Capítulo 34
Lía
Hacer un trayecto de seis horas en autobús tras una noche de guardia no fue tan mala idea como pensaba.
Nuestro autobús partió a las cuatro de la tarde del viernes, dejando atrás el cielo gris de Nebraska, y no llegó hasta más allá de las diez de la noche a Kansas City —a la parte de Kansas, no a la de Misuri—.
Me senté en los asientos de atrás, sola; donde nadie me pudiera molestar ni yo molestar.
Me pasé casi la mayor parte del trayecto dormitando, mientras chistes poco ingeniosos, bromas y burlas, y cientos de conversaciones que se mezclaron con el paso de las horas me llegaban amortiguadas.
Cuando al fin llegamos, tuve que tomarme mi tiempo para poder estirar mis pobres y entumecidas piernas.
No sé a quién se le ocurriría hacer un trayecto tan largo sin paradas para descansar.
Cogimos nuestros equipajes y nos encaminamos hacia el hotel.
La noche era fría y húmeda, así que tuve que reacomodarme el abrigo para que el frío no se me colara por el cuello, mientras caminaba callada detrás de los jugadores y el entrenador.
No sabía cuánto tiempo llevaría ya sin pronunciar palabra.
Me sentía un poco fuera de lugar. Apenas tenía confianza para integrarme con ellos.
Con el único que podría intentarlo era con Bastian, pero desde que me ayudó el lunes con el trabajo, no habíamos vuelto a hablar.
Era como si se hubiera cerrado a… no lo sabía, a algo.
A veces se encerraba en su mundo y este parecía hermético.
Quizá lo incomodé al abrazarlo. Que intentásemos mantener una relación cordial no significaba que tuviera derecho a invadir su espacio personal de esa forma. Aunque, según lo que dijo Caleb, desde fuera no debió percibirse que le desagradara, si según él me miraba de una forma…
Tropecé con una piedra y me di de bruces contra la espalda de Davis.
—Estoy bien. —Dibujé una rígida sonrisa para camuflar mi vergüenza cuando todos se volvieron para mirarme.
Al menos ese tropiezo ayudó a sacarme de aquellos pensamientos que no debían tener lugar en mi mente.
Al fin, llegamos al hotel, y me sorprendí ante lo lujoso que parecía.
Quizá era porque yo nunca había estado en uno.
Se trataba de un alto edificio acristalado, con una enorme fuente decorativa en su entrada.
Cuando entramos en su recepción, lo confirmé.
Era un lujoso hotel de cuatro estrellas.
Me parecía increíble la cantidad de dinero que podría manejar la LUHS como para poder costear dos noches de hotel a todo el equipo con el trayecto incluido.
Tras registrarnos en la recepción, los jugadores y el entrenador fueron directos al comedor para cenar.
Yo me quedé la última dando mis datos, pero en lugar de seguirlos, preferí subir mi habitación y terminar ya el día.
Aunque en cuanto me encerré en ella, un escalofrío me recorrió entera.
Me daba miedo pasar la noche sola en una habitación de hotel; no confiaba en que alguien pudiera entrar.
Después de asegurarme de que la puerta no se podría abrir ni aun forzándola, intenté hacer caso omiso a esa aprensión, quizá un pelín exagerada.
Total, iba a dormir sola de todas las maneras.
Me quité la ropa y me acomodé en la mullida cama que, aunque no era de matrimonio, sí era bastante ancha para mí sola, y así, me vencí al cansancio de mi cuerpo.
No sé cuántas horas más tarde, me despertó la radiante luz del sol entrando por el gran ventanal que se situaba a un lateral de la cama.
Me di una rápida ducha y, cuando bajé al comedor, los del equipo ya estaban desayunando.
Me senté al lado del entrenador y escuché, mientras comía un bol de avena con fruta, cómo repasaban las tácticas del partido.
Y mientras ellos pasaron el resto de la mañana visitando la ciudad, concentrados o haciendo lo que les diera la gana, yo me di un pequeño paseo cerca del hotel e hice una videollamada con mi mis padres y mis hermanos para tener alguien con quién hablar.
Después, subí a mi habitación y aproveché para estudiar, haciendo tiempo hasta que llegara la hora de del partido.
Y sin saber la noche que todavía me quedaba por delante.