Capítulo 35
Lía
Los chicos estaban eufóricos tras el partido.
Y no era para menos, después de ganar tres sets a cero y sin que apenas el equipo rival oliera el marcador.
Tampoco eran para menos las instalaciones deportivas de la Universidad de Kansas.
Ahora entendía por qué el partido fue aquí y no en la LUHS.
Eran mucho más grandes y tenía mayor capacidad para albergar público.
Tras el partido, el hotel había preparado una cena especial para el equipo con fiesta posterior a modo de celebración.
A mí no me apetecía nada, pero tampoco quería encerrarme otra vez sola en la habitación.
Además, tenía hambre y en ese hotel se comía muy bien.
Todos se vistieron para la ocasión, y yo, que no iba más que con unos vaqueros estilo mom , una blusa blanca remetida con las zapatillas a juego y el pelo suelto, sentí que desentonaba entre ellos.
Me senté en la esquina que quedó libre en la mesa, frente a Raúl. Me sorprendió que no estuviera con Bastian, sentado en la otra punta de la mesa.
—Aburrida, ¿verdad?
Levanté despacio la cabeza de mi plato al escucharlo hablar en español; solo se podía referir a mí.
—Un poco. —Me encogí de hombros y se me escapó una risita nerviosa por la nariz.
—Tiene que ser un coñazo que te obliguen a venir aquí y encima te pases la mayor parte del tiempo sola.
Bebí un trago de agua, el único en toda esa mesa llena de botellines de cerveza, mientras asentía.
—Son mis prácticas. Es lo que hay —dije, con asumida resignación.
Raúl soltó una lánguida carcajada y me escrutó en silencio. Corté un trozo del pollo asado y sin querer, hice chirriar el cuchillo contra el plato. Me estaba poniendo de los nervios.
—Menuda putada que te haya tocado trabajar con nosotros —lejos de burlarse o de intentar provocarme, sus palabras iban cargadas de una especie de compasión.
—Sí. —Me reí—. No te voy a mentir. Ya me estoy acostumbrando a… vosotros. —Raúl frunció el ceño, pero no se me ocurría otra manera de decirlo sin que fuera ofensiva—. Pero al principio lo pasé bastante mal, parecíais una auténtica tropa de monos.
Se rio con una carcajada mucho más sonora. Apoyó los antebrazos en la mesa, inclinándose hacia mí.
—Creo que me caes bien.
Mis comisuras tiraron solas de mis labios.
—Ojalá en un algún momento pueda decir lo mismo de ti.
Me llevé un trozo de pollo a la boca mientras Raúl siguió mirándome divertido. No pareció ofenderle mi comentario.
Después, y sin esperármelo, entabló una cordial conversación conmigo, interesándose por mi vida más allá de la LUHS y dándome a conocer la suya.
Me habló del equipo, del voleibol —cómo no—, y me contó que este año sentían mucha más presión de la habitual ya que estaba sobre la mesa el salto a la liga profesional americana.
—Este lo tiene asegurado —dijo, señalando con la cabeza hacia Bastian, que reía con otro jugador, ajeno a nuestra conversación—.
Se lo están rifando en todas las ligas y, además, al tener la doble nacionalidad, también podría aspirar a competir con Canadá en los siguientes Juegos Olímpicos.
Yo lo tengo más crudo —admitió con una triste risa.
Le lancé una rápida mirada a mi compañero de piso, intrigada. Demasiado, quizá. Aunque su segundo apellido me había llamado la atención, no sabía que fuera medio canadiense.
—¿Por qué? —me interesé, volviéndome a Raúl.
—Porque yo no tengo su nivel. Ni su técnica ni su precisión. Suerte tendré si algún equipo de España me quiere.
Ahora fui yo la que le dediqué una breve sonrisa de compasión. Aunque no tuviéramos nada que ver, quizá compartíamos un mismo miedo que nos autosaboteaba.
Cuando la cena llegó a su fin, comenzó la fiesta en un salón apartado del comedor.
Me despedí de Raúl, que era el único que se acordaba de que estaba ahí, y me subí a la habitación; no tenía ganas de fiesta.
Además, había gente a la que ni siquiera conocía.
Me aseguré de cerrar bien la puerta, me puse mi pijama y me tumbé en la comodidad de mi cama a leer el primer libro de una saga de romance que acababa de empezar, deseando que llegara por fin la hora de volver a casa.
Pensé que podría dormirme pronto. Que apenas podría leer unas pocas páginas.
Pero ya llevaba unas cuantas horas en la habitación, y aún no había conseguido rendirme al sueño.
Hasta había oído a los jugadores llegar a sus habitaciones, todas alrededor de la mía.
Hacía rato que ya no los escuchaba; se habrían dormido ya.
Qué suerte.
Cogí de nuevo el libro con la esperanza de que, tras unos pocos capítulos más, mis párpados empezaran a pesarme.
Ahogué un gemido cuando unos golpes en el pasillo me sobresaltaron.
Eran insistentes, como si alguien estuviera llamando a las puertas.
Me aferré a la manta en un estúpido intento de protegerme de mi ilógico miedo.
El estómago se me encogió con un fuerte tirón cuando esos mismos golpes retumbaron en mi puerta.
Apreté la mullida tela entre mis puños con más fuerza y contuve la respiración por si acaso se escuchaba desde fuera.
Intenté ser racional y me convencí de que sería algún borracho desorientado buscando su habitación.
Pero quien fuera llamó con un poco más de fuerza, y mi pulso se prendió, restallando en mis oídos.
—Lía, abre.
Solté de golpe la manta al reconocer su voz.
Volvió a llamar.
—Ábreme, por favor. Sé que estás despierta. Veo la luz por la rendija de la puerta.
Dejé el libro en la cama y avancé hacia la puerta, notando todavía mis latidos un poco desacompasados.
—¿Quién eres? —pregunté con un susurro. Por si acaso.
Lo escuché resoplar con impaciencia y tuve que morderme el labio para contener una risa.
—¿Quién voy a ser?
Lo condené a unos segundos más de silenciosa espera hasta que, al final, abrí. Por segunda vez en mi vida, tener a Bastian delante fue un consuelo para mí.
—¿Qué haces aquí? —lo escruté con la puerta a medio abrir.
Perfectamente podría ser un borracho desorientado, pero no tenía pinta de haber bebido.
Se pasó la mano por el pelo, despeinándose algunos mechones que le cayeron por la frente, y después se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones de pinzas.
Acostumbrada a que casi siempre vistiera con ropa de deporte, se me hacía raro verlo tan bien arreglado.
—No consigo que ninguno de estos mamones me abra y… no tengo tarjeta para entrar en mi habitación. Se la llevó Raúl.
Abrí un poco más la puerta, entrecerrando la mirada.
Hasta que entendí sus intenciones.
—Ah, no. —Negué con la cabeza con una risa nerviosa—. Ni de coña.
Intenté cerrar, pero me lo impidió apoyando su mano en la madera.
—Lía, por favor. Que estos están durmiendo la mona y no tengo dónde quedarme.
—En el sofá de la recepción —contesté impasible mientras trataba de cerrar con toda la fuerza de mi cuerpo.
Pero era imposible, con una sola mano él me la triplicaba.
—Me lo debes. Te ayudé el lunes.
Aguanté unos segundos más hasta que, finalmente, me resigné y dejé de luchar. En el fondo, tenía razón; y aunque se lo mereciera por todas las veces que se había comportado como un estúpido conmigo, no sería capaz de dejar que pasara la noche en el pasillo de un hotel.
—Eso es chantaje —murmuré.
Me hice a un lado para que entrara y pasó por mi lado con una arrogante sonrisa. Entonces fui yo la que resopló con los ojos entornados.
—¿Qué lees? —sin ningún tipo de recato, cogió el libro de mi cama y lo abrió por donde me había quedado.
—Nada. —Me lancé apresurada a quitárselo, temiendo que leyera alguna escena comprometida.
—¿Utilizas la goma de las analíticas como marcapáginas? —Se rio con una carcajada mientras tiraba del compresor.
—Es lo único que tenía a mano… Ay, ¡Bastian! Estate quieto, ¡me lo vas a romper! —Me giré y dejé el libro en la mesilla para que no siguiera jugando con él.
—Vaaale.
Se dio la vuelta y comenzó a pasear por la habitación, observando cada rincón mientras se mordía el labio.
Yo me senté en la cama, jugueteando con un mechón liso de mi cabello.
Se hizo entre los dos un silencio demasiado incómodo que no sabía cómo cortar.
Desvié la mirada al colchón en el que estaba sentada —el único— y el corazón me dio un vuelco.
—Tú duermes en el suelo.
—¿Qué? —su voz sonó incrédula—. Venga, Lía. No me jodas. —Le tiré uno de los cojines para demostrarle que iba en serio y su rostro se descompuso con una mueca de pena—. Lía, que estoy molido, ¿cómo pretendes que me pase toda la noche ahí?
—Mientras estabas en la fiesta no te importaba mucho el cansancio. —Me encogí de hombros mientras me metía dentro de las sábanas—. A saber qué estarías haciendo para volver tan tarde.
—Socializando. No te vendría mal.
Lo fulminé con la mirada.
—Fuera.
—Vale, vale. Perdona, era una broma —se disculpó con una urgencia que me produjo hasta ternura—.
Déjame un hueco en la cama, anda… — suplicó, sentándose a los pies del colchón—.
En la fiesta estaban algunos de los jugadores del equipo contrario.
Coincidí con ellos en un torneo el año pasado y son amigos míos.
Me he quedado con ellos y por eso me he despistado con la hora —explicó con voz suave, como si tratara de justificarse.
Me sentí un poco ridícula porque, de alguna manera, ese dato aliviara algo que me molestaba en el pecho. Ignorándolo, me estiré para coger el cojín del suelo, y ese simple gesto le hizo saber que estaba cediendo.
—Gracias —murmuró, esbozando una ligera sonrisa.
Me reacomodé en la cama, quedando bocarriba. Él se levantó y se fue hasta el otro lado del colchón. Fue entonces cuando comencé a procesar que íbamos a dormir juntos en una cama que para mí sola era grande, pero que para los dos se quedaba pequeña. Y un extraño cosquilleo me recorrió el estómago.
Porque en mi vida solo había compartido cama con un chico, y ese era Caleb.
—¿Qué haces? —solté de golpe cuando vi por el rabillo del ojo que se desabrochaba la camisa blanca.
Paró un momento el movimiento de sus dedos para mirarme.
—No pretenderás que me meta en la cama con la ropa de la calle.
—Te puedo dejar un pijama —dije casi sin pensar.
Soltó una carcajada y siguió desabrochándose los botones como si nada, dejando su pecho trabajado al descubierto. La forma en la que lo hacía me parecía tan hipnótica que me quedé enganchada a su movimiento y lo siguiente que vi, fueron sus abdominales cincelados.
—Y me lo pongo en una oreja, ¿no? —me pareció escuchar.
Desvié rápida la mirada cuando sus manos bajaron hasta el botón de sus pantalones, sintiendo como las mejillas se me encendían.
Para que no lo viera, me giré al lado contrario.
Sonó una risita nasal a mi espalda y me dieron ganas de lanzarle un almohadazo.
Solo un segundo después, el corazón se me desbocó cuando escuché la ropa caer y noté el colchón hundirse con su peso a mi lado.
—Al filo. Ni te muevas —le advertí, tajante.
—Puedes estar tranquila, no voy a meterte mano mientras duermes. —Hizo una pausa, quizá esperando a que yo replicara—. Ni siquiera eres mi tipo. —Acto seguido, apagó el interruptor de la luz que estaba al lado de la cama.
Tensé los labios y apreté la manta entre mis manos. Y esa vez no era por miedo, sino por una especie de rabia.
Si su tipo lo eran todas .
—Pues para no serlo, bien que se te fueron los ojos en el juego de los retos —me mofé.
—Eso fue un acto reflejo. Cualquier tío al que le pongas las tetas en la cara va a mirar.
Noté el ardor expandirse por toda mi cara.
—Yo no te puse las tetas en la cara —espeté azorada, girándome sobre mi hombro para mirarlo.
En lugar de contratacar, soltó otra carcajada. Con la luz de la noche que entraba por la ventana, pude ver cómo los músculos de su espalda se contraían al reírse. Y, no sé por qué… me relajé un poco al verlo. Me acurruqué de nuevo en mi lado y subí la manta hasta mi cuello.
De pronto, un tirón me destapó.
—No me quites la manta —bufé, tirando yo de ella.
—No te la quito, eres tú la que me está dejando sin ella. Me estoy quedando helado.
—Pues ponte la ropa —repliqué, haciendo fuerza.
Forcejeamos durante un rato, dándonos suaves codazos mientras se nos escapaban pequeñas risas. Harta, le puse el pie en el gemelo y Bastian dio un pequeño brinco.
—¡Joder! Tienes el pie helado.
Aproveché su flaqueo para quedarme con la manta y él, cansado o resignado, dejó de luchar.
Sonreí victoriosa, tapándome con ella hasta la mitad de la cara.
A los pocos segundos, me pareció notar que su espalda se pegaba un poco a la mía con un ligero temblor.
Entonces, le cedí su parte de manta, pero no se separó.
Pese al frío, el calor de su piel me llegó a través de la tela de mi pijama.
Tras esa pequeña pelea que, aunque me costara reconocerlo, fue divertida, nos quedamos en silencio. Cerré los ojos para intentar dormir e imaginé que él hizo lo mismo.
Hasta que mi cabeza recordó la conversación con Raúl.
—No sabía que fueras medio canadiense —susurré.
Tras unos segundos callado, chasqueó la lengua.
—Puto bocas…
Arrugué el ceño con extrañeza. Primero, porque sonara tan amargo y, segundo, porque supiera sin que yo lo delatara quién me lo había contado. Y no quise dejarme llevar por las palabras de Caleb y pensar que quizá nos estaba mirando mientras hablábamos, porque era una estupidez.
—¿Cómo llevas el saber que te quieren en tantas ligas? —pregunté, intentando aligerar esa extraña tirantez que había sustituido a la diversión de hacía un rato.
—¿Desde cuándo te interesa tanto mi vida? —inquirió, demasiado áspero.
Me quedé tan cortada que fui incapaz de responderle cualquier bordería como se merecía. Sentí su cuerpo tensarse contra mi espalda.
—Perdona —murmuró al cabo de unos instantes.
Cerré los ojos de nuevo, dando por finalizada la conversación. No entendía por qué había reaccionado así, pero no pensaba escarbar más. Volví a tirar un poco de la manta para cobijarme en su calor más que en el del cuerpo de Bastian y me dejé llevar por el cansancio que arrastraba.
Aunque lo que de verdad me ayudó a relajarme fue el aroma que desprendía ese chico que resultaba ser un desconocido y que intentaba dormir a mi lado en la cama.
No sé cuántas horas pasarían hasta me desperté con el sonido seco de la puerta. A mi espalda, la luz de la mañana ya alumbraba la habitación. Estaba sola en la cama, pero a mi lado, quedaba la forma de su cuerpo en las sábanas. Pasé la mano por ellas. Todavía guardaban su calor.
Me incorporé para sentarme en la cama y me abracé a mis piernas.
Su voz me llegó a través de la pared desde la otra habitación.
Me quedé mirando a un punto fijo del colchón y, mientras lo escuchaba reír con otros jugadores, dejé escapar un suspiro que me abrió una especie de grieta molesta en el centro del pecho.