donde ponerme, pero Abril lo encontró rápido.
Agarrándome de la camiseta, tiró de mí. Caí sobre las piernas de Bastian con el corazón latiéndome a toda prisa.
Estaba tan dormido, que ni siquiera se dio cuenta.
—Bastian, despierta —le susurró Abril en el oído con una cantarina voz traviesa.
Al ver que no respondía, insistió una vez más, dándole un pequeño zarandeo en el hombro. Bastian comenzó a rezongar algo inteligible y Claudia se tapó la boca para contener la risa. Y yo que había acabado encima de él, apoyada sobre las palmas de mis manos y mis rodillas, solo quise echar a correr.
Tras otro intento más, se giró bocarriba y entreabrió los ojos, con una expresión un poco aturdida. Alternó la mirada entre Claudia y Abril y se incorporó de golpe, sobresaltado.
—¿Qué coj…?
—¡¡BUENOS DÍAS!! —gritaron mis amigas al unísono.
Sin darle tiempo a reaccionar, entre las dos agarraron su cabeza y comenzaron a dejarle un reguero caótico de besos por la frente y las mejillas. El pobre no podía ni abrir los ojos. Cuando noté el movimiento de sus piernas bajo mi cuerpo al revolverse, me aparté con rapidez al lado de Claudia.
Por lo menos no se había percatado de que me tenía encima.
Quiso quejarse mientras mis amigas seguían estampándole marcas de pintalabios, pero no le sirvió de nada.
Abril, al darse cuenta de que yo no participaba, volvió a tirar de mí, haciendo que casi me chocara con la cara de Bastian.
Le di un pequeño beso en la mejilla para que me dejaran en paz y volví a apartarme.
—Me rindo, haced conmigo lo que queráis. Estáis locas —dijo con voz cansada, dejándose caer otra vez sobre la almohada.
—Qué cabrón, y encima lo disfruta —se mofó Asier desde la puerta.
Bastian sonrió cuando lo escuchó, y ese gesto que llevaba tantos días sin ver me animó a darle otro beso.
Mientras mis amigas seguían ocupadas con su frente y sus sienes, me incliné un poco para llegar hasta él, pero solo acerté a besarlo en el borde de la mandíbula.
Entonces, Bastian inclinó con rapidez la cabeza hacia mí, rozándome con su nariz.
Fue un movimiento inconsciente, pero tuve que retroceder un poco para que no fueran nuestros labios los que sin querer coincidieran.
Se quedó unos segundos mirándome, como si se hubiera olvidado de que mis amigas seguían llenándole la cara de pintalabios.
Me alejé aún más, con algo extraño removiéndome el estómago.
Me quedé a los pies de la cama y Abril y Claudia por fin lo liberaron. Tenía marcas de color carmín y rosa por todos los sitios, y solo dos de color burdeos en la mejilla y en la mandíbula derechas.
—No vas a volver a tener un despertar así en tu vida, chaval —bromeó Abril, levantándose de la cama. Bastian se rio casi sin fuerza.
—Y aún queda lo mejor…
Me giré al escuchar a Nico. Tanto él como Asier se acercaron a la cama, con una mirada peligrosa.
—Ni se os ocurra —les advirtió Bastian con las cejas alzadas, incorporándose sobre sus codos.
En un visto y no visto, Nico y Asier se abalanzaron sobre la cama.
Claudia y yo conseguimos apartarnos antes de que nos aplastaran.
Inmovilizaron a Bastian y, aunque sin pintalabios, se unieron a llenarle la cara de besos.
Mis amigas y yo los miramos ya levantadas, riéndonos a carcajadas mientras Bastian se revolvía como una culebrilla.
—¡En la boca no, pedazo de mamón! —protestó cuando Nico le dio un rápido beso en los labios.
—Bastian, cariño. Ten cuidado, que al final me sacas un ojo —bromeó con una voz melosa Asier, sentado a horcajadas sobre su regazo.
Me dolía la tripa de tanto reír. Acabaron los tres revueltos en la cama, llenando la habitación con sus sonoras risotadas. Las que más se escucharon fueron las de Bastian, y eso… me hizo sentir muy bien.
Tras ese improvisado y divertido momento, volvimos a la realidad de nuestra vida universitaria. Claudia y Abril se metieron en la habitación para estudiar, y Nico y Asier hicieron lo mismo. Yo fui un momento al baño para retirarme los restos burdeos de mis labios.
Cuando entré, me encontré a Bastian frente al espejo, limpiándose la cara.
Me coloqué a su lado y con un algodón desmaquillante, comencé a frotarme los labios.
Nos miramos a través del reflejo, y mientras se retiraba la marca violácea de mis labios sobre su mandíbula, me dibujó una media sonrisa que alteró el ritmo de mi corazón.
Y eso me asustó.