Aunque me dé miedo Capítulo 39
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Capítulo 39

Lía

Subí con mucho cuidado de no resbalarme los últimos escalones de esa escalera de incendios exterior; estaban mojados tras la lluvia. Cuando alcancé el descansillo, Bastian, que estaba sentado con sus rodillas pegadas al pecho, alzó la cabeza.

—¿Qué quieres, matarte? —inquirió con una voz carente de emoción.

—Bueno, así tendrías un problema menos —bromeé mientras me sentaba frente a él y apoyaba mi espalda en las barras metálicas que rodeaban el descansillo.

Por la dureza con la que me miró, supe que no le hizo ninguna gracia. Estaba escondido en la capucha del chándal, pero ni aun así pasaba desapercibida la intensidad que desprendían sus ojos. Apoyó la cabeza en la pared de ladrillo que tenía detrás, soltando despacio el aire por la nariz.

Las barras se me clavaban en la espalda y me mojaban la sudadera. Me reacomodé, buscando una posición más cómoda, y me abracé a mis piernas.

—¿Sabes? No tienes que aparentar siempre ser un tipo duro —dije al cabo de unos segundos.

—¿Qué dices? Yo no aparento nada.

—Bueno, pues no pasa nada porque se te vea humano y demuestres que tienes sentimientos. Que hay cosas que te preocupan y necesitas hablarlas, ¿te vale así?

Medí con cautela la reacción a mis palabras, pero Bastian se limitó a tragar saliva y a sacudir la cabeza. Seguía con la vista clavada en algún punto perdido del cielo. No quería mirarme.

—Gilipolleces —espetó con un murmullo áspero.

—Me puedes contar lo que te pasa —insistí, tratando de sonar convencida—. Soy muy mala dando consejos, pero muy buena escuchando. Quizá así… te desahogas.

—No necesito hacerlo.

—Eso es lo que tú te crees.

—Lía —me apremió con una voz grave para que lo dejara en paz.

Apreté los labios y bajé la mirada a mis rodillas. Bastian chasqueó la lengua con fastidio y se bajó la capucha, descubriendo sus mechones algo alborotados.

—¿Puedes dejarme un rato solo?

Negué con un lento cabeceo, lo que provocó que él soltara un suspiro resignado. Alargó las piernas, que prácticamente no cabían en ese descansillo, y las cruzó sobre los tobillos. Cerró los ojos y se cruzó de brazos. Cerrándose a hablar. A mí. A los demás.

Las luces de la noche me permitían ver su rostro.

Parecía apagado y cansado. Lo único que había brillante en él era el aro metálico que siempre adornaba su nariz.

Esta escena ya la habíamos vivido, solo que al revés.

Aun odiándonos, él me había consolado acompañándome en silencio.

Y no sabía por qué, pero yo también necesitaba hacerlo con él.

Permanecimos en silencio, con el ruido de la noche de Lincoln envolviéndonos.

Él, ocultándome su mirada y yo, mirándolo.

Me abracé a mí misma para intentar contener los escalofríos que me recorrían por estar prácticamente a la intemperie, pero ni aun así me fui.

No quería dejarlo solo. Él mismo me había enseñado que el simple hecho de saber que tenías a alguien a tu lado hacía más liviano el peso del mundo cuando se nos caía encima.

Y Bastian tenía pinta de estar soportando todo un universo sobre sus hombros.