Aunque me dé miedo Capítulo 32
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Capítulo 32

Lía

Al día siguiente, mientras me paseaba por el gimnasio durante la sesión de acondicionamiento físico —tal y como me pidió Oliver al inicio de las prácticas—, entre ruidos de mancuernas, choques de pesas y exagerados gemidos de esfuerzo, me pareció escuchar algo que se llevó toda mi atención.

Liam y Raúl, sentados en unos bancos de pesas contiguos, hablaban algo sobre un partido fuera de casa.

Me paré cerca, fingiendo que me interesaba mucho el rack de mancuernas.

Cogí una de ellas, la más pequeña, y la balanceé en mi mano.

Estuvo a punto de caérseme cuando Liam dijo que el viernes saldríamos de Lincoln para llegar sin prisas.

Solté la mancuerna antes de llamar la atención de los jugadores y que se rieran de mí por no poder con una simple pesa de tres kilos; las aguas llevaban semanas muy calmas y no quería alterarlas.

Titubeé, ya que seguía sin sentirme muy cómoda con ellos y sabía que el sentimiento era mutuo, pero al final me decidí y fui hasta ellos.

—¿De qué habláis?

Liam y Raúl levantaron la cabeza para mirarme, un poco perplejos. No sabía si se debía a la repentina invasión de su conversación o al simple hecho de que me acercara.

—Del partido del sábado —dijo finalmente Raúl.

Me crucé de brazos y cambié mi peso de una pierna a otra.

—Pero estabais diciendo algo de salir el viernes…

—El partido es en Kansas —aclaró Liam.

Me quedé mirándolos en silencio, procesando la información. Sabía que habría que jugar algún partido fuera de casa, pero contaba con que me avisarían con tiempo llegado el momento y no que me tendría que enterar por andar curioseando conversaciones ajenas.

—¿Y por qué yo no sabía nada?

Compartieron unas miradas un poco incómodas. Raúl se encogió de hombros, como si la cosa no fuera con ellos. Y en el fondo era así, era responsabilidad del entrenador.

—No sé, Lía. Imaginamos que lo sabrías. Todos los partidos de la fase de grupos están fijados en el calendario desde el inicio del curso.

Un golpe seco y metálico me sobresaltó.

—Bastian, tío. Ponle los putos topes de seguridad a la multipower , que al final te la cargas —le reprendió Liam, levantado la mano con un gesto de reproche.

Desvié la mirada hacia aquel lugar al que se dirigía Liam.

Bastian estaba sentado en uno de los bancos, con los antebrazos apoyados en las piernas y la cabeza hundida.

Desde mi posición, solo podía ver los músculos de su espalda tensarse contra su camiseta.

Teniendo en cuenta que vivíamos juntos y que nuestra tregua seguía en pie, podría haberme comentado algo.

El sábado mientras preparábamos el trabajo, o ayer mismo cuando hablamos tras la exposición, por ejemplo… no le costaba nada hacerlo.

—Lía, ¿me estás escuchando?

Sacudí la cabeza, volviéndome hacia ellos. Tragué saliva para disimular esa especie de decepción que se me había quedado atorada.

—Sí, perdón.

—Te decía que hablaras con Oliver, es el que se encarga de organizar los viajes cuando jugamos fuera de casa.

Asentí despacio.

—Gracias.

Los chicos volvieron a su entrenamiento de hombro y yo me encaminé a la salida para buscar a Oliver, pero no pude esquivar la imagen de Bastian al pasar por su lado. Concentrado en sus sentadillas, con una barra cargada en lo alto de su espalda y sin los topes de seguridad puestos.

Ysin mirarme en ningún momento.

—Imaginé que lo sabrías —imité al entrenador—. ¿Cómo lo voy a saber? ¡Si nadie me avisa de las cosas!

Solté una tediosa exhalación y me dejé caer en el sofá.

—Venga, Lía. Que tampoco es tan grave —dijo Nico con diversión, tratando de rebajar mi enfado.

Aproveché que Bastian todavía no había llegado a casa del entrenamiento para desahogarme con mis amigos. Salía más tarde porque tenían reunión de equipo.

—Hombre, enterarme con tan pocos días de antelación sí que lo es —repuse, cruzándome de brazos.

—¿Y eso por qué? ¿Tenías algún plan para el fin de semana? —Asier me miró alzando una ceja ya que sabía la respuesta.

—Pues no, pero me tengo que preparar mentalmente, ¿te parece poco?

Mis amigos rieron al unísono.

—Tía, que vas a un partido al estado vecino y con hotel pagado, no a una guerra —se recochineó Abril.

Ladeé la cabeza porque, por exagerado que pareciera, si las cosas se torcían demasiado… sí que podría serlo.

De pronto, el sonido del timbre interrumpió nuestra conversación. Nos olvidamos de mi problema y nos miramos todos, extrañados.

—¿Quién es? —preguntó Claudia, dirigiéndose descalza hacia la puerta.

—Bastian no creo, siempre lleva llaves —apuntó Nico, siguiéndola.

Claudia miró por la mirilla y se volvió hacia nosotros con rostro de asombro.

—¡Es Caleb! —siseó para que no pudiera oírla.

—¿Qué? —Abrí tanto los ojos que pensé que se me saldrían de las cuencas.

Llevaba desde que lo dejamos sin hablar con él.

Sin saber nada de él. Sin verlo. Borrarlo del mapa era la forma de protegerme; de no volver a caer.

Estaba segura de que no lo haría otra vez, pero quise cerrar toda posibilidad.

Quizá por eso el estómago se me encogió con una angustiosa sensación al saber que estaba ahí.

Nico abrió la puerta de improvisto. Desde el sofá, no pude ver más que su espalda.

—¿Qué quieres?

—Eh… ¿está Lía?

—No —respondió tajante mi amigo.

Sin darle opción a responder, Nico le cerró la puerta en las narices. Pero Caleb no era de los que se daban tan fácilmente por vencido, y solo unos segundos después, volvió a llamar. Nico resopló y se giró de nuevo hacia la puerta.

—¿Este tío no entiende un no, o qué pasa?

—Nico —lo frené—. Ya abro yo.

Me miró con unos ojos inseguros.

—Lía, no creo que sea lo mejor… —dudó Claudia, que no se había movido de su lado.

Les hice un gesto con la cabeza para tranquilizarlos, con una seguridad que ni yo misma tenía. Seguía sin querer verlo, pero tal vez… necesitaba cerrar de una vez este capítulo de mi vida.

Y tenía la oportunidad justo detrás de la puerta de mi casa.

Cogí aire y abrí. Y ahí estaba, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones y con cara de no haber roto un plato en su vida.

Apreté el pomo con fuerza para contener la rabia que me provocaba esa falsa imagen y le clavé mi mirada.

Pese a mis miedos, tenerlo delante no me removió.

No me inundó en una triste nostalgia por el amor que compartimos.

Ni por la añoranza de sus cariños. Entonces, lo tuve claro; lo que un día me enamoró de él se había esfumado, ya solo quedaba la rabia por la herida que me había provocado.

—¿Qué quieres? —repetí las mismas palabras de Nico.

Caleb miró a mi espalda y luego volvió a mí.

—¿Podemos hablar… en privado?

Me giré sobre mi hombro y me encontré cuatro atentos pares de ojos que no tenían pinta de querer dejarnos algo de intimidad.

—Vamos fuera mejor.

Cerré la puerta sin hacer caso a las protestas de mis amigos y me senté en las escaleras del rellano.

Iba con unas mallas negras de estar por casa y una simple camiseta, pero al ser una residencia universitaria, las pintas que me encontraba por ahí solían ser mucho peores.

Caleb me siguió y ocupó el espacio que quedaba a mi lado, manteniendo una prudente distancia.

—¿A qué has venido? —intenté mantener mi voz firme, sin dejarme llevar por la herida del recuerdo.

Entrelazó las manos sobre sus rodillas y se mordisqueó el labio; el gesto que siempre hacía cuando los nervios lo dominaban.

—Quería pedirte perdón —susurró, con su vista clavada en el suelo.

—¿Otra vez?, ¿cuántas van ya? —solté con amargura.

Se pasó las manos por la cara y vi cómo tragaba saliva.

—Esta vez es de verdad.

—¿Las otras veces no lo eran? —chisté con incredulidad—. Mira, Caleb. No me vuelvas con el cuento de que no sabías lo que hacías, porque no me creo ya ni una sola pa…

—No quiero que vuelvas conmigo —me interrumpió.

Me quedé con la palabra en la boca, confundida. Caleb se giró para mirarme y me pareció ver un brillo arrepentido en sus ojos azules. Los mismos que un día me atraparon como un tsunami, pero ahora me dejaban fría.

—Quiero pedirte perdón por el daño que te hice. Por no saber estar a la altura. Por no ser el novio que tú necesitabas.

Procesé sus palabras en silencio mientras él seguía hablando, con el eco de sus palabras resonando en las paredes marmoladas de mi rellano.

—Me he comportado como un auténtico cabrón y no tengo justificación, pero…

—Hundió sus hombros con un suspiro—. No sé, llevó desde que me dejaste sintiéndome muy culpable.

No estoy orgulloso de lo que hice. Y no te creas que vengo aquí para limpiar mi conciencia, ¿eh?

A fin de cuentas… me tengo merecido sentirme como un puto miserable.

—Hizo una pausa para coger aire—. Pero tú no te mereces que un gilipollas como yo te rompa el corazón.

Fruncí los labios para retener la inesperada congoja que me afloró por dentro.

—Me hiciste mucho daño —dije al fin con un hilo de voz.

Caleb tomó mis manos entre las suyas. No fue un gesto romántico, ni siquiera cariñoso. Tal vez, lo hizo como una última forma de consuelo por lo que él mismo había roto.

—Lo sé, y te juro que llevo todo este tiempo castigándome por ello. No te lo merecías, Lía.

—Entonces… —Tragué saliva, con mi mirada clavada en nuestras manos todavía unidas—. ¿Por qué lo hiciste? —pregunté, saboreando el miedo de una respuesta que pudiera hundir más mi escasa autoestima.

—Si te soy sincero… por muy enamorado que pueda llegar a estar, creo que no sé estar en pareja.

—Esbozó una amarga sonrisa—. Lo que no quiero que se te pase por la cabeza es que el problema has sido tú, Lía.

El único culpable de haberte sido infiel he sido yo.

Contigo… no había nada que me faltara, ni buscaba otra cosa diferente.

No sé, ni siquiera le encuentro una explicación a lo que te he hecho.

Tendré que asumir que simplemente soy un cabrón e intentar no hacer más daño.

Esas palabras me proporcionaron el alivio que llevaba necesitando desde que lo pillé la primera vez besando a otra chica que no era yo. No me sentí orgullosa por necesitar escucharlo de su boca, pero de la mía no me lo creía.

—Lía, tú eres una chica muy dulce y cariñosa. He sido un afortunado por poder compartir contigo la ilusión con la que vives el amor. No quiero que, por mi culpa, tengas miedo de seguir disfrutándolo. —Me dio un pequeño apretón en las manos.

Antes de poder contestarle, Caleb giró la cabeza hacia la puerta de mi piso.

Bastian estaba frente a ella, con la bolsa de deporte colgada al hombro y vestido, como casi siempre, con el chándal del equipo y una cazadora deportiva.

No me di cuenta de que había llegado, y él tampoco debió vernos.

Metió la llave en la cerradura, pero en lugar de hacerla girar, se quedó parado un segundo, con la vista clavada en la llave.

Su mandíbula se contrajo con un pequeño movimiento y la retiró con un seco sonido dentado.

Miré confundida cómo daba media vuelta y volvía a marcharse por las escaleras, sin tan siquiera mirarnos.

¿A dónde iba?

—Espero que él sí sepa valorarte y cuidarte como no supe hacerlo yo.

Una extraña descarga me recorrió la espalda.

—¿¿Cómo??

—Lassard —pronunció con una especie de triste risa—. Ya he visto que, pese a lo mal que os llevabais, en el f…

—No, Caleb. Te estás confundiendo.

Frunció el ceño mientras soltaba despacio mis manos. No me acordaba de que me las seguía sosteniendo.

—¿No estáis juntos?

Negué con la cabeza y fue a mí a la que se le escapó una pequeña risa ante esta estrambótica idea.

—Ayer vi cómo os abrazabais en el pasillo de la uni y no sé, pensé que quizá…

Se me alteraron un par de latidos al recordar ese momento y cómo sus brazos me envolvieron más tiempo del que jamás habría pensado.

—Te aseguro que entre Bastian y yo no hay nada. Solo le estaba dando las gracias por ayudarme con un trabajo de clase.

—Ah… Supongo que al ver cómo te miraba, me imaginé que… —Sacudió la cabeza—. Da igual.

Arrugué el gesto, mirándole atónita por esa confesión mientras se levantaba del escalón. Estuve a punto de preguntarle cómo era esa mirada de la que hablaba, pero logré contenerme en el último momento.

Era una estupidez.

—Me voy ya, se me está haciendo tarde. Solo quería que supieras lo mucho que lo siento y que… espero que algún día puedas perdonarme.

Asentí con una fina línea en mis labios simulando una sonrisa, sin poder prometerle que lo haría. Me dio un rápido abrazo de despedida y bajó las escaleras hasta desaparecer de mi vista.

Las mismas que había bajado hacía ya un rato Bastian.

Solté un suspiro tembloroso para poder aliviar un poco la tensión que me oprimía todo el cuerpo. Cuando abrí la puerta de casa, me recibieron los mismos cuatro pares de ojos tras ella.

—¡Seréis cotillas! —dije con una mezcla entre la vergüenza y el reproche mientras cerraba la puerta.

—¿Qué te ha dicho? Dime que no te ha pedido volver. Y dime que no les has dicho que sí. Dime que le has mandado a la mierda, por favor. —Los inquisitivos ojos de Abril me miraron esperando, impacientes, mi respuesta.

—¿Qué pasa?, ¿no lo habéis escuchado?

—Hablabais tan bajito que no se oía una mierda —protestó Asier.

No me importaba que se enteraran de nuestra conversación, pero agradecí que no hubieran escuchado la parte en la que Bastian salió a relucir.

—Podéis estar tranquilos. Me ha pedido perdón, pero no pienso volver con él, ¿contentos? —pregunté con falso entusiasmo.

—No, espera. Cuéntanos todo lo que te ha dicho —me exigió Abril mientras me empujaba hacia nuestra habitación. Claudia nos siguió.

—¡Oye!, ¿y qué pasa con nosotros?

Abril lo ignoró cerrando con un golpe hueco y tanto ella como Claudia comenzaron a avasallarme a preguntas. Y no fue eso lo que me abrumó. Caleb había conseguido quitarme un lastre de la espalda, pero me había dejado otro peso muy raro en el pecho.

Bastian no me miraba de ninguna manera. Lo único que había cambiado era que ahora no me retaba con ella.