Aunque me dé miedo Capítulo 33
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Capítulo 33

Bastian

Sentía mis cuádriceps arder a cada paso que daba.

Liam tenía razón, no podía pegarme esas palizas en las sesiones de acondicionamiento físico. Tampoco ayudaba que, después del entrenamiento, me pasara más de una hora pateándome Lincoln, siguiendo el mismo camino sin rumbo por las mismas calles de siempre.

Y con el mismo e imposible objetivo de cada día: callar a mi cabeza.

Me tumbé en la cama, exhausto, deseando que ese día se terminara.

A través de la pared me llegaron sus risas.

Clavé la vista en el techo, pero solo veía sus manos unidas.

Alargué el brazo para alcanzar los cascos de mi escritorio y puse el volumen a tope cuando « Demons » de Imagine Dragons comenzó a sonar.

Me reacomodé la almohada detrás de mi cabeza y busqué con mi móvil algo con lo que entretenerme.

Algo que me valiera de distracción.

O alguien.

Aunque no me sirviera de nada.

Sentí un peso hundirse en el colchón. Levanté la vista de la pantalla y me encontré a Nico sentado en el borde de mi cama.

—¿Qué tal, tío? —pregunté despreocupado, quitándome los cascos.

—No ha vuelto con él —contestó en voz baja.

La respiración se me atascó, oprimiéndome la garganta.

—¿Qué dices?

—Sabes perfectamente de lo que hablo.

Guardé silencio unos segundos. Tragué saliva para empujar lo que seguía atorado en mi tráquea.

—Me alegro por ellos. O no. La verdad es que me la suda. —Volví la vista a mi móvil con indiferencia y abrí una conversación en la que aún tenía mensajes pendientes de contestar.

—Ya. Por eso te has dado media vuelta cuando los has visto.

Tensé la mandíbula de forma inconsciente. Empecé a teclear sobre la pantalla, ignorando a mi amigo.

—Yo también me he dado cuenta de cómo la miras.

Me dio una palmada en el cuádriceps y se levantó de la cama antes de que pudiera hablar. Y el ardor de mis músculos resentidos no fue lo que más me dolió, sino la grieta que empezaba a fisurarse en un blindaje que yo creía indestructible.

Tiré el móvil en la cama con ese mensaje a medio escribir, salí de la habitación y me subí al descansillo.

Al consuelo del silencio de esa noche fría de principios de noviembre.

Con la única compañía de la sombra que siempre me perseguiría.

Y con la advertencia de todo de lo que tenía que huir rozándome la piel.