Capítulo 29
Lía
Respiré varias veces antes de llamar a la puerta mientras mis amigos se reían de mí a mi espalda.
—Venga hombre, que no muerde —me apremió Nico.
—Bueno. —Asier soltó una carcajada—. Eso habría que preguntárselo a todas las chicas que se han encerrado con él en esa habitación.
—Idiotas… —murmuré, un poco irritada.
Finalmente, di unos pequeños golpes en la puerta con un poco de recelo. Durante el entrenamiento no tuve tiempo para hablar con él, y se fue antes de que pudiera dar con él a la salida.
No obtuve respuesta, así que llamé otra vez.
Nada.
—Estará con los cascos, no te oirá. Entra y ya está.
—Tápate los ojos. No sabes qué se puede traer entre manos.
—Tú de los quince años no pasaste, ¿verdad? —Me volví hacia Asier, cansada de sus bromas.
Hizo una mueca divertida.
—Soy más feliz viviendo en una perpetua adolescencia.
Entorné los ojos e, ignorando su comentario, abrí la puerta despacio, asomándome con cautela.
Por si acaso.
Miré hacia la izquierda y me lo encontré en su escritorio, con los cascos puestos, tal y como había supuesto Nico.
Parecía concentrado; era la primera vez en mi vida que lo veía estudiando.
Con una mano jugaba a mover un boli entre sus dedos.
La otra se la pasaba por el pelo con repetitivos movimientos.
Igual que hizo conmigo.
Ese recuerdo me provocó de nuevo un extraño hormigueo. Seguía dándome vergüenza mirarlo después de pasarme toda una película dormida en su regazo.
Haciendo caso omiso a pensamientos, me acerqué a él y le puse una mano en el hombro.
—¡Joder, qué susto! —Con el brinco que pegó, casi me asusté yo más. Se bajó los auriculares al cuello y me miró con confusión—. ¿Qué haces aquí?
—Esto… —Me mordí el labio, de pronto me quedé en blanco. Aunque sus ojos no me parecieran tan afilados como siempre, me inquietaba la forma con la que me miraba. Era… diferente—. Necesito tu ayuda —logré decir, sin poder controlar un ligero temblor en mi voz.
—¿Mi ayuda? —Arrugó la nariz y se señaló así mismo.
Asentí, cogiendo aire.
—Necesito preparar contigo una demostración de primeros auxilios para un trabajo de clase —solté casi de carrerilla.
Bastian parpadeó, obligándome a contener el aliento hasta que le dio la gana hablar.
—No. —Negó con la cabeza y soltó una pequeña carcajada—. Bastante tengo con lo mío ya como para ponerme a jugar a los médicos —se jactó mientras se volvía a sus apuntes.
—Bastian, me han dicho que sí o sí tienes que hacer la demostración conmigo. No es capricho mío, me lo han exigido. Debo tenerlo preparado para el lunes que viene, y si no lo hago, me van a suspender —dije con un tono casi de súplica, esperando conmoverle.
Suspiró y, por un momento, pensé que lo había conseguido. Pero lo único que logré fue que terminara por encogerse de hombros.
—Eso no es problema mío.
Apreté los labios y respiré con calma.
Lía, tranquila .
Agarré la silla por la parte superior del respaldo para girarle y que me mirara.
—Si no me obligaran, ni de coña te lo pediría a ti.
—Pues pídeselo a otro —soltó con poco interés.
—¡Que tiene que ser el capitán!, ¡y ese eres tú! —Gesticulé con las manos, perdiendo ya un poco los nervios.
Ladeó la cabeza y entrecerró la mirada.
—¿Y yo qué gano?
—Ayudarme a mí.
—Repito la pregunta.
Bufé con hastío y él esbozó una media sonrisa.
—Vete a la mierda.
Me giré y salí de su habitación con un portazo.
—La tregua bien, ¿no? —inquirió Asier cuando vio mi cara de pocos amigos.
Me encerré con las chicas en mi cuarto sin hacerle caso. A ese paso, la guerra se la iba a declarar a él también.