Capítulo 30
Lía
Estaba desquiciada. Y de los nervios. Abril y Claudia me habían dicho que también un poco histérica, pero no era para menos.
Venía de sacar un primer curso en España con matrículas de honor, y en la LUHS me costaba esfuerzo y sudor alcanzar algo más que un notable.
Ese trabajo era mi oportunidad para subir un poco mi media y por culpa de Bastian, no solo no lo iba a conseguir, sino que encima me iban a suspender.
Desde lo que pasó en esa guardia, sabía que estaba en el punto de mira y no me iban a pasar ni una.
Era sábado por la tarde, y ahí estaba, rodeada de libros que saqué de la biblioteca sobre medicina del deporte y mis apuntes de la asignatura, preparándome el trabajo.
No me iba a servir de nada, pero por lo menos que el profesor supiera que me había esforzado y que había hecho todo cuanto estaba en mi mano.
No sabía cómo le iba a explicar al señor Johnson que tendría que hacer la demostración sin el capitán.
Miré extrañada hacia la puerta cuando llamaron con dos golpes. Asier lo hacía con tres. Nico con dos y dos, seguidos. Abril y Claudia entraban directamente sin llamar, igual que yo.
Solo podía ser…
—¿Sí?
Bastian abrió y se apoyó en el marco. Y el corazón me pegó un pequeño vuelco.
—A ver, ¿qué tengo que hacer? —alargó la última palabra, entonándola con aburrimiento.
Abrí los ojos como platos.
—¿¿De verdad me vas a ayudar??
Asintió con la cabeza.
—Pero es sábado y por la tarde… tendrás algún plan o…
—Era el lunes, ¿no? —me cortó—. Pues no tenemos mucho más tiempo.
Esbocé una sonrisa que casi me llegó a los ojos y le hice un gesto entusiasmado con la mano para que se acercara. Retiré los apuntes de la cama para hacerle sitio. Se acercó con paso pesado y se dejó caer a mi lado.
Se me hacía un poco raro tenerlo ahí, pero no importaba. Al final Claudia iba a tener razón y no era tan desalmado.
—Tenemos que hacer una simulación de una emergencia durante un partido de voleibol —le expliqué, completamente girada hacia él.
Me escuchó hablar con la vista puesta en el techo, mientras tenía un brazo alzado tras su cabeza y daba golpecitos en la pared con el nudillo.
—He pensado que podríamos hacer una demostración de cómo actuar en caso de desvanecimiento, tanto si hay parada cardíaca como si no.
Bastian siguió dando golpecitos a la pared. Sin venir a cuento, se le escapó una pequeña risita.
—¡Bastian! ¿¿Me estas escuchando??
—Sí, sí. Es que me he acordado de una cosa… —Sacudió la cabeza y se incorporó, quedando sentado a mi lado—. Bueno, ¿y cómo te puedo ayudar yo en eso?
—Tienes que ser mi muñeco.
Me miró con las cejas alzadas y yo me percaté de inmediato de lo mal que había sonado.
—Como mi muñeco de demostración, quiero decir —me apresuré a rectificar bajo su mirada divertida. Me ponía demasiado nerviosa que me mirara así—. Tengo que explicar los cuidados utilizando tu cuerpo para demostrarlos.
Hizo como si sopesara mis palabras.
—Empieza a gustarme este trabajo.
Un puñetero rubor prendió mis mejillas y Bastian se dio cuenta.
—Que es broma, niñata. Venga, ¿qué tengo que hacer?
Tratando de disimular lo nerviosa que me estaba poniendo con sus burlas, me levanté de la cama, recolocándome el pijama después de llevar toda la tarde ahí metida. Él, todavía sentado y apoyado en las palmas de sus manos, esperó a que comenzara a contarle.
—Necesito que te tumbes en el suelo —le pedí, arrodillándome.
Bastian echó la cabeza hacia atrás, rezongando algo que no escuché, hasta que al final me obedeció y se tendió a mi lado, bocarriba.
—¿Y ahora?
—Ahora no puedes hablar porque se supone que has perdido el conocimiento. Tú solo déjate hacer.
Cerró los ojos y esbozó una divertida media sonrisa que me dieron ganas de borrarle de un plumazo.
—Suponiendo que respiras y tienes pulso, mientras viene la ayuda, tengo que girarte en posición lateral de seguridad para mantener la vía aérea despejada.
Mientras le explicaba, flexioné su brazo izquierdo y pasé el derecho justo por delante de su cabeza, y con un poco más de dificultad, flexioné su pierna derecha. Después, puse mis manos detrás de su hombro y rodilla derechas e intenté hacer palanca para girarlo.
Pero no pude.
—Bastian, que estás inconsciente. No puedes hacerme resistencia.
—Ay, perdón. Es la costumbre. Soy más de hacer que de dejarme hacer.
Dejé caer mis manos, resoplando.
—¿Puedes parar ya con las bromitas?
—Vaaale. Era para romper el hielo.
—Pues no me está ayudando.
—Ya paro —murmuró en un tono mucho más serio.
Respiré hondo y me eché el pelo por detrás de los hombros. Que Nico o Asier me hicieran esas bromas me daba igual, ya estaba acostumbrada. Pero que lo hiciera él, no. Si hasta hacía unas pocas semanas no nos hablábamos más que para pelearnos.
Repetí la secuencia y esa vez sí que me dejó manejarlo como requería la simulación.
Para colocarlo como era debido, tomé con cuidado su mandíbula y su frente y eché su cabeza hacia atrás, hiperextendiendo así su cuello.
En el proceso, me fijé en el ángulo pronunciado que dibujaba su mentón y en lo esbelto que era su cuello.
Con ese simple toque, su mandíbula y su cuello se tensaron, y temí haberle hecho daño.
—Y así solo quedaría esperar a que llegara la ayuda. —Carraspeé—. Vale, pues… ahora vamos a hacer como si estuvieras en parada cardíaca.
Abrió un ojo, mirándome suspicaz.
—Esto empieza a darme miedo.
Ignorándolo, lo empujé con suavidad para que se volviera a recolocar.
—Después de comprobar que no respiras y no tienes pulso, y mientras alguien llama a emergencias, yo empiezo con el masaje torácico.
—Puse mis manos entrelazadas en el centro de su pecho.
Me sorprendí al notar bajo la palma de mi mano lo rápido que latía su corazón—.
Tranquilo, que no te lo voy a hacer de verdad, ¿eh?
Hizo un mohín con los labios, como si con él no fuera la cosa; pero no me engañaba, siendo deportista de alto rendimiento como lo era él, su ritmo en reposo debería ser mucho más lento.
—¿Y el boca a boca?, ¿no lo practicamos?
Me pilló tan desprevenida que boqueé.
—Eh… n-no…
Soltó un dramático suspiro de alivio.
—Menos mal, ya estaba pensando cómo contener las arcadas.
—Estúpido —mascullé, levantándome de mala gana.
Lo escuché reírse a mi espalda, casi en un murmuro, y tuve que morderme el labio para no hacerlo yo también mientras ordenaba todo el caos de apuntes y libros que había en mi cama.
—¿Algo más?
Me giré sobre mi hombro y me lo encontré mirando, curioso, los libros de mi estantería. Por un momento me tensé, temiendo que se burlara de mí como otros tantos porque solo tuviera novelas románticas.
Pero no lo hizo.
—No. Con eso me vale. Bueno, a lo mejor mi profesor te pide que cuentes alguna experiencia tuya o que hayas vivido en algún partido, o…
—Sí hombre, me voy a poner yo a contar mi vida delante de tu clase.
Me encogí de hombros. Tampoco esperaba más de lo que ya había hecho esa tarde.
—Acuérdate de que es a primera hora. Si llegas tarde… —le recordé mientras metía los apuntes en mi carpeta y los dejaba en el escritorio.
—Que sííí —contestó, alargando la vocal—. Bueno, me piro. —Se llevó las manos a los bolsillos y sacó su móvil—. He quedado y a eso sí que llego tarde.
Hizo un rápido gesto con la cabeza como despedida y salió por la puerta antes de que me diera tiempo a darle las gracias.
Y preferí no pensar demasiado qué era a eso a dónde llegaba tarde.
Si a mí me daba igual.