Aunque me dé miedo Capítulo 36
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Capítulo 36

Lía

Abril estaba empeñada en que había vuelto rara de Kansas.

No estaba rara; lo que estaba era agotada y agobiada.

Los días pasaban demasiado rápido y no tenía horas suficientes para estudiar.

Quedaba menos de un mes y medio para las evaluaciones finales del cuatrimestre y me sentía con el agua al cuello.

O mantenía la calificación por encima del C, es decir, más de un bien, o adiós beca.

No me valía con un simple aprobado.

Aún estábamos a mediados de noviembre, pero deseaba que llegaran las vacaciones de Navidad para poder estudiar.

Por si fuera poco, mi tutora había decidido añadirme una guardia extra en la semana que entraba tras el partido de Kansas, y yo me enteré, por supuesto, un día antes.

Quizá todo aquello propiciaba que estuviera más desquiciada de lo normal, pero no rara.

Mis amigos me prohibieron aprovechar la tarde de aquel sábado para estudiar, y me sacaron de casa en contra de mi voluntad. Hacía unos días que había comenzado a nevar y Lincoln ya se cubría con una capa blanca. Ya que salíamos, prefería quedarme en la calle jugando con la nieve.

Pero ellos tenían otros planes.

—Así no vas a aprender a patinar en la vida —dijo Nico al pasar por mi lado cuando entró en la pista helada.

Me aferré con todas mis fueras a la barra metálica de seguridad. Solo con respirar, el patín se me resbalaba.

—Tampoco tengo interés.

Entornó los ojos con diversión y, después, enganchó su brazo al mío.

—Venga, porfa. Ven conmigo —me instó con una voz convincente.

Me negué e hice fuerza para que no me moviera.

—Tú tampoco sabes patinar.

—Pero al menos lo intento —repuso entre risas—. Venga, si vamos con cuidado, no nos vamos a caer.

—Uy que no —ironicé—. Tú y yo somos carne de urgencias de traumatología.

Nico resolló y me soltó, dándose por vencido. Buscó con la mirada al resto de nuestros amigos.

—¡Claudia!, ¡espérame!

Con torpeza y muy poca destreza, avanzó hacia ella. Claudia lo esperó en el centro de la pista con una tímida e iluminada sonrisa, tendiéndole la mano cuando llegó hasta ella para patinar en compañía.

Con mucho cuidado, cambié el peso de mi pierna, y me entretuve en ver cómo mis amigos patinaban.

Abril y Asier hacía rato que daban vueltas, intentando tirarse el uno al otro al suelo.

O bien nos echaban del lugar, o acabábamos de verdad en el hospital.

A ellos les encantaba venir a patinar, pero a mí no.

El año pasado fueron varias las veces que vinimos, y tuve una muy mala experiencia que todavía me dolía si pensaba en ella.

—¿Vas a quedarte ahí toda la tarde?

Pegué un pequeño brinco que me hizo resbalar cuando la voz de Bastian me asustó. Me agarré con fuerza a la barandilla, consiguiendo frenar la caída.

—Sí —contesté, tajante, mientras trataba de incorporarme.

Esbozó una mueca burlona. Estaba apoyado a mi lado en la barra; no lo había visto llegar.

—Menudo aburrimiento entonces, ¿no?

Me encogí de hombros con la vista puesta en nuestros amigos.

—Una vida aburrida es más segura.

Noté como Bastian se giraba rápido hacia mí y me contemplaba como si fuese un bicho raro.

—Pues que vida más triste.

Lo fulminé con la mirada por el rabillo del ojo, pero preferí no contestar.

En su lugar, observé a mis amigos girar y reír, con el eco de los gritos retumbando en las paredes de esa pista cubierta.

Bastian lo hizo conmigo, en silencio. Ni siquiera se rozaban nuestros brazos, pero notaba su presencia con demasiada intensidad.

Y su olor. Desde la noche que dormimos juntos, se me había impregnado en las fosas nasales y lo reconocía a metros de distancia.

Y no sabía si me gustaba o no. Era raro.

Como todo. Como él. Me tenía descolocada.

Nuestra tregua seguía en pie, y de vez en cuando se me acercaba y bromeaba, o intentaba sacarme de quicio sin que su intención fuera mala, pero luego se volvía a su mundo y se olvidaba de que yo existía.

Perdí de vista a mis amigos cuando el cuerpo de Bastian ocupó mi campo de visión.

—¿Vienes?

—¿A dónde? —inquirí con el ceño fruncido.

Me tendió una mano enguantada. La miré con recelo.

—No. —Sacudí la cabeza de forma enérgica.

Con un rostro carente de expresión, Bastian se dio media vuelta sobre sus patines. Cuando pensé que se perdería por la pista, se volvió con rapidez y liberó una de mis manos de la barandilla.

—¡Bastian!, ¡he dicho que no! —Cerré fuerte la mano que me quedaba sobre la barandilla para que no pudiera moverme.

—Vaaamos —alargó la vocal, tirando de mí.

—Podemos tirarnos así toda la tarde. No me pienso mover.

Alzó una ceja y, como si mis palabras fueran una especie de desafío, se inclinó sobre mí y, sin ningún tipo de esfuerzo me soltó la otra mano.

—Bastian, no…—mi voz salió como un hilo de súplica.

Dibujó una sutil sonrisa y, sujetando mis manos con firmeza, comenzó a deslizarse hacia atrás con lentitud. Me aferré a ellas como si me fuera la vida en ello. Mis piernas temblorosas lo siguieron, alejándome de esa barra que era mi único lugar seguro en aquel sitio.

—¿Ves? Si vamos despacio, no tiene por qué pasar nada.

—El año pasado fui despacio y me reventé una rodilla.

Se mordió el labio para no reírse mientras echaba un rápido vistazo hacia atrás. Me desequilibré y mis rodillas se juntaron, amenazándome con hacerme caer. Me dio un segundo para estabilizarme y, cuando me erguí, reanudó nuestro lento recorrido.

—Lía, tienes que ir segura. Cuanto más miedo tengas, más riesgo corres de hacerte daño.

—¿Y eso por qué? —inquirí con mis ojos clavados en el suelo mientras mis patines se deslizaban guiados por Bastian. La voz me salió casi más temblorosa de lo que lo estaban mis piernas—. Si el miedo protege.

—No. —Levanté la cabeza, pero Bastian miraba hacia mis piernas—. El miedo no te deja actuar con lógica y te obliga a hacer cosas como esas. —Señaló con un gesto de barbilla donde mis rodillas volvían a unirse—. ¿¿Quieres dejar de juntarlas así?? ¡Que nos vamos a caer los dos!

Se me escapó una risa nerviosa e intenté estirarlas.

—Eso es, muy bien —me elogió con una voz calmada. Sonaba demasiado cálida y eso me hacía sentir extraña.

Igual de extraño que era que, después de llevarnos a matar, ahora me sacara a patinar.

Me pidió que no mirara al suelo, pero no sabía hacia dónde llevar mi vista.

La dejé en nuestras manos, que seguían unidas.

Me parecía que se cogían con un poco más de fuerza que antes.

Eso ayudó a que, poco a poco, fuera relajándome y mis patines se deslizaran con mayor ligereza por el hielo.

Cuando la alcé, la de Bastian se movía hacia los laterales y hacia atrás para asegurarse de que no nos chocáramos con otros patinadores.

En un momento dado, nuestros ojos se cruzaron y patinamos así; entrelazando miradas y manos.

Sus ojos eran de un color verde intenso, casi esmeralda.

Siempre me había parecido que su mirada era afilada, pero hacía semanas que la veía más relajada; aunque seguía siendo igual de felina y penetrante.

Juraría que sus labios se curvaron de nuevo en una tenue sonrisa.

No lo sé, ni siquiera pude verlo bien. Al igual que a las manos, me tenía aferrada a sus pupilas.

Hasta que una risita familiar que me llegó por la izquierda me devolvió a la realidad y conseguí así apartar mis ojos de los suyos.

Desvié mi mirada hacia ese lugar y me encontré con que nuestros amigos se lo estaban pasando en grande observándonos.

Me puse tan nerviosa que mis rodillas se volvieron a juntar y, pese a los intentos de Bastian por hacerme recuperar el equilibrio, caí al suelo y él lo hizo conmigo.

—Te mato, niñata —refunfuñó, conteniendo entre los dientes un quejido, mientras se frotaba el codo que había frenado su impacto con un gesto de dolor.

No le hice mucho caso a su falsa amenaza porque bastante tenía con el urente dolor que se extendía desde el final de mi espalda. Tenía las piernas enganchadas a las suyas, pero no tenía fuerzas ni para apartarlas.

—Ey, menuda hostia os habéis dado. —Asier llegó hasta nosotros con asombrosa fluidez, acompañado de Abril—. ¿Estáis bien?

Bastian asintió y se incorporó con rapidez, liberando así mis piernas.

—¿Te has hecho daño? —me preguntó mientras se levantaba.

—No —mentí con la boca pequeña.

Asier me rodeó por la espalda y me ayudó a ponerme en pie. Y eso hizo que el dolor se volviera más punzante.

—Bueno, igual un poco sí —acabé por admitir, masajeándome la rabadilla. Empezaba a temer por mi coxis.

—Amiga, tienes culazo, pero igual te falta un poco más de amortiguación —se mofó Abril, cogiéndome de la mano.

Le hice burla imitándola, pero al cabo de unos segundos, acabamos las dos riendo y deslizándonos juntas por la pista, aun con mi espalda todavía quejándose.

Perdimos de vista a Bastian y Asier. A Claudia y a Nico, que se habían parado a hablar en la barra de seguridad, preferimos dejarlos solos.

Y así nos pasamos lo que quedó de tarde ella y yo, parloteando de cualquier tema que se nos cruzaba por la mente, riéndonos mientras ella casi me arrastraba por el suelo helado y sufriendo micro-infartos cada vez que me volvía a tambalear.

Y así, poco a poco, me fui olvidando de ese dolor de espalda.

Pero no de la sensación tan extraña que me había provocado la mirada de Bastian segundos antes de caer.

Tras unas dos horas de patinaje que al final no se hicieron tan largas como creía —pese a la caída—, terminamos la tarde tomándonos algo en el bar que había frente a la pista.

Miré a mis amigos, que reían y hablaban como si pudieran arreglar todos los problemas del mundo mientras bebían de sus botellines, y me alegré de que me obligaran a dejar de estudiar para disfrutar de ese rato con ellos.

A veces me abrumaban tanto las responsabilidades de la universidad, que me olvidaba de lo importante que era disfrutar de mi vida social. De ellos. De mis amigos.

El sonido del móvil de Bastian interrumpió nuestra conversación.

Salió del bar apurado, llevándose el teléfono al oído.

Ni siquiera cogió el abrigo y eso que estábamos a cero grados.

Ninguno pareció darle importancia, hasta que al cabo de unos minutos regresó con el rostro descompuesto, la mirada apagada y el móvil apretado en su mano.

—¿Pasa algo? —preguntó Claudia, arqueando las cejas con preocupación.

Bastian contrajo los labios, pero negó con la cabeza.

—Me voy ya a casa, no me encuentro muy bien —anunció con voz cansada, mientras se vestía con el abrigo. Por lo rápido que lo hizo, supe que no era el dolor del codo lo que le provocaba ese supuesto malestar.

—Espera, que nos vamos contigo —dijo Nico.

—No. No hace falta, de verdad. —Se terminó de abrochar el abrigo y se pasó la mano por el pelo, revolviéndolo—. Eh… Nico, paga lo mío y luego te lo doy, ¿vale?

Antes de que ninguno pudiéramos decir nada, salió del bar.

Me pareció que se volvía a llevar el teléfono al oído.

Nos miramos entre todos en silencio, confundidos.

Hasta que Asier decidió hacer una de sus bromas tontas para aligerar un poco el ambiente, y así retomaron la conversación en el punto que se había quedado, obviando lo que acababa de pasar.

Aunque yo me quedé con el estómago un poco encogido por verlo marcharse así.