Capítulo 38
Lía
La tarde del patinaje fue nuestro último respiro antes de adentrarnos en una espiral de entregas de trabajos finales e intensivas sesiones de estudio.
Con la llegada de diciembre, la presión por la cercanía de los exámenes nos pesaba demasiado, y aun siendo compañeros de piso, apenas vi a mis amigos.
Como cada uno entraba a clase a una hora diferente, era raro coincidir en el desayuno.
Y cuando yo llegaba a casa tras las prácticas, estábamos tan reventados que apenas nos quedaban ganas más que para cenar —si es que no lo habían hecho ya antes de que yo llegara— e irnos a la cama.
Bueno, a la cama se iban ellos. Yo solía quedarme estudiando en el salón para no molestar a Claudia y Abril, ya que en los entrenamientos a duras penas podía concentrarme.
Más de una vez acabé durmiéndome, recostada de mala manera en el sofá, y con los apuntes en la mano.
Durante los fines de semana, las tres nos encerrábamos en nuestra habitación para estudiar, cada una con nuestros cascos de cancelación de ruido para no molestarnos. Imaginé que los chicos harían lo mismo.
Por eso, aprovechaba los cambios de clase para hablar cinco minutos con Claudia y Abril, o nos escribíamos para ir juntas al baño.
Durante la hora de la comida ya no coincidíamos, ya que a los estudiantes de Medicina en diciembre les reducían el horario de clase para facilitarles el estudio; un privilegio que los de Enfermería no teníamos.
A Nico me era más fácil verlo, pues nuestras aulas estaban juntas; cosa que no sucedía con Asier, ya que estaba en otro aulario.
El voluntariado de la universidad se suspendía durante el último mes del año, por lo que, tras las clases, se iban directamente a casa, así que tampoco comíamos juntos.
Yo era la única pringada que tenía que seguir haciendo el voluntariado ya que formaba parte de mis prácticas, por lo que me tocaba comer sola antes de irme a las instalaciones deportivas de la LUHS.
Bastian, en lugar de acompañarme, comía con los del equipo.
Y en parte lo entendía. Sin la presencia de nuestros amigos, comer a solas quizá no nos resultaría muy cómodo.
A él era al que más veía gracias a los entrenamientos, pero apenas nos relacionábamos.
Desde el día del patinaje, estaba raro. Más callado, como más cerrado.
Rendía al máximo nivel en los partidos, pero en los entrenamientos lo veía apagado.
Apenas le hacían gracia las bromas de sus compañeros.
De hecho, lo veía un poco aislado de ellos.
En cuanto la sesión acababa, se largaba.
Cuando yo llegaba a casa, él ya estaba cenando en silencio, abstraído con su móvil, o ya se había ido a la cama.
Algunas noches, ni siquiera pasó por casa.
Y no sabía por qué, pero… bueno, prefería no saber dónde se quedaba.
Aunque no pudiéramos considerarnos amigos, verlo así me preocupaba; de la misma forma que me preocupaba cuando veía mal a Claudia, a Abril, a Nico o Asier, aunque en este último fuera raro.
Y quizá se debía a que era la que más coincidía con él, pero tenía la sensación de ser la única que se daba cuenta de que le pasaba algo.
Confirmé que algo no iba bien cuando, al terminar el entrenamiento de ese viernes de diciembre, el entrenador se quedó hablando con él en el banquillo.
Bastian estaba sentado, con los antebrazos apoyados en los muslos y la cabeza hundida.
Oliver le decía algo con una mano apoyada sobre su hombro, pero dudaba de que realmente lo estuviera escuchando.
Le hablaba casi en susurros, con una voz tan suave, que solo se oía un murmullo.
No es que quisiera enterarme de la conversación, pero todavía tenía que recoger todas mis cosas y se habían puesto demasiado cerca.
Oliver me lanzó una rápida mirada y entonces supe que sobraba.
Traté de ser rápida y sigilosa para no interrumpirles y, con mis apuntes en un brazo y mi pequeño maletín en la mano, salí de la pista con un nudo en el estómago.
Antes de llegar a mi consulta, me crucé con Raúl.
—Raúl —lo llamé antes de que entrara en el vestuario, con una voz un poco dubitativa.
El jugador que llevaba un ocho a la espalda se giró y alzó las cejas con una sonrisa. Todavía tenía la cara enrojecida por el esfuerzo. De su cuello colgaba una toalla y su cabello moreno estaba completamente alborotado tras el entrenamiento.
—¿Has cambiado de opinión y has decidido que ya te caigo bien?
—¿Eh? —Fruncí el ceño hasta que recordé nuestra conversación en la cena del hotel, hacía ya un mes—. Ah, no. No es eso —respondí con una pequeña risa y Raúl simuló un gesto de fastidio—. Es por Bastian.
En cuanto lo nombré, su rostro perdió la diversión.
—No sé, lo veo un poco raro y…
Raúl soltó un lento y pesado suspiro, hundiendo sus hombros con él.
—Bastian también tiene sus cosas, Lía. No te preocupes por él, sabe cómo gestionarlas. —Hizo una pausa y después cabeceó—. Bueno… a su manera.
No tenía ni idea de cuáles podrían ser esas cosas a las que se refería su amigo, pero no me parecía a mí que las estuviera manejando bien. Antes de poder rebatírselo, Raúl me dio un pequeño tirón en la coleta y se metió en el vestuario.
Y yo me fui a casa con ese nudo molestándome mucho más que antes.
Cuando entré por la puerta, lo primero que vi fue a Claudia y a Abril cenando una de las pizzas congeladas del super.
Hasta nuestra alimentación había empeorado en el último mes.
Las saludé con una sonrisa mientras dejaba mi abrigo en el perchero, y vi que también estaba colgado el de Bastian.
Me solté el pelo y me lo peiné con los dedos; me había pillado la lluvia por el camino y se me había mojado.
—¿Y los chicos? —pregunté al ver que estaban solas.
—Jugando a la play en su cuarto —me dijo Abril con la boca llena.
—Qué raro, si siempre juegan en el salón.
Claudia se encogió de hombros mientras retiraba con asco un cacho de beicon de su porción de pizza.
—Creo que se la han llevado por si querías quedarte a estudiar esta noche en el salón.
—Ah.
Me dirigí hacia la habitación de los chicos mientras escuchaba a Abril refunfuñar con que esperaba que las dejaran dormir. Eran como mis hermanos; cuando se enganchaban a la play , las partidas no tenían fin.
Di un toque en la puerta.
—Lía —alcé voz para que supieran que era yo.
Abrí y me encontré la habitación a oscuras, iluminada solo por la pantalla de la televisión que tenían. Creo que era de Nico. Este y Asier se giraron para mirarme, extrañados. Me asomé un poco, buscando a Bastian, pero no estaba.
—Eh… perdón.
Antes de cerrar la puerta, se miraron entre ellos como si yo estuviera loca y, sin más, volvieron a la partida.
Si Bastian no estaba ahí, solo había un lugar en el que lo podría encontrar.