Aunque me dé miedo Capítulo 31
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Capítulo 31

Lía

Estábamos cenando unos tristes macarrones con queso —un poco quemados— preparados por Nico mientras mis amigos discutían sobre cómo organizarían el trabajo del voluntariado del laboratorio.

Tenían que participar en un proyecto de investigación de un ensayo clínico, y eran los encargados del reclutamiento de participantes y formación del grupo.

Pero yo estaba demasiado inquieta como para escuchar cuál era el motivo por el que se estaban peleando.

—Lía, para de una vez con la piernecita, que me estas poniendo de los nervios. —Asier me puso la mano en el muslo para que dejara de rebotarla contra el suelo.

—Perdón —murmuré, volviéndome a mi plato.

Bastian había desaparecido a la hora de la comida.

Volvió un poco antes de la cena para ducharse, arreglarse, y largarse otra vez.

Y no quería pensar mal de él, pero no confiaba demasiado en que esa no fuera otra de sus noches de desfase.

Porque de ser así… era capaz de no presentarse mañana en clase.

—¿Sabéis dónde está Bastian? —pregunté de pronto, interrumpiendo su conversación.

Me miraron atónitos. Nico se quedó con un puñado de macarrones a medio camino de la boca.

—Es que… mañana tenemos la presentación del trabajo, y no quiero precipitarme, pero…

—Está en el cumpleaños de Raúl. Vamos, que igual no viene ni a dormir —contestó Asier.

Sentí como si me cayera un cubo de agua helada por la espalda. Hasta debí quedarme pálida.

—Pero si mañana hay clase…

Este soltó una carcajada, como si lo que acababa de decir fuera una ocurrencia graciosísima.

—Di que sí. Tú ponla más nerviosa —replicó Abril, chasqueando con la lengua. El aludido se encogió de hombros, mirándola un poco desconcertado.

—O igual sí que aparece. Raúl es su amigo, querrá estar un rato con él y luego vendrá —dijo Claudia, aunque no sabía si con la intención de defenderlo a él o tranquilizarme a mí.

Pasé el resto de la cena rezando para mis adentros porque volviera a casa a una hora prudencial y no bebiera demasiado.

Pero según fueron pasando las horas, mi esperanza cayó en picado.

Cuando ya estábamos todos acostados, le escribí, un poco desesperada.

Lo conocía desde hacía más de un año, pero jamás nos habíamos escrito, así que no tenía guardado su número de teléfono; tuve que cogerlo del grupo de nuestros amigos.

Y era un poco triste que el primer mensaje que le enviara fuera una súplica porque no se olvidara de mi trabajo.

Y así, con el móvil en la mano, me quedé dormida, esperando a que quisiera aparecer.

Me pasé todo el camino de la residencia a la universidad pensando en qué maldita excusa poner para justificar que el capitán no se presentara a ese trabajo obligatorio.

Decir que era un idiota impresentable me parecía poco decoroso, pero era la verdad.

Anoche llegaría a las tantas de la madrugada, y fue imposible despertarlo.

Asier intentó sacarlo de la cama, pero solo recibió gruñidos dormidos.

Entré en el aula con un nudo en la garganta que me impedía respirar. El profesor Johnson ya estaba en su escritorio, preparando todas sus cosas para dar comienzo a la clase. Me senté intentando pasar desapercibida, pero levantó la cabeza y su mirada se me clavó como una astilla en el pecho.

—Señorita París, te estamos esperando —me apremió con una impaciente calma.

Dejé escapar un suspiro tembloroso mientras me levantaba despacio de mi pupitre. Me encaminé hacia el centro del aula, notando como a cada paso que daba mi compostura se tambaleaba.

—¿Y el señorito Lassard?

Abrí la boca, pero antes de poder excusarme con algún argumento que todavía no se me había ocurrido, la puerta de la clase se abrió.

—Perdón por el retraso —Bastian se disculpó, reprimiendo un jadeo mientras se agarraba al picaporte.

—Pasa, justo íbamos a empezar —le recibió el señor Johnson.

Con un breve y cortés gesto de cabeza, Bastian se adentró en el aula.

No me pasaron desapercibidos los cuchicheos de algunas de mis compañeras, aunque él no pareció escucharlos.

O si lo hizo, no les hizo cuentas. Llevaba el pelo húmedo por la ducha e iba impecablemente vestido con una sudadera negra y unos vaqueros anchos, pero las marcas que ensombrecían sus ojos dejaban claro que no se encontraba en su mejor estado.

Dejó la mochila en una esquina y se volvió hacia mí.

Y, por primera vez en mi vida, sentí un inmenso alivio al tenerlo cerca.

Tanto, que hasta le sonreí.

Olvidándome de ese nudo que hacía un rato me atenazaba la respiración, dimos comienzo con nuestra exposición.

Expliqué con brevedad cuáles eran las emergencias más graves que podrían ocurrir durante un partido de voleibol y pasamos a la demostración práctica sobre una colchoneta.

Y, por suerte, Bastian lo hizo tal y como le pedí la tarde del sábado, sin bromas ni sonrisas incómodas.

Cuando terminamos, el profesor dio paso a un turno de preguntas, las cuales fueron casi todas dirigidas hacia él y poco tenían que ver con mi trabajo.

A todos les había entrado un repentino interés por el voleibol.

Tal y como le advertí, el señor Johnson quiso saber si había vivido o sufrido algún incidente de gravedad durante algún partido o entrenamiento, y mi compañero le relató con aplomo que lo único preocupante que recordaba fue un choque frontal entre dos jugadores de su mismo equipo, pero que todo quedó en un susto, y que el mayor percance que él había sufrido en toda su vida deportiva fue una simple fisura ósea en el radio cuando tenía quince años.

—Muy buen trabajo, chicos —nos felicitó el señor Johnson—. Y muchas gracias por prestarte a colaborar con la señorita París —se dirigió a Bastian.

Este hizo una mueca despreocupada mientras se echaba la mochila a la espalda.

—Por cierto, enhorabuena por el partido del sábado —bajó la voz y esbozó una asombrosa cómplice sonrisa—. Menuda paliza les disteis a los de Denver.

—Sí —contestó entre risas—. Al principio nos costó dominar el partido, pero enseguida pillamos su estrategia y nos hicimos fuertes en la red.

—Vas a llegar lejos, chaval. —Le dio una palmada en la espalda—. Por lo que sé… tienes varios ojeadores de la liga profesional del país detrás.

Bastian suspiró y tensó los labios en una fina línea que simulaba ser una sonrisa.

Y no sé por qué, pero me resultó una respuesta algo amarga.

Quizá, simplemente, lo que estaba deseando era que mi profesor se largara y poder salir de ahí.

Y no perdió oportunidad en hacerlo en cuanto este se giró para resolver la duda de otro compañero.

Salí detrás de él antes de que se perdiera por esos pasillos abarrotados de universitarios.

—Bastian.

Se giró a mi llamada con un gesto cansado. Sin pensarlo, me lancé a abrazarlo. Tardó unos segundos en reaccionar y envolverme con sus brazos con suavidad, casi como si fuera de cristal; los mismos que tardé yo en darme cuenta de la tontería que acababa de hacer.

Me separé algo avergonzada por esa impulsividad, pero sus brazos siguieron rodeándome unos instantes más. Deslizó con tesura sus manos hasta retirarlas de mi espalda y eso provocó que mi corazón se alterara de una forma extraña.

—Gracias por venir. —Me aclaré la garganta—. Este trabajo era muy importante para la asignatura.

—Dáselas a Abril, que me ha sacado casi a rastras de la cama.

Se me escapó una risita por la nariz y negué con la cabeza. Nos miramos guardando silencio durante unos segundos.

—Por cierto —añadió—. ¿En qué habíamos quedado con eso de la tregua? Porque los mensajes que he leído al despertarme… no eran muy amistosos —Ladeó la cabeza y alzó una ceja.

—Ya. —Tensé los labios, recordando el estado de histeria con el que le escribí—. Estaba un pelín nerviosa y quizá se me fue de las manos.

Soltó una carcajada mientras se reacomodaba la mochila en el hombro. Con mi abrazo se le había caído.

—Bueno, me voy. Me explota la cabeza y aún me queda toooda la mañana de prácticas en el centro de drogodependencia. —Entornó los ojos—. Suerte si no me confunden con uno ellos.

Sin más, se giró y desapareció de mi vista al doblar la esquina. Y yo me quedé parada viendo cómo se marchaba.

—Señorita París —me llamó la atención el profesor—. ¿Qué haces ahí?, la clase no ha terminado.

Sacudí la cabeza y me apresuré a entrar antes de estropear lo que Bastian había conseguido: poner de buen humor al profesor más seco de la carrera de Enfermería.

Pero todavía con la cálida y rara sensación que dejaron sus manos al deslizarse por mi espalda.